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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo VII Tiempo y narración

Consigna 17 alfa “El encuentro”. Cuento de la dinastía Ta´ng. Adaptación. Reescribir esta historia comenzando por el final y reconstruirla seleccionando una serie de escenas claves que se narren repetidamente desde diversas perspectivas, tal como hace Faulkner en Mientras agonizo y en Absalon, Absalon! Extensión máxima: 3 páginas.


ESTRELLITA FEDERAL


Y quien no se preguntó,

Cómo habrá sido su vida,

Cuando la sangre corría,

Dividida siempre en dos.

Fragmento de “Estrellita Federal”, vals.

 

Aquí estoy, Patrón, para implorar su perdón por el dolor que le he causado ?Máximo, de rodillas, con la nuca a la vista de quien tuviera el mayor poder en sus duras manos. La vejez no le ha minado las carnes. El viento helado de Swaythling, Southampton, flamea su poncho colorado. Quisiera asestar el golpe fatal sobre el cuello de quien le infringiera la inaudita crueldad de compartir el amor de su niña. Por su culpa, él está solo, y ella, postrada. Sólo frenan su ira las incontables muestras de fidelidad que ese hombre le ofreciera en un tiempo que parece de otra vida. Fidelidad que, ahora, en su resentida, terca y aislada ancianidad, crece en valía.

¿De qué hablás? Nunca te la llevaste. Está conmigo ahí dentro. Mi estrellita. Dormida, sin conciencia, no se ha levantado ni una vez desde que partimos y vos quedastes prisionero.

No, Señor. ¿No recuerda? Nos casamos por iglesia en San José, en estas tierras. Usted no concurrió a la boda. Ella está bien. No le mentiría. Está en el carro con los niños. Son sus nietos. ¿Acepta verlos?

Con un movimiento y un silbido, Don Juan Manuel, ordena a los perros, que, obedientes, corren y saltan en torno al carruaje, olfateándolo, verificando. Curiosos, los chiquillos, asoman la cabeza. Ni a los galgos, ni al Restaurador, les quedan dudas.

 La mujer, de piel cetrina, abre los ojos al oír las voces de su esposo y sus esperados hijos. Aquellos con los que ha soñado durante su larga postración. La idolatría y la obediencia a Tatita la consumieron en la tortura de no vivir. Sin decir palabra, con una sonrisa, caminó hacia el coche. Quien estaba en él, de bordó ataviada, se dirigía ya hacia la casa, escoltada por los galgos. En un abrazo, se fundieron los dos cuerpos, quedando sólo una Niña Manuela, ya madura, firme, segura de sí, frente a sus dos hombres.

Lleva solo varios años, Máximo, querido, no puedo seguir así, sin verlo. Le hará bien conocer sus nietos. Su sola presencia quizás logre amansarlo. Ya no puede hacernos nada. ¿Vamos?? Manuela Ortiz de Rosas y Escurra, esposa de Máximo Terrero, quien en otra geografía, fuera la Primera Dama de las Pampas, la Estrellita Federal, la Virgen de los Necesitados.

Siempre supe que este día llegaría. Tienes un buen corazón de hija. Como siempre, estoy contigo. Pero déjame ir solo a su encuentro, no sabemos de qué ánimo hallaremos a tu padre.

Manuela besa la frente de su esposo, y él, sus manos. Como siempre, como la primera vez. Él le pasa un mate.

Bebe un mate fuerte, hablando a su niña que yace. ?Sí. Me acuerdo. “No podés dejarme solo”, te dije. “Te lo di todo”, te dije. “¡Él o yo!” grité, para mi desventura. “Si te casás, no vuelvas a verme. No me escribas. Habrás muerto para mí.”?Y acá estás.  Como si yo te hubiera matado. Ya me arrepentí. Es de lo único que me arrepentí, Manuela. Si él vuelve a buscarte, lo aceptaré, con tal de que vivas. Siempre fuiste y serás mi niña. Manuela, ¿me oís?

Sí, Tatita.

Los perros ladran exaltados. Un carruaje se detiene en la entrada de la granja, en ese extraviado trozo de suelo argentinizado en la Inglaterra.

Está en sus deberes atenderme bien a los diplomáticos extranjeros.

Sí, Tatita.

Me gusta este Jhon, Lord Howen, el Barón de Irlanda. Ocúpese de él en Santos Lugares. Pruébelo cabalgando. Ya sabe qué hacer. Llévese al Máximo, que la escolte.

Sí, Tatita.

¡Y usté, cuídemela!

Con mi vida, como siempre, Patrón.

Máximo era entonces un joven inteligente y hermoso, de aceitunada tez. Se habían criado juntos y, como Don Juan Manuel quería mucho al hijo de su amigo Juan Nepomucemo, dijo, al pasar, que lo aceptaría como yerno. Ambos oyeron la promesa y como compartían la vida en Palermo, el amor creció día a día. Ya no eran niños.

Máximo la escolta, sí, desde hace tiempo. Ni falta hace que se lo pidan. Al silencioso moreno, de fervorosa mirada, no le hace mella la ristra de hombres que la pretenden. Sabe su lugar. Comparte la alcoba y los cielos, sobre la hierba. “Ni un chingolo se mueve en la pampa sin que lo sepa el Restaurador”. Quizás lo sabe, y lo acepta. Tenerla en la oscuridad es una cosa. Casarse, otra. Este gringo ha pedido su mano, el Gobernador parece consentirlo. Máximo espera. Máximo tiene paciencia. Máximo es el único que accede, ávido y conocedor, a esas carnes que son suyas por derecho propio desde que les enseñara el gozo.

Vamos a casarnos, Tatita. Con su consentimiento o sin él.

Niña, no vas a dejarme solo. Te lo di todo. (Siempre supe que este día llegaría. Pero, hay, no ahora)

No lo vamos a dejar solo. Tendré hijos, tendrá nietos. Yo también se lo di todo. Por favor, Tatita, no me quite esto. Él pasó demasiadas penurias para seguirnos hasta acá.

Nadie te protegerá como yo. Nadie te querrá como yo. ¿Quién es Máximo para merecerte?

El único hombre que amé, después de usted.

Máximo, firme, de pie, la aguarda. Manuela lo sigue y se va con él. Da el sí en la iglesia católica de Southampton. A los 35 años. Sin su padre. Pasaron algunos años de felicidad, con la dicha calma del amor triunfante. Y tuvieron dos hijos. Pero Manuelita pensaba diariamente en su tatita.

Siempre supe que este día llegaría… ya es tiempo.

La mujer, de bordó ataviada, baja del coche, se dirige hacia la casa, escoltada por los galgos. Sigue siendo la Estrellita Federal, aunque ahora, ornada de un barniz  distinto. Segura. Con esa seguridad que dan la madurez y la plenitud. Se planta erguida frente al Exterminador de la Anarquía, el Restaurador de la Leyes, su Tatita. La otra, la que yacía dormida, marchitándose, obediente a su lealtad filial, cruza a ambos hombres y la alcanza. En un abrazo se fundieron los dos cuerpos. Los galgos como testigos que guardarán el secreto. Cuál de ellas vivió y cuál de ellas sólo soñó, es algo que a ninguno de los dos hombres le importa. Está aquí. Y cada quien comparte lo mejor de sí, de ahora en más.

Y ya nadie preguntó, cómo habrá sido su vida, dividida siempre en dos. 


 

Copyright©Delia Plazaola.

Septiembre, 2016. Todos los derechos reservados