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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo IX Una escritura palimpsestuosa: la lectura como uso 

Consigna veintiuno Elaborar un nuevo relato, cambiando el final, o algún otro elemento, de “Hombre de la esquina rosada” de Jorge Luis Borges, “La noche boca arriba” de Julio Cortázar o “El perjurio de la nieve” de Adolfo Bioy Casares con el fin de darle un nuevo significado a la narración. La idea es que la nueva versión se oponga en algún aspecto al texto original elegido para hacer el trabajo. (Extensión máxima. 2 ½ carillas)

 


LA NOCHE TRÉMULA


 

El se encontró boca abajo tendido sobre el pavimento seco y caliente. Su cuerpo le quemaba tanto que le pareció sentir el sol abrazador de un mediodía.  Sin embargo era de noche, tan oscura que no pudo levantarse. Su rostro fue sacudido por un golpe; no entendió cómo le había ocurrido, pero después pensó en el otro, porque en el desasosiego de ese instante, supo que hubo un otro.

Quiso mover sus brazos en busca de algo que le recordara quién era. Se vio  tendido sobre  la acera  de frondosos árboles,  en una  ciudad que desconocía. Vio a unos metros un vehículo con la puerta abierta, chocado contra un árbol. Su cuello estaba rígido y su pierna izquierda  la sentía inmóvil.

Una confluencia de sirenas y voces en el lugar le retrotrajeron al momento del choque, y una imagen lejana le hacía sentir un roce filoso sobre su cuello.  En ese estupor, oyó muchas voces, que acudieron en su auxilio. Vio levantarse a un muchacho que, después de ser atendido, tomó su bicicleta y  retomó el camino.

Él permanecía allí, extendido  sobre el piso todavía caliente, mientras enfermeros y médicos lo asistieron. Comenzó a transpirar tanto que sintió perder la razón. Un hombre con delantal blanco le dijo que se tranquilizara, que  iba a mejorar. Su estado febril comenzó a desdibujarle la realidad,  y el delirio se apoderó de él.  Sobre la frondosa arboleda de la ciudad, el hombre se vio casi atrapado detrás de una muralla con su espada templaria. También recordó las piedras que ardían por el fuego y la sangre que marcaba los surcos.

El traslado al hospital fue rápido. Ingresó a una  habitación solitaria y fría. Bebió tanta agua como pudo, mientras preparaban su medicina. Las luces opacas de la habitación despertaron sus ojos y sus latidos comenzaron a agitarse. Entre tanto,  vendaban el  cuello del hombre, que  puesto boca arriba, se desvaneció. En el sopor del cansancio,  recordó alguna batalla que le fue propia: corría con ferocidad y arremetía  con su  espada sobre los cuerpos enemigos. Dentro de la muralla, los adversarios se dispersaban y los rodeaban.

Entre la vigilia y la fiebre no quiso perder el placer de escuchar las voces de quienes lo asistían. Porque esas voces lo volvían a la realidad, la del volante, la del vehículo que él había manejado, en aquella oscura noche mientras transitaba por una ciudad que desconocía. Revivió el gozo del paseo hasta la esquina en que el muchacho de la bicicleta se le cruzó. Pudo haber sido más grave si él no hubiera volanteado contra el árbol: pero el joven salió ileso.

El hombre se durmió, cayó en un sueño tan profundo como el color de esa  noche, que lo había llevado hasta allí. Entonces en su sueño se emularon los rostros de hombres aguerridos, de gritos salvajes, escudos y espadas desenvainadas. Él era el último caballero de la orden, quiso correr, pero la estrategia enemiga le cercó el paso.

Su sueño era tan desesperado, que creyó escuchar sus gritos... ¡tan audibles!  Sabía  que llegaba el fin; el fin de ese sueño, tan mordaz  y aterrador. Tenía la certeza de que los enfermeros lo asistirían. Que nadie, bajo ningún aspecto, permitiría la muerte de un hombre que solo había evitado un fatal accidente. Que nadie lo dejaría allí, postrado con su pierna izquierda quebrada y su cuello partido a punta de espada,  tendido sobre surcos de piedras secas.

 

 

Copyright©Alicia Jadrosich

Diciembre, 2016.  Todos los derechos reservados