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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo III Crímenes y castigos: pervertir el género 

Consigna siete Elija dos de las siguientes imágenes, escriba dos textos independientes que instalen una mirada sospechosa (extensión máxima: media carilla).

Taller La Argamasa

Imagen 2. Fuente: Google

Llegó sin fuerzas a la orilla del lago. Por supuesto, no pudo alcanzarlo, porque de otra forma no estaría narrando lo acontecido en este preciso instante.

El bote se alejaba con el hombre a bordo. Lo vio tambalearse por las ráfagas de viento que apenas le permitían mantenerse en pie, hasta que recobró el equilibrio. El aleteo de los murciélagos circulando a su lado era ensordecedor. Casi no pudo escucharlo reír. Sus dientes amarillos destellaron en la penumbra. A través de la niebla, creyó oler su ácido aliento. Sintió subir la bilis por su garganta.

Le pareció increíble que fuera su padre quien huía. No tenía muchas dudas al respecto de aquella noche. El único detalle que se le escapaba era el cómo. Los motivos los conocía de sobra, había crecido junto con cada uno de los detalles que lo llevarían a actuar sin miramientos. A vengarse. A jugar la última ficha de su vida para perderlo todo, incluida a ella. Ella siempre había sido la sombra de ese hecho.

Probó con gritar. Dejó escapar un alarido que la dejó jadeando en las sombras. Si la oyó, no volteó a mirarla. Era tarde para meterse al agua y arrastrarlo hasta el lugar donde todo había acabado, para cambiar la asfixiante realidad. Sabía que esa era la última vez que lo vería con vida.

Se resignó a caer sobre la tierra húmeda. Permitió que sus manos desgarraran las raíces carcomidas por el lodo. Sus ojos no se apartaron de la embarcación. No parpadeo siquiera. Ella era la única testigo. Ella también era culpable…


Taller de escritura

Imagen 1.  Fuente: Google

 

Hacía más de una hora que miraba la cucaracha muerta en la puerta de mi casa. No me atreví a avanzar ni un paso más. Estaba inmóvil, observando aquel insecto. Esas patas crujientes volteadas hacia arriba. Las antenas rígidas, extendiéndose por el mosaico. La prueba de que al entrar descubriría que algo había pasado.

Me agaché para tomarla con la punta de los dedos. Su peso era casi nulo, aunque sentí como si fuera mi vida la que sostenía, y se me contrajo el estómago. Una sensación de ambigüedad se apoderó de mí. Quería tirar la cucaracha lejos, olvidarla, pero a su vez necesitaba verla, comprobar que su muerte tendría un significado diferente al que ya estaba escrito dentro de las paredes de mi casa.

No hacía mucho que estaba muerta, cuando llegue, aún se retorcía, tratando de salvar su vida. Podría haberla pisado, para evitarle el sufrimiento. No lo hice. En el fondo, fui consciente de que si lo hacía caería en su trampa, pondría en evidencia mi llegada. Demostraría una vez más mi debilidad, y acrecentaría su fortaleza.

Aquel asqueroso insecto representaba el tic tac del reloj que retumbaba en mi interior. El correr de las horas entre la vida y la muerte. No la de él, sino la mía. Yo también me estaba convirtiendo en cucaracha.

Oí un ruido proveniente de mi cocina. No podía dilatar más el momento de entrar. Saqué un pañuelo de mi cartera y envolví el bicho. Lo guardé en uno de los bolsillos de mi saco y abrí la puerta.


Consigna ocho Optar por una de las dos consignas (“alfa” o “beta”) que se proponen a continuación (extensión máxima: entre 1 ½ y 2 carillas).


Ocho alfa 

En la década de 1910, fue detenido R. S., un ingeniero alemán, soltero, de 29 años, por haber cortado un mechón de pelo a una adolescente, G. M., con unas tijeras durante un viaje en tranvía.

Luego de reconocer que había cortado el cabello para satisfacer su deseo sexual, fue enviado a la

Sala de Observación de Alienados donde entabló un buen vínculo con un médico que le pidió que pusiera por escrito lo que el mismo R. S. llamaba su “enfermedad”.

