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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) MÓDULO XI Historias de familia

Consigna uno

-Elegir a alguna persona conocida (no necesariamente familiar) que les resulte interesante o que tenga características destacables.

- Detenerse a pensar en ella y escribir, en columna, una lista de atributos de esa persona. Incluya atributos físicos.

-Al lado de cada atributo escribir una o varias oraciones en las que ese atributo se exprese mediante una acción. Tener en cuenta que incluso los atributos físicos pueden expresarse a través de acciones. (Ejemplo: gordo: le cuesta encontrar ropa a su medida y ha desarrollado un poder especial para detectar los carteles o publicidades que anunciaban talles grandes).

- Usar lo que escribieron para armar un retrato de la persona elegida en la que sus atributos están expresados a través de acciones. (Extensión máxima: 1 carilla.)


PIEDRA LIBRE

Y era así, sin exagerarlo, Don Gaitano fue como el padre del barrio. Claudia y yo adorábamos a Martita y jugábamos siempre con ella. Nosotras apenas  teníamos  un año más, pero yo me sentía como si fuera su hermana mayor. Gaitano ,(el padre de Martita), se ponía a contar del uno al diez tapándose bien el rostro, su voz se oía en medio de nuestro silencio y así en el sigilo jugábamos a las escondidas. ¡Cuántas veces sobre su cara le cantamos el piedra libre! Y disparábamos de una corrida, liberando a nuestras compañeras.

Su figura lo ayudaba, era tan bajito, pequeño y esmirriado que si no fuera por alguna que otra arruga en su frente, parecía como un niño más. Tenía esa cara  de bonachón y la sonrisa cómplice, saltaba y reía a nuestra par, yo veía que sus ojos se iluminaban en nuestros juegos. Gaitano llegaba temprano de trabajar y después de la siesta le ayudaba a Flora, su esposa, regaban las plantas y hacían arreglos en el jardín, ¡Eran tan felices los veranos de la infancia!

Martita también era especial para ellos, sus otras dos hijas estaban en el secundario y ya no jugaban. Ser padres después de muchos años, les había iluminado la vida. Muchas veces, Flora nos preparaba la chocolatada con vainillas y luego la calle era nuestra. A mí me costaba tener que escuchar los retos de mi madre: ¡siempre van para allá!, ¡vos también tenés casa!, pero Flora le decía que me dejara, que Martita se llevaba tan bien conmigo que era un placer vernos jugar.

Habíamos comenzado las clases, en los recreos me encontraba con Martita que empezaba su primer grado y yo el segundo.  Después vino la preparación del acto por el 25 mayo y un gran coro de alumnos de diferentes grados nos juntábamos en la hora de música. En el acto, que fue toda una ceremonia, vino el intendente y allí nombró a “Wilde” ciudad… toda una majestuosidad para nosotros.

Con mis padres, ese mediodía fuimos a la casa de los abuelos... después se nos hizo  tarde y cuando volvimos era  de noche. Mientras papá estacionaba el auto miró muy serio a mamá porque en la otra cuadra había muchas luces encendidas y se veía gente que entraba y salía de la casa de Gaitano. Papá nos dejó en casa y se fue para allá. Sentí tanto miedo cuando vi sus rostros de preocupación, entonces me abracé a mi Pepona y recé. Papá tardaba y mamá me quería hacer dormir.

Después de largo rato, escuché murmullos entre papá y mamá. Mamá que lloraba y decía : “¡no puede ser!”   Yo me envolví en mi  muñeca  y me tapé del todo con la frazada, apreté muy fuertes mis oídos y acurruqué todo mi cuerpo.

A la mañana,  mamá me trajo la leche a la cama, me dijo que no me apurara, que no iba a haber clases. Le pregunté por Martita y me habló, con mucho cuidado, me dijo que allá iba a estar mejor y me habló de un accidente, pero yo no entendía.  ¿Cómo qué murió? ¿Cómo que está con Jesús? …

Los días posteriores fueron muy tristes, no la volví a ver. La buscaba en los recreos y mi prima me decía que se había ido al cielo. Claudia también lloriqueaba.

Pasaron unos meses y un mediodía, cuando salimos de la escuela con mamá, nos cruzamos a Gaitano. Sus ojos se veían tan pequeños, casi como si se le hubieran borrado, su cuerpo más encorvado y flaco, las arrugas le habían cubierto el rostro. No era el niño que jugaba con nosotras. Lo miré fijo, lo miré a los ojos, porque él sí, el sí  me podía dar una respuesta, yo esperaba algo más de él.

Acarició mi cara con la ternura de siempre, con el gesto amoroso del padre que siempre acompañó;  a mi madre le temblaba el brazo y apretaba mi mano. De pronto sus ojos se volvieron a encender, sí, ¿sabés una cosa?   me cantó tan fuerte como siempre... “¡piedra libre!”

