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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo VI Focalización

Consigna trece alfa Relatar los hechos ocurridos en la tintorería de La casa de los relojes cambiando el punto de vista. El narrador, en primera persona, puede ser Gervasio Palmo, Nakoto, la maestra, la madre del niño o uno de los invitados a la fiesta. Es necesario instalar al narrador en una situación comunicativa que haga posibles sus palabras (por ejemplo, la madre cuenta a una vecina lo ocurrido, la maestra comenta la carta del niño a otra maestra de la escuela, uno de los invitados declara en la comisaría). Extensión máxima: dos carillas. 

 

LA FIESTA DE CASAMIENTO


Respecto de las cartas, le puedo contar que siempre el niño de los Torres me escribe, porque él sabe que es mi discípulo preferido.  Vio que los chicos tienen esas cosas,  que  se mezclan entre lo pueril y lo ficticio. Y además en las vacaciones tiene mucho tiempo libre para jugar y también para practicar su escritura. Yo se lo permito, porque sé que a él le hace bien.

Lo cierto es que  el día anterior al casamiento  del  polaco  ? el hijo de Ana ?  y había vuelto de la  casa de mi prima, porque siempre en el verano me voy un par de días,  adoro respirar ese aroma  tan especial que dan  las fresias en el campo. Y después estaba tan cansada que en la noche, ya casi madrugada, ni siquiera escuché cuando Kei se levantó. Todo  me había parecido como entre sueños, las voces, los gritos, la  fiesta…¿Qué puedo aportar a sus preguntas, Inspector?  No lo sé. Creo que para ud. los hechos y a esta altura de las circunstancias están más que claros. Pero aún así,  voy a continuar contándole todo lo que sé.Recuerdo que eran como las 12.30 más o menos y  ahí, recién en ese momento  escuché muchas voces, mucha algarabía, propias de los que están  en una fiesta. Pero yo continué entre mis sábanas, en principio me quedé acurrucada hasta que  toqué el otro lado de la cama y vi que  Kei ya no estaba a mi lado.  Entre las muchas voces y griteríos  oí  a Don Román, el relojero.  Por supuesto que como siempre él es tan excéntrico y gritón que es imposible pasarlo por alto. Después reconocí las voces del turco, de  Gerardo, de Ana y del niño. Me pareció como que la fiesta de enfrente se había trasladado a la farmacia.  Y claro, desde nuestra habitación todos esos ruidos se perciben con facilidad. Habrían pasado unos veinte minutos y era tal el alboroto que decidí ponerme la bata y salir.  Entonces  el turco me dijo que no me asustara que era Don Román que siempre le sube y le baja la presión, que en la fiesta  se había agitado mucho bailando, tomando y comiendo tanto...  y que por eso vinieron en  busca de ayuda.Kei había entrado a la salita donde se aplican las inyecciones, como la puerta estaba entreabierta,  pude ver que él buscaba y buscaba un medicamento entre las cajas. Entretanto que Don Román se veía muy pálido  sentado y esperando que lo atendieran;  los otros hacían una ronda, se cambiaban los sombreritos  y las serpentinas y alzaban al aire al niño Torres. Nada les había hecho perder el espíritu festivo.Entonces yo le dí un vaso de agua a Don Román, el relojero,  como para calmarlo, o intentar hacer algo. La verdad es que yo me estaba inquietando al ver al pobre hombre ahí,  cada vez más pálido y que los otros estuvieran de pura jarana. ¡Ni un poco de humanidad!, les dije yo en un momento. Kei nunca perdió su paciencia oriental, buscaba y mezclaba cosas, que por supuesto yo, como maestra, no tenía ni idea. ¿En qué le puedo ayudar a un bioquímico?Ya cerca de la una, a Don Román se le  iba apagando la voz, pero aún así,  casi con el último aliento, me dijo que había recibido el reloj más hermoso que había visto en su vida, y mire que él había viajado hasta la misma Suiza. Que lo había reservado para que yo lo viera, porque total Kei me lo podría comprar. Yo le sonreí y le prometí que al día siguiente,  a primera hora, estaría en la relojería.Kei vino con una jeringa preparada, el algodón y el alcohol, se puso los anteojos y le pidió al resto que se corrieran, que el hombre necesitaba calma y soledad.  No hicieron mucho, dieron dos o tres pasos atrás, se veía que estaban algo tomados y que  en realidad  querían seguir en la fiesta. El niño de los Torres sacó del bolsillo de su pantalón una hoja ya escrita   Agarró el lápiz y siguió escribiendo, con mucho énfasis, como si tuviera  mucho que contar.Y yo le digo esto, Inspector,  que no es ni más ni menos que lo que vimos todos los que estábamos allí.  Kei le suministró la medicina… Don Román ya no hablaba y había extendido sus manos hacia abajo. Los demás se fueron acercando y bajaban sus sombreros festivos. El único que siguió escribiendo y escribiendo con el lápiz fue el niño Torres... quizá preparaba otra carta.

 

 

Copyright©Alicia Jadrosich

Septiembre, 2016.  Todos los derechos reservados