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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo II  Relatos del yo: ficción, realidad y cajas chinas

Consigna dieciséis

a. Usted es Emilio Renzi y le envía una carta a Bartolomé Marconi en la que critica la actitud que tuvo con respecto a las cartas de la mujer fea. Renzi, como buen intelectual enmarca su comentario en un tema más amplio: la relación vida/literatura.

b. Como en un juego de cajas chinas, incluir esta carta dentro de un relato que explique la necesidad de la publicación de la mencionada carta. (Extensión máxima 3 carillas).


No hay nada en el mundo que me atrape más que revolver trastos viejos, cofres antiguos, papeles amarillentos; y la pieza del fondo guarda toda la historia familiar, desordenada sí, pero maravillosamente atrapante.

Y yo me la conozco de memoria, el rincón de los tíos, de la abuela, y del loco genio de la familia, el tío Bartolomé, cabrón como pocos, según cuentan, terco y pasional.

Y es el rincón que más me gusta revolver. Lo del tío Bartolo es apasionante, hay de todo: mechones del cabello de sus novias, un sobrecito con la borra de café, de vaya a saber qué encuentro o qué mensaje descubierto en él por alguna señora del barrio, de todo y mucho.

Y ésta mañana me levanté con ganas de revolver. Y se transformo en un instante, porque así se me pasó el tiempo.

En el fondo de un viejo cajón encontré un sobre, amarillo, raído, mis dedos temblaban de emoción mientras lo abría… y me encontré con un verdadero tesoro porque en él descubrí el interior de este hombre, su pensamiento sobre la literatura, su capacidad de empequeñecer al otro, su animosidad para defender sus posturas.

La leí varias veces y quise plasmar en este cuaderno de bitácoras, “Mi paso por la pieza del fondo”, parte de esa carta y no pude, por eso la transcribo tal como Emilio Renzi se la envió al tío.

 


A mi muy reconocido Bartolomé Marconi:

En una nochecita de club, entre café y humo, escuché de boca de nuestro común amigo Tardewski, un interesante relato donde usted desentrañaba despiadadamente unas cartas recibidas. Y ni qué hablar de sus expresiones, según me contó, cuando frente a frente se encontró con su acosadora epístola.

Un gran frío me corrió por la espalda, recordé el desprecio de mis primeros maestros que severamente me decían: “Emilio olvídese de Ud. para escribir”;  me puse en el pellejo de su interlocutora y me di cuenta de la inmensa crueldad de sus palabras.

Según me contó Tardewski, usted en soledad leía y se deleitaba de las cartas que recibía pero no pudo transmitir esas emociones a quien era capaz de despertarlas, cuánta sabiduría podría haber manifestado si, en vez de desprecio, hubiera acompañado bondadosamente a esa mujer hacia el camino de la libertad para escribir lo que desde su pluma quisiera manifestar.

Y, disculpe Ud. pero no puedo dejar de volver a mÍ y revivir aquellos sentimientos de frustración que aparecían ante el desprecio de quien leía lo que yo consideraba mis más maravillosos escritos. Y vuelvo a pedir disculpa por no poder  despegar la historia de esta mujer, con la mía propia; Ud. actuó como aquellos maestros míos que no supieron acompañar al discípulo en sus primeros pasos.

Perdón por  mi osadía, pero no será que su incapacidad de escribir cosas que merezcan ser leídas con entusiasmo, haya sido el disparador para convertirse en el más severo y despiadado crítico.

Emilio, me decía aquella vez la ochentosa maestra del taller de escritura, basta de escribir sobre ud. deje de ser el centro de sus relatos, ¡como si uno pudiera ser dos!

Y yo intentaba hacerle caso y escribía sobre la insípida vida del gato que miraba melancólico hacia fuera… ¿o era yo que miraba melancólico? ¿O era mía la insipidez de la vida?

Y ni qué hablar de sus idas y venidas, que no quiero verla, que sí, que venga de inmediato.  Siempre pensé que el autoritarismo es de las personas de “baja estatura” y no lo digo por su estrechez de crecimiento físico, sino por su estrechez de pensamiento; la buena literatura, lo bien escrito, lo bellamente expresado entra y sale de la vida del escritor con una facilidad que sólo los genios pueden alcanzar.

Mientras nuestro amigo me contaba de esa relación suya con aquella mujer, no dejaba de compadecerme de ella, que una fealdad física, transitoria como todo lo material, pueda hacer desistir la continuidad de una obra maravillosa, como Ud. había reconocido expresamente.

Es más, le digo, si fuera como Ud. manifiesta, que escribía las cartas para olvidarse de sí misma, considero que ese querer olvidarse entraña ya una manifestación interior que ni el más severo de los críticos puede negar; ¿a quien niega? ¿A un otro o a sí mismo?

Y encima la mandó a continuar con el bordado o con algún otro arte impersonal, como si existiera la impersonalidad del arte, lo neutro del arte.

O acaso el bordar manteles no es una expresión artística tan bella como la escritura, donde el bordador entremezcla hilos de colores como si fueran letras para crear la más bella de las flores que fueran escritas.

Bueno, amigo mío, quizás nos debemos un café fuerte para una larga noche de charla,  donde podamos discutir estos pareceres encontrados, porque si algo bueno ha tenido esta historia es que me he animado a decirle lo que pienso, que no es poca cosa y avizoro que abre la puerta a un largo diálogo.

Lo saluda con el mayor de los respeto este osado escritor que se anima a cuestionar a un gran maestro.


Emilio Renzi

 


Copyright©Betty Vacarezza.

Junio, 2016 Todos los derechos reservados.