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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo VI Focalización

Consigna cuatro: Escribir un relato a la manera de Faulkner en Mientras yo agonizo. Pensar en una situación de la que puedan dar cuenta varios personajes, como protagonistas o testigos. La situación debe desarrollarse a medida que el texto avanza gracias a los monólogos de los personajes que alternativamente narran desde su punto de vista en primera persona. Por ejemplo: la lectura del testamento de una mujer ante sus herederos. La situación puede estar relatada desde la mujer que antes de morir imagina la escena, por el abogado que lee el testamento, por alguien que entra circunstancialmente a servir café y a retirar el servicio, por los propios herederos.

Los tres llegaron por separado. No me sorprendió, no hacía mucho que habían empezado a trabajar conmigo, pero intuía que aún quedaban demasiadas asperezas entre ellos. La hermana mayor era una mujer muy elegante. Se notaba que no estaba de acuerdo con este asunto, sus gestos eran duros y distantes. Se sentó con las piernas cruzadas y miró el reloj de la pared. Eran las tres de la tarde. El hermano del medio era un hombre delgado con grandes ojeras. Seguramente, si pudiese dormir, su aspecto sería totalmente diferente. Era él quien había impulsado la situación e intentaba hallar un punto de encuentro con su familia. Por último, el hermano menor, impactante. Terriblemente sensual. Seguro de sí mismo, confiado de que cada paso que daba era el indicado. Le daba igual venir o no. Sus modos lo delataban.

Comencé con una simple pregunta: ¿Cómo están?

Ariadna fue la primera en anticiparse a contestar.

Le contesté con la verdad, que consideraba esta charla una pérdida total de tiempo. Mis padres hacía años que habían decidió separarse. Cada uno de nosotros tres había adoptado su postura frente a ese hecho y ya estábamos algo mayores para replantearnos el tiempo pasado. Por mi parte, me había ido a vivir con mi padre. Mi madre era la que había traicionado la confianza de todos. Era ella la infiel. La que había dado el batacazo final a nuestra unión familiar. Si ahora quería reunirnos, no era más que otro de sus caprichos. No pensaba aceptar sus condiciones. Sabía que mis hermanos tenían puntos de vista diferentes. Motivo por el cual estábamos todos sentados en estas incómodas sillas, en esta asfixiante habitación, pésimamente decorada. No llegaríamos a entendernos. Aun así, acá estaba, por la simple razón de que no quería que la culpa recayese sobre mí, sino en la persona que realmente se lo merecía. Años atrás podría haber manejado esta situación de una manera menos tajante. Yo era una persona más cordial, un poco más apegada a los míos. Fue después de esa tarde, hace tres años, que me volví la mujer que ven hoy. Ellos lo saben, no lo admiten, lo intuyo en su manera de tratarme. Esta convocatoria, sostengo, es una mera formalidad. ¿Cómo estoy? Furiosa y esperando que ese reloj por fin avance para indicarme que puedo irme.

Tomás fue el segundo en hacerse oír.

Lo primero que hice fue agradecerles por haber venido. Para mí eso significaba más que mucho. Sobre todo, por parte de mi hermana, que por lo general era más difícil de disuadir. Estaba seguro que luego de remar, aunque sea contra la corriente, por fin llegaríamos a buen puerto. Soy un marinero fracasado. Ansiaba no equivocarme, porque recién entonces volvería a dormir en paz. La culpa era mi peor pesadilla. Había sido yo el culpable que tres años atrás, mutilara lo que quedaba de nuestra familia. En esa época todavía vivía con mi madre. No había vuelto a ver a mi padre desde que se habían separado, una década atrás. No podía perdonarlo, ahora lo intento. La había acusado de serle infiel, cuando todos sabíamos que él lo era. Ni siquiera sé si la quería. Por eso hice lo que hice. ¿Si me arrepiento? Es una respuesta difícil. En lo que respecta a mis hermanos, sí. Al resto, calculo que no. Eso no me quita el peso de sentirme como lo hago. Replantearme varios puntos y cuestionarme la posibilidad de haberlo hecho diferente. Las únicas personas que me importan están en esta acogedora habitación, en la cual estamos sentados uno cerca del otro, pero se nota la distancia abismal que habita entre nosotros. Estoy plenamente de acuerdo con la idea de mi madre de reunirnos, lo necesitamos ¿Cómo estoy? Acongojado, ansioso y con ganas de abrazarlos.

Por último, Jerónimo dejó caer su mirada azul sobre nosotros y se dispuso a responder.

