Trabajos de taller

Glosario de términos

Buscar

Seguinos en

  • Taller literario online La Argamasa en facebook

“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo IX Escritura palimsestuosa

Consigna veitiuno Elaborar un nuevo relato (…) con el fin de darle un nuevo significado a la narración.


MUJER DE LA ESQUINA ROSADA


Qué cosa, la sangre. Mi mama decía: es de la mesma sangre, no hay que hacer. Parece que la veo, descargando broncas con el amasijo del pan. Si la tuviera conmigo, cuántas cosas me sacaría de aquí dentro. Me duele, mama. El Rosendo se ha ido pa’ siempre. Se ha llevao el olor del cigarro, el crujido ‘el catre en las mañanas, las confesiones en voz baja, las miradas del hembraje maliciando la intimidá. Si hasta la Julia ponía cara e´vaca empastada cuando nos enriedábamos en un tango, el Rosendo y servidora. Pero, también está la sangre. Propia y ajena, siempre lo mesmo. Afilar el cuchillo e´la sobaquera  y mantener a mano el facón, por si acaso.

Esta noche conocí a otra Lujanera. Me vi metida en medio del Rosendo y del Malevo, me escuché chuceándolo  a mi hombre pa´que acete el convite. Sabía yo, sólo yo, que de seguro, esta vez, se dejaba achurar, sin siquiera enriedar el poncho  pa’minorar el hachazo. Hablé con una voz amarga y desafiante que me salió del coraje. Me le colgué del cogote al malevo pa´salir a la noche, vecina ‘el Maldonado. Y lo dejé al Rosendo, al cigarro, a la mano en mi cintura, lo dejé sólo, a su suerte. Y anduve a tientas en la noche, oliendo el amargo del malevo y diciendo pa’ dentro: hasta nunca.

¡Ay, mama! Si usted supiera, iba yo con los ojos apretados, pisando el pastizal mojado de la ribera, con el ruido del agua y el perraje alterado, y la música. El pecho endurecido, con ganas de gritar las razones del Rosendo que me subían por la garganta hasta la boca, con unos bellaquéos que no podía sofrenar. Y ahí nomás empecé a desgranar el secreto de mi hombre, pa´ dimostrar que no lo movió la cobadía sino el coraje.

Ahí fue, mama. El hombre se alzó, me tironió la trenza y me gritó: “repetí, repetí lo que has dicho” Un ruido como de pasos lo hizo dar güelta, y al momento, sin decir  palabra, le apareció el mango de un puñal asomándo del cuerpo. Un brazo juerte y joven lo dejó sin aliento.

No sé. Ahurita no sé pa´donde se acomoda mi vida, de mientras, he venido a agradecerle a Borges. Esta noche me cobijo en su  rancho, enciendo el candil y espero.

 


Copyright©Iris Campo 

Noviembre, 2016.  Todos los derechos reservados