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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo VI Focalización

Consigna catorce, reescribir el cuento “Las hamacas voladoras” a partir de la expresión “sexto punto”, cambiando el punto de vista. El narrador debe estar en tercera persona y el focalizador puede ser el viejo o alguno de los personajes que están en las hamacas: la chica rubia, el hombre gordo, la vieja del sombrero. Extensión máxima: dos carillas.


QUE VUELE TODO


Es un error. Sé que es un error poner al mocoso a manejar la palanca. Pero mejor eso que la plata. Algo en las tripas me dice que es un error. Mocoso de mierda, que roba todo el tiempo. No hay manera de ponerlo en órbita. Si pudiera, me desharía de él.

Otra tarde de domingo, soleada, de un otoño que parece primavera. El pueblo se vuelca, empilchado, al parque que sólo estará un par de fines de semana. En cuanto junte suficiente dinero, se irá a otro lado a armar de nuevo el tren fantasma, las hamacas voladoras, las luces de colores… El pago de la cosecha asegura billetes frescos para gastar en la feria. Son aburridos los días soleados en la frontera.

Vení, pelotudo. Tu madre, quizás, aparezca. Comportate. No hagás pavadas. A ver, si esta vez, se queda. ¿Te bañaste? A la gente no le gusta oler mugre. ¿Me oís? ¿Me oís? Vida de mierda. A rebencazos, no más, anda este. Si pudiera, reventaría todo. El parque, el mocoso, mi vida. Haría volar todo. A todos estos que no sé por qué sonríen y ponen cara de felicidad. ¡De qué! Enredarse en trapos para que no les queme el sol mientras se ajan las manos cosechando algodón, por unas monedas y unas fetas de mortadela con pan para el almuerzo. Y todavía se ríen y vienen a tirar la plata. Que no alcanza para nada. Sólo unas monedas de mierda, que no alcanzan para nada. Y encima tengo que dar de comer al mocoso que me roba. Vida de mierda.

Las luces de colores y la música en los parlantes atraen a pequeñas multitudes. Los chicos corretean entre las piernas de los mayores con los ojos desorbitados, mirando hacia arriba, y las narices manchadas de algodón de azúcar. Los caballos mansos de los sulkys bufan sacudiendo las cabezas, como siguiendo el vuelo circular de las hamacas.

Lo reventé a cintarazos esta mañana. A ver si entiende de una vez. Si me vuelve a faltar plata lo mato. Pero, a quién pongo en su lugar. – ¡¡¡Aaaaahhhhh!! –gg rita con ganas, golpeando las paredes de impotencia.

Parece que hoy vamos a juntar lindo. Despacio con la palanca, idiota. Y dejá de mirarme desde allá. Atendé. ¿De qué se ríe el mocoso? Las tripas me dicen que algo está mal. Es este sol terrible que te cocina los sesos. Desde esta mañana que siento que algo está mal. ¿De qué se ríe?

Los chicos abren con mayor desmesura los ojos. Las hamacas van muy rápido ¿no? Se oyen algunos grititos agudos, como de risa forzada. El público se para y levanta la vista. El chico que maneja las palancas parece extraviado, observando un punto fijo, al viejo, con una sonrisa grotesca. Las mueve, otra vez, con fuerza. El viejo se acerca a las hamacas agarrándose la cabeza.

¿No querías que vuele todo? Mirá como vuela todo. Mirá. ¡¡Nooo!! ¡¡Paraaaaá! ¡¡Qué hacés!! Vos lo querías, ¿no es verdad? Vos lo pedís. Ahí lo tenés.

El crujido de las cadenas se impone sobre la música de los altoparlantes. El jadeo del motor a punto de romperse, el olor a metal recalentado, cobran entidad, como una presencia viva que sostiene al viejo agarrándolo al suelo, sin poder llegar hasta el muchacho, haciéndolo hincarse de rodillas. El entrechocar de las cadenas parece adaptarse el ritmo musical, y, en un silencio incomprensible, pájaros oscuros huyen en círculos, cada vez más lejos.

 


Copyright©Delia Plazaola. 

Agosto, 2016. Todos los derechos reservados