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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo II Relatos del yo: ficción, realidad y cajas chinas 

Consigna quince: Seleccionar una de las alternativas, alfa, beta o gama, y una vez escrita agregarle el punto “delta”.  

Consigna quince beta. Buscar viejas fotografías familiares a través de las cuales se pueda establecer una secuencia de recuerdos, es decir, una historia. Tomar unos de los personajes como narrador protagonista y/o testigo y escribir el tramo de su diario íntimo correspondiente a esos acontecimientos.


14 de julio de 1985

Un invierno

Me gustan las palabras fuertes. Las que quedan raspándote los oídos cuando las escuchás. Las que tienen cuerpo de gigante. Irreversible es una de ellas. El paso del tiempo es irreversible.

Mi hermana y yo estábamos dentro de un cajón repleto de juguetes. Ella, con sus grandes anteojos, tenía la boca abierta, seguramente ordenándome qué hacer. Yo llevaba dos colitas mal hechas y estaba revoleando un peluche hacia afuera. A nuestro alrededor un mundo de muñecas nos observaba. El completo caos de la felicidad.

 

 

25 de septiembre de 1990

Una primavera

Somos tres. Las tres mujeres de la casa. Con esas melenas que estaban de moda. Mi mamá se ve fresca, despreocupada. Mi hermana le dedica una sonrisa de lado mientras yo estoy haciendo una mueca tonta, propia de una niña. Parece un día primaveral, el reflejo de sol está impreso en el recuerdo. Es un instante invadido por la juventud. La piel suave, los sueños tocándonos las yemas de los dedos, la ansiedad de crecer, la desfachatez que nuestros cuerpos adoptaban para moverse por el mundo. Ese mundo abriéndose ante nuestros ojos. La idea de que no hay infinito. La certeza de ser tan poderosas y no encontrar impedimentos para dar un paso más hasta lo inalcanzable.


13 de diciembre de 1995 

Un verano

De espaldas, papá y mamá en un barco. Papá tenía ligeramente la cabeza inclinada hacia mamá. Iban hacia allá mientras conversaban. Mis padres han sabido ponerle sonido a sus días. A gritos, a carcajadas, en suaves murmullos por las noches, cuando mi hermana y yo nos apagábamos. Nunca les faltaron palabras, a veces incluso, se dijeron demasiadas. Muchas fuertes que les rasparon tanto los oídos que lloraron.

El mar ante ellos estaba en calma. Era el marco perfecto de un viaje que espero haya sido imperfecto. La perfección aburre. Ellos me han enseñado a reír de las anomalías de la vida, incluso disfrutarlas. Estirar las sábanas y arrugarlas saltando sobre la cama.


12 de abril 1998 

Algún otoño

Max. Con sus orejas negras repletas de nudos que jamás nos dejaba peinarle. Sus ojos rojos por el flash. Vestido con un short y una remera. Torturado por sus dueñas. Ese perro debía adorarnos. Adoro la palabra adorar. No es lo mismo decir te quiero, que te adoro. Adorar implica brillo. Alguien adorado brilla ante los ojos del que lo contempla. Ese mismo brillo que tenían los ojos del animal vestido de humano.

Estaba arriba de la cama. Quizás pensando que estábamos algo chifladas. Preparado para llenarnos de baba. Para demostrarnos que el amor tiene saliva. Un amor fiel. Incuestionable.


31 de enero 2002 

Otro verano

Mis abuelos un día de verano. Mi abuelo sin camisa, con su eterna musculosa blanca cubriéndole el pecho. Mi abuela con su cálida redondez envuelta en un vestido floreado. Sus plantas, su patio maltrecho, las sillas de hierro pesadas, la sencillez de su pava a un costado. Si cierro los ojos, mi abuela estira el brazo y me alcanza una galletita dulce con manteca. Ellos representan la constancia. La demostración en carne y hueso, que dos almas pueden unirse y estar en paz. Dos personas pueden remar en la misma dirección. Son el eje en donde aferrarme si alguna vez dudo de los sentimientos. Los extraño horrores. Y para mi decepción, lo horroroso duele. Pero extrañar tiene la fuerza suficiente para que vivan en mí.


29 de junio 2007 

Las primeras vacaciones

El absurdo. Lo ilógico que nos provoca un ataque de risa. Pablo con cara somnolienta, llevándose a la boca la jarra de la cafetera con una mueca divertida. La premonición de que no volveríamos a dormir nunca más, sin estar atentos a los sonidos de la noche. Un Pablo delgado listo para dejarse llevar. Un Pablo que me llevé conmigo y con Lautaro. Un Pablo que nos llevó con él. Una mezcla de agua y aceite. Explota y se amansa con la misma intensidad. Una necesidad sedienta. Un rincón apacible reservado para nosotros. Un rincón que abandona su tranquilidad, apenas percibe el roce de tantos pies. Una familia. La nuestra.

 


Consigna quince delta. Cualquiera haya sido la opción elegida, agregar al texto una nota a pie de página firmada por El Editor, o un prólogo, o un relato, que le sirva de marco como en el inicio del “Loco” y justifique su publicación. 

El cuaderno que llevo es de mi madre. Sé que no le gusta definirlo como un diario íntimo, pero en gran medida lo es, son sus recuerdos, sus fotos favoritas, una parte de su vida entre papeles. No le hizo mucha gracia prestármelo y me conoce lo suficiente para saber que no suelo ser muy cuidadoso con los objetos. Es mi trabajo final. El cierre de una etapa y yo la conozco lo suficiente a ella, para saber que no iba a negármelo. Es la prueba que necesito para justificar las letras que llevo impresas en mi bolso. Son el respaldo de una época. Es la historia de ella que intenté contar con mis palabras, aunque tuve que pedirle prestadas algunas suyas. Si la cosa sale como planifiqué, la recompensa será compartida con aquellos que quieran leerlo. Al menos a mí me gustó compartirlo con ella.