 


 

Consigna dos Escribir el monólogo interior de un niño o niña en alguna de las siguientes situaciones. Intentar incorporar en él otras voces o discursos (extensión máxima: 1 carilla):

* Un niño/a está por dormirse. Hace dos días que el papá no está en la casa. Su madre le ha dicho que está de viaje, pero en realidad, se fue después de una pelea en lo que parece ser el comienzo de una separación


LA CALESITA

El abuelo me dice:  ¡esta es la última! Porque no tiene plata para la vuelta en calesita ¡Pero si yo siempre saco la sortija ¡ y después sigo, una y otra,  y otra vuelta. Y me río porque ya sé cómo hay que hacerlo. Y hasta les digo a Pedro y Juancho  cómo tienen que hacerlo. Es tarde, ya cené y tengo que acostarme. Mami me dice: “dormite Juli, el angelito espera abrazarte y hacer una fiesta”,  yo no lo veo, pero le creo a mami.

Pienso en Papá que carga todos los días el carro y sale a vender; Maltu, mi vecina,  me dice que es como un botellero, pero ella  también sabe que vende lavandina y que la gente lo espera; le dicen... venga Antonio, acá, ya tengo las botellas listas, “a veces yo en el verano le ayudo”. El abuelo ya dejó todo tirado en ese vagón del fondo de la casa. No me duermo;  agarro mi pelota de Boca y quiero patear, no están los chicos... papi no llega, mamá grita desde el comedor “dormite”.

Todas las noches rezo porque mamá me dijo que Jesús cuida a los niños y a su familia y que además los ángeles nos regalan una fiesta. A la tarde me dormí en el cumple de la tía Eva. Eso no era una fiesta, era mucha gente que aplaudía  y no reían. No había música ni globos, ni piñata. Mamá y las tías estaban todas felices y  después con mis primos salimos a patear a la calle. Después,  sí empezó la fiesta,  nos dieron torta y caramelos.

Mamá me levanta temprano: ¡Juli al colegio!  “Y ahí me lleva y pasamos a buscar a Sergio que vive a tres casas” . A la salida viene el abuelo, mami va a limpiar casas. Papá está todo el día en la calle. Y cuando llego a lo del abuelo, me voy al fondo, los perros, los pastos largos y ese vagón donde juego, porque tiene de todo.  Me meto muy dentro, hay cajas, estantes, botellas que dice son para papi. Unas radios viejas, ropas... ¡puedo inventar un mundo nuevo!, eso le dije al abuelo, pero me dice que el mundo no necesita nada más.

La señorita Leonor la llama a mi mamá porque no hago la tarea, dice que en clase  no atiendo, que  cuando Sergio saca las bolitas empezamos  a distraer a todos. Yo me porto bien, mis compañeros juegan todos conmigo y además yo sé que todas las noches, aunque no me interese, le rezo a Jesús porque mamá me lo enseñó. Y mi pelota de azul y oro  ¡es lo más grande que me regaló papá!.  Una sola vez, pasamos con el carro por el frente de la cancha, ¡qué emoción!  Papá me decía que era lo más grande del mundo...

Mamá me reta y yo pienso en la seño Leonor, que es tan buena, pero se queja de mí. Y vienen todos a jugar con nosotros y la Seño grita :¡ Julián hacé tus tareas! y recuerdo la cara de mamá y la de Maltu,  que dice cosas  feas de papi,  y la cara del abuelo después de comer.

Es mediodía, comemos, el abuelo no habla, toma unas copas y luego se calla. Le insisto en la calesita,  porque los miércoles sale más barato. Voy con la promesa de una sola vuelta,  porque no hay plata. La sortija, Pedro y Juancho que me esperan allá.

Empieza la vuelta y mientras  da vueltas,  veo a lo lejos un carro. Me pego a la sortija, la  gano. ¡Es papá!, se baja del carro, me saluda a lo lejos, corro, me llevo la sortija. Pienso en los rezos a Jesús. Papá se sube a la calesita con nosotros. Me río, cierro los ojos. Pedro y Juancho gritan por sacar la próxima. El abuelo que grita ¡es la última!, ¡no hay más plata! Papá  me dice que el domingo juega Boca en su cancha: “¡Te vengo  a buscar Juli, te vengo  a buscar!”

 


Consigna tres Elegir una de las dos consignas para desarrollar: alfa o beta (extensión máxima: 1 carilla). 

