Trabajos de taller

Glosario de términos

Buscar

Seguinos en

  • Taller literario online La Argamasa en facebook

“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo VIII Espacios y travesías

Consigna de escritura diecinueve: Describir subjetivamente un lugar real, haciendo un registro de impresiones. El sujeto observador puede estar presente o no en el texto

Extensión máxima: 1 1/2 carillas.


LA CAPILLA DE LOS NEGROS


Desde chica me gustó la historia. Pero no la que cuentan los libros de texto, sino la otra, la historia que hacen los hombres, con sus vidas, con sus acciones. Cosas que los libros de texto pasan por alto, tal vez por no tener evidencias concretas o porque se consideran tan solo relatos coloridos de gente que vivió en otra época. Pero esa historia también hace a un país, a una ciudad o a un pueblo. Elegí la Capilla de los Negros, en Chascomús, porque desde que la visité cuando era chica, me pareció un lugar mágico, algo así como una máquina del tiempo que permite reconstruir parte de nuestro pasado.

La Capilla se encuentra ubicada Av. Teniente Juan Domingo Perón y Venezuela, en el barrio El Tambor, partido de Chascomús. Fue construida en el año 1862, por inquietud de Luciano Alsina, quien era caudillo espiritual de sus hermanos y tambor oficial de los candombes. En un principio, su fin era ser un Cuarto de las Ánimas y demás objetos indispensables a sus regocijos festivos. Ya en su época era una construcción precaria, rectangular, con paredes de adobe, techo de paja a dos aguas sostenido por cañas tacuara, piso de tierra apisonada, y sin pintura, tan solo pintada a la cal en el interior. La construcción, deteriorada por el paso del tiempo y la falta de cuidados, se mantuvo así hasta 1950, año en que un ciclón la destruyó, dejando tan sólo la fachada en pie.

Los vecinos del lugar se unieron para volver a levantar la Capilla de los Negros, como así le decían (y nombre que conserva en la actualidad), y el resultado es la estructura que vemos hoy: las paredes siguen sin revoque exterior, pero ahora cuentan con una mano de cal que le da un color blanco brillante, que hace que resalte en medio del follaje que la rodea. El techo, que originalmente era de paja, se reemplazó por chapas, de los dos frontis que tenía, ahora conserva sólo uno, se pintaron los zócalos de color verde inglés, al igual que la puerta y las ventanas, se cambiaron los herrajes (que antiguamente estaban forjados a mano), se construyó un altar y un nicho para la Virgen del Rosario, lo que la convirtió en una capilla católica. La adornan todas las imágenes que pudieron recuperarse, así como también se agregaron fotografías de personas que son o fueron importantes para el lugar, como por ejemplo, la de Eloisa G. de Luis, biznieta de Luciano Alsina, y quien fuera cuidadora del lugar durante muchos años.

Hoy en día, aún conservan características de época, tales como la austeridad (o simpleza) de su construcción, piso de tierra apisonada, mobiliario escueto y de madera toscamente labrada, una imagen de San Martín de Porres, santo moreno venerado por los esclavos, y una talla de la Virgen Morena de los Milagros, entre otros.

Ya desde la entrada, uno se siente transportado al pasado. El frente, si bien está pintado de blanco, muestra el paso del tiempo mezclado con la humedad del ambiente, lo que se traduce en manchas de musgo que hacen juego con el verde de la puerta y las ventanas. La cruz de hierro, vieja y oxidada, que corona el techo confirma la antigüedad del lugar. Cuando se traspasa el umbral, el olor a parafina se mezcla con el aroma de la tierra, prolijamente apisonada.

Al abrirse la puerta, uno entra en un ambiente oscuro, iluminado sólo por los cientos de velas encendidas junto a las paredes. La luz del día parece iluminar a regañadientes el lugar. Pero, lejos de tener un aspecto lóbrego, se intensifican las sensaciones. Antiguamente la gente se reunía aquí no con fines religiosos, sino para realizar todas las actividades relacionadas con el candombe, que era lo que los hacía sentirse libres y en comunión con sus orígenes, fumar su tabaco en hoja y festejar sus santos, entre otras cosas. Y si se agudizan los sentidos, hasta se puede percibir el aroma a tabaco en el aire…

Con tan solo mirar las imágenes que cuelgan de las paredes, uno inicia el viaje al pasado. Imágenes de santos, mezcladas con fotografías viejas de personas que seguramente eran habitués del lugar, le confieren al edificio algo de humanidad.

 

 

Copyright© Mar de Alas

Septiembre, 2016.  Todos los derechos reservados