 

 

Consigna dieciséis 

a. Usted es Emilio Renzi y le envía una carta* a Bartolomé Marconi en la que critica la actitud que tuvo con respecto a las cartas de la mujer fea. Renzi, como buen intelectual enmarcasu comentario en un tema más amplio: la relación vida/literatura.


 

Buenos Aires, 2 de febrero de 2017

A Bartolomé Marconi:

Compañero Marconi, cumplo mi promesa de escribirle esta breve carta. Trataré de no extenderme más de lo necesario, ya que conozco sus obligaciones y no quisiera restarle mucho de su tiempo.

Estoy seguro que recuerda la conversación que mantuvimos la otra noche en el Club, con respecto a la mujer que hace un par de años le mando esas cartas repletas de historias fantásticas. Fue Tardewski, nuestro amigo en común, quien me narro los sucesos acontecidos e hizo hincapié en la abrumadora calidad literaria de los textos. Mi inquietud cobro vida al final del relato, la facilidad que tuvo para agraviar esos escritos que rozaban la perfección. ¿Cuál fue el motivo que lo empujo a desechar tan ilustres palabras? ¿Su insensata envidia? ¿Sus propias frustraciones?

Ansió que pueda compartir conmigo su doctrina porque la mía es completamente la opuesta. Pienso que la literatura tiene alas. No estoy de acuerdo en encerrar las palabras. Muchos menos atarlas a nuestras vidas, que a veces pueden circundar la monotonía. Recuerdo con claridad el argumento que utilizó para desmoralizar a esta mujer, fue lo vacía que le pareció su vida y predijo que inundaría sus palabras.

Hemos leído autores consagrados. ¿Cree realmente que ellos tuvieron vidas tan sublimes? No lo creo, pero muchos de sus libros son obras de arte. Han dejado el camino abierto a su imaginación y han sabido expresarla en bellos párrafos, al igual que la mujer fea. Ella le abrió la puerta para que pudiera admirar esa parte de sí misma que le asombraba y no entendía. Es una lástima que usted, solo se limitara a cerrarla de un portazo.

Soy un hombre amante de la literatura, del sabor que nos deja en la boca, de paladear las consonantes, de la posibilidad que nos da de penetrar en otros universos. Creo fervientemente que para ello es necesario que trascienda nuestra humilde existencia.

Me atrevo a conjeturar que usted también piensa como yo en muchos de estos aspectos, pero a mi entender, la magia que habitaba en las historias de esta mujer poco agraciada, le hizo perder su sano juicio. Sospecho que la única escapatoria que encontró fue la lamentable decisión de apagarlas. ¿Me equivoco?

Lo invito Marconi, a reflexionar. Relea esas bellas cartas que seguramente tenga, aún  guardadas en uno de sus cajones. Puede, si le apetece, escribir sobre ello. Estaré muy gustoso de leerlo. De darle mi percepción, como colega y admirador de sus letras.

No me queda más que despedirme y esperar que pronto volvamos a coincidir para cenar, o intercambiemos nuestras diferencias y/o semejanzas por esta misma vía.

Un fuerte y sentido abrazo,

Emilio Renzi.

 

 

b. Como en un juego de cajas chinas, incluir esta carta dentro de un relato que explique lanecesidad de la publicación de la mencionada carta. (Extensión máxima 3 carillas).


Bartolomé Marconi estaba de espaldas a la periodista cuando esta entró en la habitación. Permanecería en esa misma postura hasta minutos más tarde que ella abandonara su casa. Contemplaba la vida que discurría en la calle a través de la ventana. Era un simple espectador de vidas ajenas. Esa última carta que recibiera un par de meses atrás, lo había llevado a plantearse, por primera vez, el cambio de algunos de sus más arraigados paradigmas.

No la escucho entrar, pero sí sentarse. Le dedico un saludo formal y aséptico. Le indico el objetivo de su encuentro sin preámbulos. La periodista tomó nota de lo dicho, sin objeciones. Anotaba cada una de las peticiones, en su cuaderno de espiral, en pequeños ítems. Marconi odiaba el ruido de la pluma ligera sobre el papel.

La periodista se permitió, al final de su monólogo, hacerle algunas preguntas de rigor, necesarias para la tarea que le estaba encomendando. No se negó a responder ninguna. Tampoco es que le parecieran dignas de admiración. Eran meras formalidades.

Por algún motivo desconocido, la escena que estaba viviendo le recordó una de las historias que le escribiera, tantos años antes, la mujer fea. Sabía que él no hubiera sabido narrarla con tantos bellos detalles ni originalidad. Con ese estilo español tan puro que había intentado, en vano, olvidar.

La silla en la que se encontraba sentada la periodista se corrió. Ese detalle le indicó a Marconi que la reunión había terminado. Le pidió que tomara las cartas que estaban en la mesa ratona junto al sillón. Eran la base de la publicación, que esperaba, pudiera redimirlo.

La despidió con un gesto de cabeza hacia adelante. Bartolomé Marconi no pudo ver que ella lo imitó en la forma de saludarse porque seguía de espaldas, absorto en el ir y venir de los desconocidos por las calles.

 


Copyright©Laura Ferreyra 

Febrero, 2017. Todos los derechos reservados por el autor