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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL ) Módulo VII Espacios y travesías

Consigna diecinueve. Describir un lugar real haciendo un registro de impresiones.


VIAJAR, VER Y CONTAR


Ver para creer. La literatura es una buena excusa para estimular el cumplimiento de una promesa. Al minuto de leer la consigna diecinueve del módulo VII levanté mi voz y reclamé una próxima visita a ese nuevo pesquero sobre el río Salado.

“Es un lugar muy especial”,dijo mi marido hace más de un año y esa afirmación dicha por él fue un incentivo potente. Sin dejar margen alguno para postergar la salida, preparé mi caja de pesca, largavistas, libreta “a estrenar”, lápices y algo para comer. Mi marido, resignado, alistó las cañas, su caja, mucho más provista que la mía, la carnada y su chaleco “mil bolsillos”.

Salimos muy temprano, el día parecía ideal. Cruzamos el puente de la ruta 6, hasta el cruce Etcheverry, por fin, la ruta 2. En una estación de servicio, compramos medias lunas doradas y crujientes que devoramos en el viaje. Pasando Lezama entramos por un camino vecinal bastante bueno.  A los lados, detrás del alambrado, vacas con terneros curiosos, algún cuis apuradísimo y un zorro de cola gris que no sabía si correr o detenerse a mirar. Ni una nube en el cielo y abajo una tranquera cerrada, un poco enclenque, ajustada a un poste con una cadena gruesa.

El auto se detiene y la “periodista incipiente” deja la libreta, baja, abre la tranquera, espera que el vehículo pase, esquiva los pozos y vuelve a cerrar ajustando la cadena con alguna dificultad.  Otra vez en el camino y al momento, aparece la segunda tranquera, a mi lado el chofer sonríe, es que él sabe que este es un camino con siete tranqueras. Sí que es especial este pesquero.

Al poco rato, el bajar, abrir, arrastrar, cerrar, ajustar, subir, se transforma en un juego divertido.  La naturaleza nos regala una escenografía tal que no permite ni un entrecejo arrugado.  Finalmente, la huella se profundiza, la senda se inclina, hasta que en una curva, el río.

Ancho, dominante, despojado, la costa irregular, sin árboles, barro seco y duro. Hay que poner el cuerpo para acercarse al Salado; y el olor, una mezcla de pasto y tierra húmeda, algo dulce con un toque animal. Y el aire, fresco, potente, riza el agua, despeina. Y el sol, a pleno, dibuja sombras en el suelo. Estamos solos, es día de semana, los deportistas no se ven. Se siente la paz en el alma.

Armo la caña, ensarto la carnada y lanzo con energía adolescente. El agua fluye a mi pies, golpetea: plop, plop. Cierro los ojos, imagino que escucho el corazón del río. Estiro los brazos, respiro profundo, una lisa salta muy cerca, las gaviotas gritan, el viento trae balidos y relinchos. En la otra orilla, un par de nutrias juegan, se corren, nadan.

La caña vibra, tengo pique, vuela el sombrero, recojo con firmeza y con cuidado.  Es un bagre gordo, un “amarillito.” Lo libero, lo muestro, le doy un besito, lo dejo ir, suspiro.

¿Será posible que algún antepasado me haya dejado río en el ADN?

 


Copyright©Iris Campo

Octubre, 2016.  Todos los derechos reservados