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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo VI Focalización

Consigna catorce Reescribir el cuento “Las hamacas voladoras” a partir de la expresión “sexto punto”, cambiando el punto de vista. El narrador debe estar en tercera persona y el focalizador puede ser el viejo o alguno de los personajes que están en las hamacas: la chica rubia, el hombre gordo, la vieja del sombrero. Extensión máxima: dos carillas.

 


VENCER  EL SILENCIO


El viejo tomó su primer mate y desde la  pequeña ventana del cuarto  observaba el amanecer en el parque. El silencio de la mañana y de cada mañana le producía  la misma sensación: el hartazgo de repetir una y otra vez la misma tarea.

—Un giro violento, eso es lo que tengo que hacer “Patear el Tablero” se decía a sí mismo. Mientras se agitaba pensando en lo que vendría, cruzó unas fuertes palabras con el muchacho,  a quién había recogido desde niño.Se ajustó con firmeza el cinturón y se puso sus   lentes, gastados por el tiempo. Revisó todo el engranaje de la compleja maquinaria, polea por polea. Por un instante, elevó su mirada hacia el centro de las hamacas,  ahora detenidas. Imaginaba esa  tarde el rostro de las gentes que todos los domingos se amotinan para disfrutar de un vuelo casi desenfrenado.   Esa tarde la boletería sería del muchacho. Comenzaron a formarse las filas, como siempre el tren fantasma y las hamacas voladoras tenían la mayor concurrencia.  Desde el puesto de control el viejo observaba todo. Su mueca, ahora casi risueña, escondía  una bravura desconocida por todos.La mujer de cabellos rubios y ojos marrones ingresó junto a sus sobrinos, el gordo con gafas y tiradores,  la mujer que sostenía el sombrero  se había acomodad, y el resto también.  Le dio con ferocidad, el viejo arrancó la palanca casi en tercera, allá arriba nadie notaría la diferencia, porque el vértigo todo lo consume.Pocas veces supo de estar arriba, salvo en ocasiones en que tuvo que ir a repararlas. Un gesto casi inadvertido del muchacho recayó sobre él. El resto de las gentes continuaban haciendo  la fila para la próxima vuelta.El viejo olvidó toda su vida en ese día; sintió que una extraña adrenalina se apoderaba de él y también de la palanca. Solo él la escuchaba crujir.  La iba girando con tanta furia, como la que había guardado por mucho tiempo.  La manipulaba de un punto al otro con tanta brutalidad que decidió levantar su mirada. Ahora sí, se dijo: — ya no observo los rostros—  las siluetas están desparramadas en el viento y detrás se ven  las oxidadas vías del  ferrocarril detenidas frente al oscuro río en el fondo.Desde abajo era difícil poder distinguir  la individualidad;  los rostros se unieron en un movimiento tan brusco como incierto.  Un lejano silencio avizoraba una vuelta distinta.   Mientras su mano apretada y gastada seguía oprimiendo la palanca, recordó  la prisión  de su juventud. La voz grave del sargento en las rondas, el  frío,  la lluvia que le golpeaba su cuerpo, el cinturón… y las marcas en su espalda. Después la calle, la miseria y la noche, sobreponerse a todo, vencer a todo y a todos.    Sabía con exactitud el sentir de cada punto y éste era el sexto. Aquí  se  transforman los gestos, ya no se escuchan ni las risas, ni el entusiasmo.  Nadie puede oír el crujido, ni percibir las cadenas ásperas por la presión.  Todo se acelera,  la ferocidad  se apodera del viejo;  la ronda de hamacas se pierde entre las nubes más bajas en lejanos aullidos.  Un nuevo silencio, y el estupor de las gentes que abajo aguardan intranquilas, con su  boleto en la mano. Sus rostros también se vieron sacudidos, porque se empiezan a escuchar algunos gritos. Gritos desesperados desde arriba, un sombrero que cae al vacío, unas gafas partidas. El muchacho lo mira y no entiende lo que hace… quiere pararlo….El hombre encerrado en el cuarto de control ríe y recuerda. Aprieta más y más Un arranque más,  el último y  casi llegó el  estallido. La aflicción y el terror  dominaron el parque. Ahora todas  las miradas fueron hacia un solo punto. Comenzaron a escucharse sirenas y varios uniformes que corrían hacia él. El muchacho escondía su cabeza entre los brazos. La gente corría sin saber hacia dónde.El viejo salió, siguió riendo, casi feliz… se dio cuenta que  había vencido la mañana.

 

 

Copyright©Alicia Jadrosich

Septiembre, 2016.  Todos los derechos reservados