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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo IX Una escritura palimpsestuosa: la lectura como uso

Consigna veintidós alfa Tomar el siguiente relato sumario, extraído del ensayo Evaristo Carriego de J. L. Borges y escribir un cuento, haciendo todas las trasgresiones necesarias para convertirlo en una versión novedosa del texto de base. (Extensión máxima. 2 carillas)


“[Este es…] un instante desgarrado de un cuento que oí en un almacén y que era a la vez trivial y enredado. Sin mayor seguridad lo recobro. El héroe de esta perdularia Odisea era el eterno criollo acosado por la justicia, delatado esa vez por un sujeto contrahecho y odioso, pero con la guitarra como no hay dos.

El cuento, el salvado rato del cuento refiere cómo el héroe se pudo evadir de la cárcel, cómo tenía que cumplir su venganza en una sola noche, cómo buscó en vano al traidor, cómo vagando por las calles con la luna el viento rendido le trajo indicaciones de la guitarra, cómo siguió esa huella entre los laberintos y las inconstancias del viento, cómo redobló esquinas de Buenos Aires, cómo arribó al umbral apartado en que guitarreaba el traidor, cómo abriéndose paso entre los oyentes lo alzó sobre el cuchillo, cómo salió

aturdido y se fue, dejando muertos y callados atrás al delator y su guitarra cuentera.”


EL FINAL


El cuento que les voy a contar no es inventado, lo oí los otros días, en el almacén del pueblo. Parece una historia trivial, pero es bastante enredada. Empezó con unos parroquianos contando anécdotas, entre risas y mates, para pasar la tarde. El relato parecía interesante así que me senté a escuchar.

El cuento iba más o menos así…

El paisano de esta historia no andaba en buenos pasos, era muy amigo de lo ajeno, bastante pendenciero y odioso, tenía por costumbre “ajusticiar”, cuchillo en mano, a quien lo traicionara. Pero todo lo malo tiene algún lado bueno, y él no era la excepción. Cuando se prendía a la guitarra, no era fácil superarlo. Todos los malos actos de los que se le pudiera culpar desaparecían entreverados en la poesía de sus versos.

Resulta ser que un buen día, la suerte le dio la espalda y cayó preso. Estuvo un tiempito guardado, según se supo, por culpa de algún “pájaro cantor” que habló de más. Pronto se dio cuenta que quien lo había delatado había sido un mozo pendenciero y que se hacía el cantor… de bronca no más, por no poder vencerlo en el contrapunto. Sabía quién había sido y juró vengarse.

El pueblo donde había caído preso era un pueblo chico donde nunca pasaba nada. La comisaría estaba más bien de adorno, con un calabozo solo y medio desvencijado que este pájaro de cuenta supo aprovechar bien. El taimado se tomó la jaula como un hotel, y cuando hubo descansado unos días, aprovechó el primer descuido del comisario para escaparse.

Ahora, afuera, era momento de buscar al que lo había traicionado y “callarlo” para siempre. Recorrió cada pueblo, cada calle y cada rincón, vagando por los campos como un fantasma sin rostro. Hasta que una noche, el viento le trajo algunos acordes de guitarra, que parecían guiarlo al lugar del duelo final. La luna le alumbró el camino hasta un viejo galpón abandonado. Allí encontró al malevo traidor que, para variar, se andaba escondiendo, porque lo que tenía de bocón también lo tenía de cobarde. Y se enfrentaron, más no con guitarras y coplas, cuchillo a cuchillo, ponchazo a ponchazo. El héroe de esta historia hizo lo que él consideraba justicia. Una vez terminada la faena, limpió el cuchillo en el suelo y salió, aturdido todavía por el baile, dejando muertos y callados atrás al delator y su guitarra cuentera...

 


Copyright©Mar de Alas

Octubre, 2016.  Todos los derechos reservados