Fui franco, para qué mentirles. La idea de mamá para reunirnos me parece estúpida, pero si tengo que ir, voy. Al igual que estoy viniendo a estas charlas de apoyo grupal. Ni siquiera nos consideró un grupo, así que, imagínense que pasar un par más de horas con los que se supone son mi familia, no me quita el sueño. El día que mis padres tomaron la decisión de separarse, de echarse culpas uno al otro y mis hermanos votaran a favor de uno u otro, yo simplemente comprendí que esa no era mi vida. Era la de ellos. Por lo que alterné mis días con cada uno hasta hacerme mayor y largarme. Mi hermano fue quien, tres años atrás, había avivado una llama que se consumía sola lentamente, para hacer explotar nuestras humildes vidas en mil pedazos. No lo culpo, ni lo apoyo. Tomó una decisión y ahora carga con las consecuencias. Esa tampoco es mi batalla. La mía la libro por mi cuenta, sin necesidad de nadie. No voy a decir que verlos me es indiferente, claro que no. Es solo que un día dejaron de ser parte de mí. Los quiero, son mis hermanos. Sencillamente no me hacen falta para seguir adelante. Cumplo con mis obligaciones y punto. Si me llaman aparezco y si no lo hacen, soy invisible. Apenas soy consciente del lugar en donde estamos sentados. ¿Cómo estoy? Bien, conforme, con ganas de hacer un viaje. Necesito vacaciones.

Ya es la hora. Les indico que pueden retirarse. Ella es la primera en abrir la puerta apurada y huir. El hermano del medio permanece un par de minutos quieto hasta que lentamente se para, se despide y cabizbajo emprende su camino. El hermano menor termina de chequear su celular y me pregunta si quiero ir a tomar algo con él. Me dice que la tarde esta preciosa para dar una vuelta.


Consigna trece alfa: Relatar los hechos ocurridos en la tintorería de La casa de los relojes cambiando el punto de vista. El narrador, en primera persona, puede ser Gervasio Palmo, Nakoto, la maestra, la madre del niño o uno de los invitados a la fiesta. Es necesario instalar al narrador en una situación comunicativa que haga posibles sus palabras (por ejemplo, la madre cuenta a una vecina lo ocurrido, la maestra comenta la carta del niño a otra maestra de la escuela, uno de los invitados declara en la comisaría).

Exactamente había pasado un año desde que Estanislao Romagán, entrase a la tintorería junto a mi ex socio, Gervasio Palmo. Los peces que aún circulaban en mi pecera, también habían sido testigos de todo aquello. Me apoyé contra el vidrio, mis grandes anteojos me servían como lupas para verlos en detalle. Varios movieron sus bocas hacia mí. Intenté escucharlos. Estaba convencido de que ellos cargaban con la misma pena que la mía desde entonces. Quizás por eso, comencé hablarles en voz alta.

Según recordaba, esa noche era de una oscuridad cerrada. Yo ya estaba acostado cuando oí las voces de una multitud no muy lejana. Me apresuré como pude hasta la puerta. Cuando llegué, en aquel entonces mi socio, Gervasio, ya estaba entrando con su gran manojo de llaves colgando de esos dedos callosos que tenía. Un grupo considerable de personas del pueblo lo seguían. Tuvo que levantar un par de notas su voz para imponer un poco de tranquilidad. Estaban enardecidos, hasta divisé en la penumbra la figura de un niño. ¿Quién lo había traído? Cuando logré encender las luces, abriéndome paso entre los cuerpos que se agolpaban en la tienda, pude ver el motivo de tanto frenesí. Estanislao Romagán, el relojero. Supe que nada bueno podía venir de aquella imagen. Me saqué un momento los anteojos esperando que fuera un sueño lo que estaba a punto de vivir.

Entramos como poseídos a la sala de planchado, donde entendí el propósito de semejante visita, alisaríamos el traje arrugado de Estanislao. El hombre estaba contento y confuso a la vez. Sobre todo, cuando intentó desnudarse, pero Gervasio lo frenó con sus ojos ya algo perturbados, le respondió que no hacía falta y jocoso le afirmó que plancharíamos hasta su giba. Hacía un tiempo que no lo veía, su joroba había crecido notablemente. Las intenciones estaban claras, las podría haber aplacado en ese instante, ya saben que no lo hice.

Le indicó que se pusiese acomodó sobre la mesa de planchado. El relojero obediente se recostó como si le fuesen a brindar un masaje. Las planchas se estaban calentando, el tufillo del ambiente se había intensificado a causa de los vapores. Se escuchó un estornudo en la distancia y a alguien reprendiendo la conducta del causante. Se tornaba bastante difícil saber lo que pasaba ya que los presentes se movían inquietos de un lado para el otro, como animales salvajes. Fue entonces cuando vi al niño vomitar, el olor a rancio nos inundó por completo. Una mujer regordeta le grito a otra que lo levantó tirándolo de un brazo y se lo llevó. No lo volví a ver, espero que no haya presenciado lo que sucedió a continuación.

Estanislao reía solo, recostado como estaba, mientras los últimos preparativos concluían. Quiero pensar que en sus últimos momentos de vida fue feliz. Sé que no. Al sentir el primer planchazo, su rostro de desfiguró con un grito. No lo dejaron levantarse. Se retorcía. Ahora era el único sin risa, el resto festejaba. Creo que yo también sonreí un poco. Gervasio se dedicó especialmente a la joroba, “la dejaré lisita, lisita”, decía exultante. Los demás planchadores se esmeraban en las mangas, en la solapa, en el bolsillo del pecho donde una flor chamuscada despedía un humito intenso. Los peces y yo observábamos.

