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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo VIII Espacios y travesías

Consigna de escritura veinte: Escribir un relato que ocurra en el lugar que se eligió para describir. La historia debe sucederle o ser protagonizada por un personaje ajeno al lugar o debe tratarse de una historia que rompa con los hábitos del lugar.

(Extensión máxima: 2 carillas).


DOÑA ELOÍSA


Hacía unos días que la idea de escribir una historia sobre la esclavitud me daba vueltas en la cabeza. Necesitaba información, datos, algo que me ayudara a entender la vida de los esclavos en el Río de la Plata. Pensé en la Biblioteca Nacional, pero no, me di cuenta que más que datos necesitaba hechos concretos, anécdotas reales. Valiéndome de la ventana al mundo que es la Internet, averigüé que el lugar más cercano que todavía guarda vestigios de la esclavitud es Chascomús. Allí se encuentra la Capilla de los Negros. Ése era el lugar al que tenía que ir. No está lejos de Capital, así que decidí tomarme el domingo, pasear y escuchar relatos que me permitieran darle forma y vida a la  historia que quería escribir.

El colectivo salió temprano de la estación de Retiro. En poco más de dos horas, estaba en la terminal de Chascomús. El trayecto en taxi era lo único que me separaba de mi destino. Al llegar, tuve una sensación extraña. Ni mala, ni buena, extraña. Pronto entendería por qué…

La primera impresión es que no es una construcción imponente, es un edificio rectangular, de 16 metros de largo por 5 metros de ancho, parece poco para toda la historia que alberga. Un cartel en la entrada informa que la UNESCO la consideró integrante de la ruta del esclavo del Río de la Plata. Allí se asentaron los esclavos provenientes de África, trayendo sus ritos, sus costumbres y su candombe. Y en 1862 levantaron esa capilla como lugar de reunión. Las paredes no tienen ningún revoque, sólo ladrillos desprolijamente colocados, pintados con cal y ni siquiera pintados pueden disimular el paso del tiempo, que se evidencia en el musgo que empieza a descender del techo, cubriendo todo, como si intentara fundirse con el verde inglés de la puerta y las ventanas. En su cúspide, una cruz de hierro forjado, vieja y oxidada, recuerda que se está en presencia de un lugar de culto.

Abrí lentamente la puerta, crujió haciendo un sonido bastante particular. Tuve que ajustar la vista al entrar, ya que, aunque el sol brillaba fuerte afuera, el lugar era bastante oscuro. Estaba apenas iluminado por los cientos de velas alineadas junto a las paredes laterales. Al fondo, detrás del altar, resaltaba una cruz de madera oscura sobre la pared blanca. Cerré la puerta despacio detrás de mí, no quería perturbar la paz del lugar, y comencé a mirar las imágenes y fotografías que colgaban de las paredes. Me llamó mucho la atención ver en una de las paredes cientos y cientos de medallas colgadas. Estaba tomando nota de eso cuando escuché una voz detrás de mí que me dijo:

La gente las cuelga ahí como agradecimiento.

Me dí vuelta un poco sobresaltada porque pensé que estaba sola. La que me hablaba era una joven, según me dijo, tatara nieta del fundador de la capilla, Luciano Alsina. Me informó que al caer la tarde habría una visita guiada. Le agradecí y seguí observando las imágenes. Después de un rato y varias notas, me fui a almorzar y recorrer la ciudad, con la idea de volver a realizar el recorrido para obtener más información.

Esa tarde, volví justo a tiempo. Pude tomar nota de varias historias interesantes. Me llamó la atención el hecho de que la capilla fuera, en sus inicios, un lugar de reunión para preparar el candombe, fumar tabaco en hoja, celebrar los santos y no una capilla donde se profesa la fe católica.

Soledad, la guía, contó que es tradición familiar ocuparse del cuidado de la capilla, su abuela y su padre lo habían hecho y ahora era su turno. Cuando estaba finalizando la visita (que fue bastante breve), contó que algunas personas decían que a veces veían a una mujer entrar de noche a la capilla, escoba en mano, y a la mañana siguiente encontraban el piso perfectamente barrido y apisonado. También contó que de noche, las velas quedan encendidas y jamás tuvieron un incendio, como si alguien estuviera pendiente de ellas. Escéptica como soy, pensé que era tan solo una nota de color. Me retiré del lugar junto con las demás personas que estaban ahí y emprendí el regreso. Cuando estaba llegando a la terminal me dí cuenta que había dejado mi cuaderno en la capilla y tuve que regresar a buscarlo.

Ya estaba oscureciendo cuando llegué. Llamé pero no había nadie, sin embargo, la puerta estaba sin llave, así que me tomé el atrevimiento y entré. El lugar estaba en penumbras a pesar de las velas encendidas. Sobre uno de los bancos, cerca del altar, estaba mi cuaderno. Cuando estaba por tomarlo, sentí un aroma extraño, intenso, como a tabaco. De pronto, una voz de mujer resonó en el lugar:

Está cerrado, señorita. Vuelva mañana.

Me dí vuelta y vi a una anciana, parada cerca de la puerta, escoba en mano, que esperaba que me fuera. Le expliqué que había vuelto a buscar algo que había olvidado y que ya me iba. Nos cruzamos a mitad de camino y me sonrió de una manera especial. Me resultó familiar su mirada. Giré sobre mis pasos para preguntarle algo y la vi, o mejor dicho, vi su foto colgada cerca de la puerta, rodeada de flores y velas. Era Doña Eloisa. Miré hacia el altar y no había nadie, la anciana había desaparecido. Y con ella mi escepticismo. No voy a decir que ahora creo en fantasmas, pero sí creo que cuando amamos algo o a alguien, no nos vamos del todo, siempre queda algo de nosotros aferrado a nuestro amor. En el caso de Doña Eloisa, amaba su capilla, y siempre va a estar ahí para cuidarla…


 

Copyright© Mar de Alas

Septiembre, 2016.  Todos los derechos reservados