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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo XII El archivo del escritor

Consigna catorce Optar por una de las consignas que se proponen a continuación ("alfa" o "beta" o "gama"). Extensión máxima: 3 páginas.

 

 

Catorce gama Relatar un episodio histórico de su elección que se refiera a una muerte, una traición, un complot o un pacto; hacer una suerte de investigación bibliográfica sobre el hecho elegido, consultando libros de historia y/o archivos de documentos históricos.

 


LA PATRIA LO NECESITA


 Mi muy querida Dolores:

Dios quiera que recibas esta nota. La escribo sin esperanza alguna de que llegue a tus manos. Sin fecha, porque la continúo un día tras otro, un par de letras por vez. La fiebre me da pocos respiros. Tu recuerdo me acompaña a diario. Si hubiera atendido tus ruegos de no emprender esta aventura, otra sería mi suerte. Anhelo los pacíficos días en el campo, a tu lado, acometiendo junto a los niños la rutinaria labor con la peonada. Ese mismo ritual que entonces me agobiara, me sabe aquí a lo único que volvería. Debes tener certeza de que no he amado a nadie, sólo a ti. Todo lo que oigas, es verdad. Pero no es más que la necesidad de desahogo de un hombre asediado, atormentado, aceptando un poco de dulzor ofrecido que me aminore el espanto.

El espanto, sí. El espanto de haber comprendido al fin, muy tarde, lo que he hecho. Toda la vida huyendo de quien soy para tener que aceptar que la sangre ancestral me ha alcanzado. Tú sabes bien que corregí el apellido siendo aún niño, para evitar la identificación del galo que lleva mi nombre, envalentonándome más que nadie en la lucha por la libertad de este suelo amado ante los intentos de dominación extranjera. Traicionado mil veces en ese afán por los hombres de traje que digitan sus juegos desde los escritorios. De ellos puede esperarse cualquier cosa. Pero de Manuel Dorrego, nunca. Un militar como él, de quien aprendí tanto, entregar la victoria ante los lusitanos, no. Inconcebible. Años luchando en la frontera. Hambre, sangre, soledad, desesperación. Tú lo recuerdas bien. Tanta sangre. ¿Para qué? Para regalar a los ingleses la victoria arañada a la fortuna. Imperdonable. Los ayes de mis hombres en su inútil agonía los cargo conmigo en pesadillas.

Una sola victima que pueda usted economizar a su país le servirá de un consuelo inalterable. 

Estas palabras del General para mí, en su carta del ´29 cuando no desembarcó, sólo me remiten a Manuel. Pero debiera gritárselas a Dorrego por la friolera de hijos sin padre en la Banda Oriental y al Juan Manuel de hoy, mi hermano, que desconozco y que me desconoce. Que ceguera la mía. 

Quizás sea  la fiebre, pero converso con Manuel en esta travesía de hallar patriotas que se atrevan a levantarse contra la tiranía. Jujuy es el último reducto. Cuando regrese a Buenos Aires, si lo hago, he de asegurar el bienestar futuro de la familia de Dorrego. Me han hecho cometer un crimen, y yo, regodeándome en la hoguera del odio fresco por la traición, joven aún, acepté cometerlo. Su fantasma acompaña mi viaje en los cielitos que narran las guitarras, en las miradas rehuyentes. En nuestros febriles diálogos, la presencia de mi amado amigo Manuel me ayudó, a pesar de lo increíble que parezca, a entender por fin a este suelo que se niega persistentemente a ser liberado, su mirada fatal desternilla mis gritos y la fiebre. Yo lo maté y él me mató. No lo había notado antes. Yo, descendiente directo de Hernán Cortés y de los Condes de La Vallé, destinado a luchar por la independencia de las Américas desde los quince años, he recibido el desgraciado honor de que intenten nombrarme Mariscal de Francia, de que me sea ofrecido el reconocimiento de mi estirpe en las Galias, poniendo mi espada al servicio del Imperio. Locura. Yo, que creí ofrecer mi vida a una causa, de resultas irreflexivamente estaba siendo la ciega espada de otras ajenas. Visto por ellos como un francés al servicio de Francia. Mi estirpe me condenó de resultas. Yo, que quise ser un libertario, soy, quizás, por designio divino, un fracasado conquistador. Asco siento de mi sangre. Asco siento de esta vanidosa embestida contra Juan Manuel, mi hermano de leche. 

La Patria lo necesita. 

La Patria lo necesita me trajo de nuevo al laberinto.  

Mi corazón es azul como mi poncho y mi bandera. Desde la tumba sabes que me levantaría, desahuciado, ante el llamado de mi Dama, si me susurraran: lo necesita. Hay de mí, mortal enamorado de un sueño que se aleja dejando tras de sí una estela de arena de huesos consumidos.  

Sé que esta carta te hará derramar lágrimas, como las que he sangrado yo al hallar a mi paso solo hordas de esclavos, tan envilecidos como cobardes y contentos en sus cadenas. He aquí el secreto origen de tantas y tan engañosas ilusiones sobre el poder, que ya nadie conoce como yo (1). 

