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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo IX Una escritura palimpsestuosa: la lectura como uso

Consigna veintiuno Elaborar un nuevo relato, cambiando el final, o algún otro elemento, de “Hombre de la esquina rosada” de Jorge Luis Borges, “La noche boca arriba” de Julio Cortázar o “El perjurio de la nieve” de Adolfo Bioy Casares con el fin de darle un nuevo significado a la narración. La idea es que la nueva versión se oponga en algún aspecto al texto original elegido para hacer el trabajo.

(Extensión máxima. 2 ½ carillas)

 


Nuevo final de “Hombre de la esquina rosada” de Jorge Luis Borges:


Caminaron el hombre del cuchillo y la mujer, que hasta este momento perdido en el tiempo se había llamado la Lujanera. Ella,  salida  del  quilombo,  con el caos retumbando en su  cabeza  y los pies cansados del baile, percibía la sombra de una milonga inconclusa. Él había aprendido, de unos   y otros,  la  competencia, el  dominio, el  avance  feroz del metal como prolongación de su poder masculino.

La noche era todas las noches. Paso  a  paso  la  pareja, sien  con   sien, descansaba del bullicio. Las estrellas agotadas de asistir a miles de guerras, disfrutaban del amor naciente. Sólo una de ellas, la más brillante, atravesó el cielo marcando el camino que recordó el encuentro con la esencia. Retornaron al desierto del alma. Se tomaron de las manos. Se sintieron. Ella se percibió nacida de su costilla. Se abrió un laberinto de frutas y vegetales, de flores y pájaros, de aguas nuevas como espejos donde calmaron su inocencia. Desnudez embriagada de goce.

Ella, que había sido la Lujanera, se miró al espejo y se vio mujer. Volvió al inicio de los ciclos. Se observaba multiplicada, y al mismo tiempo, jugaba con la fruta entre sus dedos, la descubrió redondeada y perfecta. La acercó a su nariz y absorbió su aroma natural y fresco. Esta vez lo pensó. Dejó caer la manzana sobre la tierra rica en armonías. Tomó con decisión la cara de su hombre, que se abandonó mansamente al gesto sorpresivo; lo besó lentamente, con ternura, sobre el árbol de la Vida. Se percibió pensada por Aquel que no divide, el que reposa en el sin pecado. Desde el séptimo día, Dios y Borges los estaban esperando.

 


Copyright©Alba Isern.

Junio, 2016. Todos los derechos reservados