Media hora más tarde el traje quedó listo para continuar con la fiesta. Sin una arruga. Claro que su dueño ya había exhalado su último aliento cuando el reloj que colgaba de su brazo izquierdo dio las doce de la noche. De la joroba afloraban una cantidad considerable de ampollas. Gervasio recién entonces me miró. “Se acabó, Nakoto”, me dijo con voz flemática. Nuestra sociedad había concluido. El tiempo se había detenido en aquella sala. Los ánimos ahora estaban flojos. Las planchas se fueron enfriando. Olía a venganza, muerte y amoníaco. La pecera se había ensuciado, me apresuré a limpiarla. Cuando me quise dar cuenta, ya no quedaba nadie. En la mesa de planchado, solamente descansaban unos pocos y lustrosos cabellos negros olvidados.

Dicen que lo llevaron y lo metieron dentro de un reloj Cu-Cu hasta que lograron trasladarlo y tirarlo en algún cementerio de las afueras. Otros piensan que sencillamente Gervasio lo cargó hasta una zanja donde lo sepultó junto con su viejo reloj que jamás dio la hora. Yo solo creo que debería haberme quedado en la cama.

Me aparto de los ojos saltones que me prestan demasiada atención desde el agua. Enmudezco y observo mi camisa, está arrugada. Probablemente deba plancharla.

—¿Me desnudo? –les pregunto.

—No –responden– no se moleste. Se la plancharemos puesta.


Consigna catorce: Reescribir el cuento “Las hamacas voladoras” a partir de la expresión “sexto punto”, cambiando el punto de vista. El narrador debe estar en tercera persona y el focalizador puede ser el viejo o alguno de los personajes que están en las hamacas: la chica rubia, el hombre gordo, la vieja del sombrero.

Fue la primera en percatarse que algo no cuadraba. El resto de los concurrentes estaban perdidos en la sensación instantánea de sobrevolar la ciudad. Fue por el ala de su sombrero que notó el cambio de velocidad. No se alteró. Pensó que posiblemente le habían añadido un puntito más de excitación al juego, era algo arcaico y la única forma de modernizarlo sería aumentando la adrenalina que causaba. Las risas se extendieron a su lado.

Cuando era niña esta clase de diversión no existía. Unas muñecas de trapo, un juego de té destartalado. Hacía un par de domingos que iba al parque a subirse a las hamacas voladoras. Sus amigas le decían que ya estaba grande. Indirectamente la estaban llamando vieja, ella no se sentía para nada de esa forma. Un par de años atrás, había tomado la sana decisión de dejar de escuchar a las personas. Se guiaba por su instinto. Se dejaba llevar por aquellos placeres que nunca antes se había permitido experimentar. Esa fue la razón por la que no reaccionó como se esperaba ante el cambio brusco e inminente de los hechos. O mejor dicho de su vida.

Ella se ponía un sombrero paquete de grandes alas. Se pintaba y repintaba para resaltar los colores de su rostro. Sí, estaba arrugada, pero aún se consideraba bonita. Por la tarde se encaminaba al parque entusiasmada. Le entregaba su boleto al chico que desde hacía un tiempo manejaba la atracción. Le daba un poco de impresión ese rostro marcado, parecía tener muchos más años que ella y era solo un crío adolescente. Lo miraba de costado y subía. No notó nada extraño en su comportamiento ese día.

Se sintió un crujido proveniente del poste central. No fue fuerte, pero el asiento dio una pequeña pirueta y tuvo que aferrarse el sombrero para que no saliese disparado. La chica rubia que se encontraba a su costado gritó y el señor gordo de la otra punta comenzó a descomponerse. El viento golpeaba sus rostros con bastante intensidad. Miró hacia abajo, se veía como si fuera un punto, pero supo que quien avanzaba hacia el juego con pasos acelerados, era el viejo feo de la boletería. Su corazón se aceleró un poco. Buscó entre los pliegues de su camisa la cadenita de San Simón y se aferró a ella, no por miedo, sino por simple devoción.

Levantó su vista al cielo. Era una tarde de sol ardiente. Se le estaba tornando bastante dificultoso no perder el equilibrio. El terror de sus acompañantes estaba latente en el aire que inspiraba. Contuvo la respiración para que el pánico no la apresara a ella también. Volar, pensó. Iba a volar al fin. Sería un ave libre que se elevaría entre la multitud que se estaba aglomerando en tierra firme. Sus pies no volverían a estar aferrados al suelo.

Los chirridos de las cadenas se intensificaron. Encontró los ojos marrones de la chica rubia y le sonrió tratando de calmarla. Una lapicera dorada se le estampó en el rostro, dejándole un rasguño en el cachete. El motor estaba a punto de quebrarse, de reventar junto con ellos. Fue entonces cuando el chico le rugió al viejo de abajo, “vení” y ella soltó el sombrero.

 


Copyright©Laura Ferreyra 

Junio, 2017. Todos los derechos reservados por el autor