Quizás sea hora de partir, de no seguir luchando, pues cuál es la causa de persistir en ello. ¿Salvar el pellejo? No soy cobarde. Nadie mejor que tú, mi bella Dolores, para saber que yo no huyo de la muerte. Más bien la busco. La he buscado a destajo en este derrotero, pero ha sido esquiva, para darme tiempo al arrepentimiento, para darme tiempo a la total comprensión de mi rol en esta historia. Qué tormento no ser aquel quien se ha sido. Quien pretendiera usar al enemigo y termina siendo usado, títere de estos. Mi suerte está echada. Que ni una sola muerte más pese sobre mi conciencia, para consuelo de mi alma.  

Manuel me extiende el arma. Sé qué debo hacer. Aun no sé cuándo.

Que mi suelo reciba esta sangre como lo que es, un tributo a ella. Mi vida solo fue un tributo a ella. Si el destino me lleva a no volver a verte, guarda un recuerdo amoroso de este hombre. Quizás tú seas la única que lo haga. 

                                                                                                     

Juan Lavalle 


Amaneciendo el 9 de octubre de 1941. Camino Real del Jujuy a Potosí.

 

?Lo hemos abandonado. No nos ha seguido. Volvamos a por él.

?Es nuestra muerte segura. Ya todo se ha terminado. ¡No!

?No puedo seguir juyendo. Mi conciencia me persigue. El miedo me ´a doma´o, pero ya no. Me regreso al Jujuy a por él. No permitiré que Oribe alcance su cabeza. Por Dios que no. 

Una triste partida, medio zaparrastrosa, da marcha atrás y arriba a la casa de la Calle del Comercio, donde ya un grupo de gente se amontona en la entrada. Cuando llegaron los hombres de Pedernera, oficial de Lavalle apostado en las afueras, ya no había nada que hacer. Los comentarios ayudan a entender. La partida de federales disparó contra la casa pretendiendo ingresar, partiendo de inmediato, sin completar la misión, en cuando se enteraron erróneamente que Lavalle acampaba en los Tapiales de Castañeda con Pedernera y su escuadra. Fueron en su búsqueda. Sin embargo, no los alcanzaron. Quizás se cruzaron. No supieron hasta el otro día que Juan Lavalle se hallaba en el interior de la casa que balearon en busca de otro unitario: Elías Bedoya. Aún así, en sus informes asumen la responsabilidad accidental de la muerte del Héroe de la Independencia. Una bala traspasó la puerta, confirmará la historia oficial, ordenada por Juan Manuel de Rosas para proteger el buen nombre de un amigo, así la ciencia y el sentido común se nieguen a aceptarlo. Se tejerá la leyenda del hombre agachado oteando por la cerradura y se pagará tributo al mulato José Bracho, que disfrutará su heroicidad prestada hasta que, cercana ya su propia muerte, se negara a cargar consigo un pecado no cometido.

?Naides hay de saber nunca lo que aquí pasó ?Félix Frías, católico devoto, no puede aceptar el espanto. La valentía y el coraje personificados no debería ser recordado así. No se ha de revelar el secreto. Lo deciden junto al General Pedernera y al Teniente Celedonio Álvarez en ese momento: habrá que ocultar todas las pistas. Todo. Por eso, más tarde lo descarnan en los patios traseros de una iglesia, junto a un río. Sólo ellos  podrán ver el derrotero real de la bala en su cuerpo. Damasita Boedo le cierra los ojos y lo besa en la frente. Lo cubren con su poncho celeste y emprenden la huida con los federales tarasconeándolos al paso, en busca de la cabeza.

A la orilla del Uquía, en Huacalera, le quitan la carne de los huesos. Frías acomete el asunto llorando. Otros se suman para concluir pronto el rito del amor profundo al vencedor del Ande, la lealtad incondicional al único hombre que hizo retroceder a Simón Bolívar, quien no se atrevió a desafiarlo. Idolatran al temerario general que comandó vencedor, 97 granaderos contra 500 españoles en Riobamba, o 100 contra 300 en Pasco, bajo su grito de guerra: ¡a degüello! Entierran sus carnes en tierra santa de la Iglesia de la Inmaculada. Colocan sus huesos en una bolsa con cal, su cabeza y corazón en  miel y aguardiente. Continúan con su tesoro la huída. Oribe no lo  alcanzará. 

Por orden del Presidente de Bolivia, fueron recibidos con los honores propios de un general del Incanato. Prócer de la libertad de cinco estados, sus restos descansaron muchos años en la Catedral del Potosí. 
Así murió el León de Riobamba, el Rey de los Arenales de Moquehua, el magnífico soldado de Nazca. El romántico de gallardía y fiereza incomparable. Un Varón de la Nación. Uno más. Incomprendido. Olvidado. ¡¡Ah si pudiéramos susurrar en tu tumba: la Patria te necesita!! 

¡¡Ah!! Si un ángel o un fantasma, pudieran insuflarnos un poco de la pureza de tus sueños, de tus dignos y eternos ideales, si nos contagiaras en algo de azul el corazón, quizás acometiéramos la incendiaria locura de enfrentar con ojos llameantes, a degüello, a las oscuras hordas que desangran el presente y amenazan el futuro de la nación. Celeste y colorado. Con lo mejor de los dos.

Así debiera ser nuestra estirpe.

 

(1) Texto original de una misiva de Juan Lavalle a su esposa.

 

 

Copyright©Delia Plazaola.

Diciembre, 2016. Todos los derechos reservados