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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo III Crímenes y castigos: pervertir el género

Consigna ocho Beta Escribir un relato a partir de uno de los casos narrados por Enrique Sdrech en la entrevista inicial (el de la mujer atropellada por un tren luego de ser asaltada en un yuyal, el de los amantes baleados en Quilmes o el del hombre hallado muerto entre los hierros retorcidos de un auto).

 


CASO CERRADO


Eran las siete de la mañana, iniciaba mi guardia de aquel día domingo. El primer caso pareció un accidente tan común como los que vemos a diario. El cuerpo de bomberos hizo su trabajo, sacaron al hombre gravemente herido y sangrante. La ambulancia realizó el inmediato traslado al nosocomio del lugar. El hombre falleció a los pocos minutos en la guardia médica.

Caso cerrado muchachos, nos dijo el Principal Iñíguez... carátula, “accidente en la vía pública, seguido de muerte”

El sumario lo había iniciado con los datos del occiso y la reconstrucción de los hechos in situ. El vehículo estaba incrustado contra unos postes de hormigón, justo en una esquina. La víctima, enquistada entre el volante y el desplazamiento de unas partes del tren delantero, su rostro desfigurado.

Mientras escribía el sumario, algo me inquietaba. Quizá porque pensé en ese hombre, de apenas veinticinco con dos niños muy pequeños. Al rato, llamó el perito forense, Iñíguez algo desconcertado tomó su arma con prisa, se puso la chaqueta, la gorra y llamó a la brigada. Antes de salir me dijo que detuviera el escrito: "tenemos novedades".

Fueron al hospital, allí el forense les mostró el grave error que se había cometido: el cuerpo de la víctima presentaba un impacto de bala en la espalda, con orificio de salida, y la forma era similar a una estrella, lo que deducía que el disparo se había efectuado a

corta distancia. Por el diámetro parecía ser de una pistola 9mm. Esto nos volvía a foja cero.

El cuerpo fue trasladado a la morgue para ser examinado. El Principal ordenó recomenzar las investigaciones empezando por la familia.

Iiñíguez comenzó por revisar el vehículo. En el baúl encontró dos maletines, uno vacío cuyas trabas fueron forcejeadas y violentadas. El otro tenía documentación de seguros, cheques de elevados valores y muy entremezclado, en un sobre había un telegrama de despido.

Yo les tomé declaración a la madre y a la esposa, ambas estaban sacudidas por el hecho y no aportaron demasiados datos más que los que ya teníamos. La esposa dijo que la noche anterior él se había reunido con amigos y sabía que volvería a la madrugada.

La madre decía que pasaba mucho tiempo fuera de su casa, que tenía un muy buen empleo en la aseguradora, pero le restaba espacios a la familia.

Los jefes de la dependencia y el Juez parecían muy decididos a apresurar los tiempos de investigación.

La madrugada fue tan ardua como el día; continuó con una serie interrogatorios a la gente más allegada a la víctima, entre quienes estaban sus jefes. Los mismos entraron en el despacho de la jefatura, con el magistrado y el fiscal. La reunión se mantuvo en un total hermetismo.

Al concluirla, el juez se me acercó, me palmeó la espalda y me dijo:

"Por ahora, solo un accidente, eso es todo. Lo demás lo manejamos nosotros".

Su tono y su directiva me inquietaron. Para ese momento sabía que no era un simple hecho de un hombre común. El fiscal revisó minuciosamente cada papel que contenía el portafolios.

Estaba amaneciendo, yo comenzaba a dejar todo lo actuado para mi relevo. Se acercaba la hora de mi ansiado franco de servicio. Como el proceso iba a continuar le pedí a Chávez que en mis días francos, me tuviera al tanto.

Al día siguiente vi los titulares en los medios televisivos. Aludieron a un trágico accidente de un joven empresario de seguros en la intersección de Ortíz y Velez Sarsfield… Se mostraron imágenes del joven junto a su familia, la entrada de su lujosa casa, unas vacaciones en el Caribe...

Pasaron dos días, retomé mi guardia habitual, Chávez nunca me llamó. El sumario pasó directo al Juzgado interventor, salvo los primeros datos que dejé en la computadora, no quedó copia alguna. La comisaría tenía un clima apático, hasta hostil. Nadie ni siquiera el sabueso de Iñiguez mencionó palabra alguna respecto al homicidio.

En el libro de entradas figuraba la primera carátula de la causa. No era la primera vez que el silencio o quizá la indiferencia me carcomía.

Me senté frente a la máquina, me ingresaron un grupo de pungas esposados, un par de borrachos pendencieros… comencé a escribir. Cerca del mediodía Iñiguez, el comisario y el subjefe, se encontraron con el Juez y se fueron a almorzar. El oficial de servicio me dijo que los habían invitado los dueños de la empresa de seguros.

Seguí labrando actas y respondiendo oficios, como siempre, como desde hace más de doce años; cerré un par de oficios pendientes y otros los dejé para ser trabajados.

Mientras redactaba el último de los sumarios, pensé que son pocos los casos que realmente están cerrados y muchos los accidentes que vemos a diario.

 

 


Copyright©Alicia Jadrosich

Mayo, 2016.  Todos los derechos reservados