Tres alfa. Buscar fotos familiares viejas u hojear sus álbumes de infancia. Dejar pasear la mirada sobre ellas, lentamente, dejando que aparezcan recuerdos, situaciones, anécdotas. En un papel, anotar imágenes o palabras clave que ayuden a recuperar los hechos recordados. Elegir una o varias fotos relacionadas y escribir el recuerdo tratando de ficcionalizarlo. Conviene decidir si en el texto producido se va a hablar de las fotos de las que partieron, de las huellas de la actividad misma de recordar, o, por el contrario, va a borrarse el origen de ese (en ese caso, las fotos habrán sido utilizadas, simplemente, como fuente externa del recuerdo mismo y como una ayuda para construir detalles del lugar, la época, los personajes, y darle corporeidad a la representación.


LOS JUEGOS

Diego corría siempre más rápido que todos. Era el primero en trepar el paredón de la calle Brandsen  y entrar al baldío. Yo lo sabía, porque él iba con sus amigos y después me contaba las travesuras: “¡sabés las ranas que sacamos hoy, Ale!” Al día siguiente, el baúl del auto de papá estaba plagado de ellas.

Mientras tanto,  yo bordaba esos ajuares de flores, feos, aburridos y con  tantas vueltas, pero no tenía otro entretenimiento. Mamá decía que me iba a servir para cuando tuviera mi propia familia. Iba  a la casa de mi prima Graciela y  lo bueno era que al ser mayor que yo,  escuchaba la charla con sus amigas: ¡algunas ya tenían novio! Yo podía pasar las tardes y las noches allí, sin que nadie reclamara mi presencia, muchas veces cenaba con los tíos.

Los ojos de la casa se posaban sobre el comportamiento de  Diego; tenían que buscarlo y nadie sabía dónde estaba. Un día era por ahí, estaba en el baldío; otro;  a varias cuadras de casa, cerca del arroyo y a veces, vaya a saber adónde. Papá decía: “¡un día de estos, te aseguro que me va a encontrar!”

Yo volvía de la escuela y después de almorzar me ponía a hacer la tarea. Entonces venía la siesta y al fin podía ver la tele. Diego me pedía por favor que le haga las cuentas, que le complete las oraciones, mientras armaba una gomera, bien filosa, para salir con los amigos.

Las tardes de primavera eran especiales para su frasco; le hacía un par de agujeritos y  atrapaba las mariposas, de a poco iban dejando de respirar. Me lo mostraba como un trofeo, y yo   sentía que me ahogada en cada ala que veía desvanecer.

Por fin terminaron las clases, yo finalicé la primaria y mi hermano pasaba a cuarto. Diego lo había logrado con todo mi apoyo y la presión de mamá que siempre me pedía ayuda para él. Ella, por supuesto, le revisaba la ortografía y que todo estuviera prolijo y completo.

Mi gran esfuerzo,  tras el deprimente  bordado, era para mamá;  tendría un gran mantel para su mesa de los domingos. Lo quería para la hora del mate, donde con papá  y la abuela se sentaban  a charlar.  Yo los miraba desde el comedor y seguía pegada a la tele.

Una tarde de mucho calor, Diego estaba en el fondo con su amigo Jorge; sacaban  las ciruelas  del árbol y las tiraban a uno y otro lado de los vecinos, después disparaban las piedras con la gomera. Yo los veía desde la ventana que daba al patio. Mamá y la abuela dormían la siesta. Los perros de la casa de mi prima ladraban sin parar. En un momento, los gritos de la vecina lograron calmarlos.

Salieron, con sus gomeras y algo más, sin decirme adónde. Yo miraba la novela de las cinco, y disfrutaba. Se había nublado bastante,  y el calor no paraba. Empezó a llover tan fuerte que al rato mamá se despertó y después la abuela también. Yo seguía mirando y mirando los pocos canales de la tarde.  Era raro, pero mamá no decía nada, daba vueltas sobre la cocina; esa tarde ni a la abuela le habló.

La lluvia era tan fuerte que hasta cayeron piedras. Mamá se asomaba por la ventana del frente y miraba sin saber bien hacia adónde. Ya era de noche, el cielo estaba más negro que de costumbre. Yo me fui al cuarto y al  rato sentimos la sirena de  una ambulancia que paró en el frente de casa.

Mamá salió corriendo, papá bajó primero y la abrazó. Tras él, dos enfermeros bajaron una camilla; era Diego que estaba con las piernas y un brazo vendado.

Papá le contó que se había derrumbado una pared y que Jorge  todavía estaba  en el hospital; parecía que lo de él había sido más grave. La abuela lloraba a gritos y se agarraba la cabeza preguntando “¡dónde está Dios!”  Y me miraba, como esperando que le diga algo.

Lo acomodaron en su cama y les dijeron que tenía que guardar reposo por un largo tiempo.

Todos lloraban y se abrazaban; Diego estaba tan quieto que no parecía él.  Me llamó, me preguntó si  ahora, que no iba a  jugar,  podía ver la tele conmigo.

 


Copyright©Alicia Jadrosich 

Abril, 2017.  Todos los derechos reservados por su autor