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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo IX Una escritura palimpsestuosa: la lectura como uso

 Consigna veintiuno Elaborar un nuevo relato, cambiando el final, o algún otro elemento, de “Hombre de la esquina rosada” de Jorge Luis Borges, “La noche boca arriba” de Julio Cortázar o “El perjurio de la nieve” de Adolfo Bioy Casares con el fin de darle un nuevo significado a la narración. La idea es que la nueva versión se oponga en algún aspecto al texto original elegido para hacer el trabajo.

(Extensión máxima. 2 ½ carillas)


MUJER DE VESTIDO ROSADO


Tuve una buena familia y eso que me costó formarla. ¡Pucha que me costó! Pero tuve buenos críos, iguales al padre. Siempre se preocupan por mí, me cuidan y yo me dejo cuidar, me reparto un poquito en cada casa. Compartir con los nietos, aunque ya mucho no puedo jugar, estoy vieja, 95 pirulos no es pavada. Ya no soy la percanta que era a los 18.

Y sí, no puedo renegar de mi pasado. ¡Qué tiempos aquellos! Yo era la percanta del Rosendo. Rosendo Juárez, el Pegador, ese pisaba fuerte en el barrio Santa Rita. ¡Y tenía una pinta! Todas las chinas del quilombo querían milonguear con él. Era bastante abacanado, siempre llegaba bien vestido, de oscuro, con su chambergo alto, de ala finita. Todos los mozos lo copiaban… si hubiesen sabido lo que era el Rosendo… Yo me daba dique con él, era su querida pero me enamoré del Anselmo. Lo veía siempre milongueando con las chinas, sien con sien, y me molestaba pero lo pior era cuando aparecía la Lujanera porque sabía que se iban a dormir juntos al rancho de él. Eso me estrujaba el corazón. Pero tenía que disimular, no fuera a ser que el Rosendo, que era bien acreditado p’al cuchillo, lo fuese a achurar.

Me acuerdo de esa noche, la suerte estuvo de mi lado. En medio del bailongo se apareció Francisco Real, el Corralero le decían. Ese pisaba fuerte al norte. Pero andaba buscando al Rosendo, por eso vino a Santa Rita. Eso sí, bien acompañado por unos cuantos mozos.

Siempre tuve presente esa noche. ¡Cómo no hacerlo si cambió mi vida! Uno a veces hace cosas, que si las pensara dos veces, no las haría. Pero la vida me enseñó a jugarmelá…

Esa noche en cuestión, la caña, la milonga, el hembraje eran los de siempre, pero el aire olía distinto, yo sentía que esa era mi noche. De repente, llamaron a la puerta con autoridá, un golpe y una voz que dieron lugar a un silencio general. Una pechada fuerte a la puerta y el Corralero ya estaba adentro. Era alto, fornido, trajeado venía, todo de negro, con una chalina de un color como bayo, echada al hombro.

Cuando entró, muchos mozos se le fueron al humo, pa’ proteger al Rosendo. El Anselmo hasta sacó el cuchillo que cargaba siempre en el sobaco izquierdo. Pero el Corralero lo hizo a un lado, como a los demás, hasta se dejó cachetear un poco para llegar al hombre que estaba buscando. El Rosendo ni se había movido de la paré del fondo, pitaba su cigarrillo como si ya supiera lo que vimos después.

Cuando estuvieron frente a frente, el Corralero le dijo:

—Yo soy Francisco Real, me dicen el Corralero. Les consentí a estos infelices que me levantaran la mano porque estoy buscando a un hombre que, según dicen unos bolaceros, tiene mentas de cuchillero y de malo. Le dicen el Pegador. Lo ando buscando para que me enseñe a mí, que soy naides, lo que es un hombre de coraje.

Yo sabía lo que iba a pasar.

El Rosendo seguía callado, ni siquiera alzaba los ojos. Apenas abrió la boja y le respondió bajito. Yo pude escucharlo porque me tenía agarrada de la cintura, más bien apretada, como si tuviera miedo.

El Corralero volvió a desafiarlo y él, a negarse.

Una mano le acercó un cuchillo al Rosendo pero él lo revoleó por la ventana. Se hizo un silencio. Creo que fue ahí cuando se dieron cuenta quién era realmente el Pegador... ¡Ja!, yo lo sabía hacía rato...

Francisco Real también se dio cuenta, hizo una seña y la milonga empezó de nuevo. Se prendió a la Lujanera y ser armó el bailongo otra vez. Y bailando, salieron los dos, pegados, y se perdieron por la orilla del Maldonado. El Anselmo se fue atrás de ellos. Me encelé, pensé que iba a buscar a la Lujanera. Lo estaba perdiendo por un macho que no lo era tanto pero que no me iba a dejar. Algo tenía que hacer. Le dije al Rosendo que los siguiera, no fuera a ser que ensartaran al Anselmo, pobre pendejo. Salió atrás de ellos y yo lo seguí. Llegué hasta el callejón y los vi. Me preparé y me dije: “Es ahora o nunca”. Cuando me estaba acercando vi la luna reflejada en los cuchillos y me metí  justo cuando el Corralero tiraba el primer puntazo, cosa que aproveché para ensartar al Rosendo.

Cayó al piso, medio moribundo y yo empecé a llorar pa’ disimular. Nadies, ni siquiera él, se avivó que había sido yo la que le había puesto fin a la vida del Pegador.

No supe en qué momento la muchachada nos rodeó. Alguien le tapó la cara con un chambergo negro. Y ahí murió el Rosendo.

Antes de que llegara la policía, uno sugirió “darle cristiana sepultura” en el fondo del Maldonado y allí fue a parar el cuerpo del dijunto.

¡Ah, qué tiempos aquellos! Mejor me dejo de recuerdos y termino de preparar el bolso, no sea cosa que me vaya a olvidar de algo. Mi navajita de la suerte, seguro que no, esa me acompaña siempre, desde aquella noche…

 


Copyright©Mar de Alas

Octubre, 2016.  Todos los derechos reservados