Construir el relato del paciente incluyendo en él algunos de los fragmentos originales que se transcriben a continuación.

“Me da vergüenza, tanta ignominia de escribir esto y me es muy difícil. La primera vez que corté pelo, eran los cabellos de mi hermana, en una edad entre 15 y 17 años; mi madre y hermanos sabían que yo lo había hecho.”

“De niño ya seguía las muchachas que tenían trenzas largas, las seguí por mucho tiempo en las calles siempre teniendo miedo de que me adivinasen por qué las estaba siguiendo”.

“En Berlín fui detenido por la primera vez después de haber cortado cabello a varias muchachas.”

“Fui detenido por segunda vez en Hamburgo.”

“Habiendo cortado cabellos, me voy a la cama y estoy besando y besando los lindos cabellos; los aprieto a las mejillas y las narices y estoy gustando el rico olor de los cabellos. Acostándome los tengo sobre la almohada besándolos, y entonces vienen los movimientos del cuerpo y después soy muy feliz.

“Prefiero los cabellos largos y rubios, no siento atracción por ninguna otra parte del cuerpo femenino.”


Sala de Observaciones de Alienados – 1910 – R.S.

No creo que alguien pueda entender solo con mis palabras lo que significa un mechón de cabello entre mis dedos. La excitación que me produce ver cuando los corto. Cómo se desprenden del resto de la cabellera, para comenzar a ser parte de mí.

Prefiero los cabellos largos y rubios, no siento atracción por ninguna otra parte del cuerpo femenino. El primer recuerdo que vaga por mi mente con respecto a ello se remonta a la primera amiga que tuve en mi ingreso escolar. Era una niña pequeñita, cuyo cabello dorado le llegaba hasta su cintura. Lo adornaba con vinchas de flores blancas. Se sentaba en el pupitre delante de mí. Yo solía tomar uno de sus mechones y pasarlo por las hojas en blanco de mi cuaderno. Imaginaba que podía dibujar mi propio sol, cuya luz me bañaba por completo. Un día su madre se lo cortó y ella me trajo de regalo una cajita que contenía los pocos cabellos que había logrado rescatar. Todavía la conservo debajo de mi almohada.

Al principio no pensé que hubiera nada malo en lo que hacía. Ni siquiera cuando en Berlín fui detenido por primera vez, después de haber cortado cabello a varias muchachas. Estaba seguro que no lo echarían de menos, para ellas solo era pelo. Para mí, un mundo de sensaciones indescriptibles. Hoy en cambio estoy más que convencido que padezco una incurable enfermedad. Quizás producto de la obsesión de mi madre por la pulcritud de mi propio pelambre, o simplemente he nacido con esta peculiaridad entre mis gustos.

Soy un degustador de cabellos. A veces me permito pensarlo de esta forma, sobre todo los días en los cuales me acuesto entre los miles de mechones que he juntado a lo largo de los años para olerlos, acariciarlos, dejarme ser yo mismo. Me recorre un placer tan visceral que apenas puedo controlarlo. No me da vergüenza admitirlo. Entro en un estado de exaltación, tanto del cuerpo como del alma, y ansió más. Por eso recorro las calles en busca de nuevas “piezas” para agrandar mi colección.

A lo largo de los años me he convertido en un exquisito. No me conformo con cualquier cabellera que brille a la distancia. Busco entre las trenzas, las coletas, los flequillos, aquellos rizos que rondan la perfección. Llevo en mis bolsillos las herramientas necesarias para apoderarme de ellos. Por lo general, les pertenecen a mujercitas jóvenes, cuyas hormonas le otorgan características inconfundibles. Como sucedió la última vez que me apresaron. Estaba en el tranvía cuando una adolescente pasó por mi lado, rozando mi brazo con su pelo. Sin pesarlo corté uno de sus bucles y lo restregué a lo largo del contorno de mi rostro, aspirando su inconfundible aroma. Aún hoy, al cerrar los ojos y evocarlo, mi deseo sexual se enciende.

Ya no tengo salvación. Tampoco la estoy buscando.

 


Copyright©Laura Ferreyra  

Marzo, 2017. Todos los derechos reservados por el autor