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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL)  Módulo VI  Focalización

Consigna de escritura cuatro: Escribir un relato a la manera de Faulkner en Mientras yo agonizo. Pensar en una situación de la que puedan dar cuenta varios personajes, como protagonistas o testigos. La situación debe desarrollarse a medida que el texto avanza gracias a los monólogos de los personajes que alternativamente narran desde su punto de vista en primera persona. Por ejemplo: la lectura del testamento de una mujer ante sus herederos. La situación puede estar relatada desde la mujer que antes de morir imagina la escena, por el abogado que lee el testamento, por alguien que entra circunstancialmente a servir café y a retirar el servicio, por los propios herederos. Extensión máxima: cuatro carillas, aproximadamente.

Extensión máxima: 4 carillas


*En lugar de la lectura de un  testamento, la tallerista optó  por un juicio.


Tom

Me despertaron los martillazos y el olor a madera recién cortada. Pensé que sería uno de mis hermanos arreglando la cerca y me levanté rápido, deseoso de ayudarlo. Pero al levantarme me di cuenta de dónde estaba, y toda la alegría que sentí en un principio se convirtió en una tristeza abrumadora.

El verano en Montgomery es muy pesado, pero la humedad de la celda en la que me encontraba me helaba los huesos. Me levanté y miré por la pequeña ventana que era mi única conexión con el exterior. Varios vecinos del pueblo estaban abocados a la construcción. Aserraban madera, medían, clavaban, todo para darle forma a la estructura que pondría fin a mi vida.

La tristeza me oprimía el pecho de tal forma que no podía respirar. ¿Qué será de mi madre y mis hermanos? Seguro estarán mejor sin mí, con un solo brazo son pocas las tareas que puedo hacer para ayudar a mi familia.

Los hombres seguían trabajando y, cada tanto, me miraban, asomado entre los barrotes.

–  ¡Vas a ver lo que es bueno, negro! – me gritaban.

Se equivocan. yo sé lo que es bueno. Bueno es haber sido criado por una madre que también fue padre, que nos educó desde el amor y el respeto, que nos enseñó que los colores pueden ser distintos pero que el alma es la misma.

Al nacer deforme, poco podía hacer para aportar a la economía familiar. Por eso, mi madre y mis hermanos decidieron que, al menos, debía recibir instrucción formal, aprender a leer y escribir. Hablaron con nuestro pastor y fue así que los domingos, después del servicio, asistía a clases. Por esos años, las cosas estaban empezando a cambiar para los negros.

De algún modo, la Sta. Sally, la maestra “blanca” del pueblo, se enteró y entre ella, el párroco y nuestro pastor se formó una cadena de favores que hicieron que mi educación progresara aceleradamente.

Pero todo lo bueno tiene un final. Hace unos días, iba a la casa del pastor a dar un examen muy importante para mí, cuando escuché gritos provenientes del bosque. Me adentré sigilosamente y no podía creer lo que veía. Tomé una rama y me avalancé sobre ese hombre que intentaba violar a Sue Parker. Cuando el hombre se levantó para defenderse, vi con horror que era el Sr. Parker, su padre. Como pude lo golpeé otra vez y salió corriendo. Ayudé a Sue a levantarse y la llevé con el médico del pueblo. Le expliqué lo que había pasado y me dijo que me quedara tranquilo, que él le avisaría al comisario.

Aún tembloroso, fui a dar mi examen. Casi había terminado cuando llegó el comisario a detenerme, por violación. Y fue así como llegué a esta húmeda celda.

El abogado del pueblo, el Sr. Miller, vino a verme. Me explicó que el juicio sería pronto, pero por lo que estaba viendo a través de los barrotes, ya me habían declarado culpable.

 


Srta. Sally 

Ya era tarde, me disponía a irme a dormir cuando alguien llamó a la puerta. Era el párroco. Su rostro pálido presagiaba malas noticias. Cuando me contó lo sucedido con Tom, no podía creerlo. ¿Cómo podían acusarlo de algo así? Y mucho menos conociendo los abusos que el Sr. Parker cometía contra su hija, sue. Todo el pueblo lo sabía, pero miraban para otro lado.

Ahora el destino había querido que Tom lo descubriera. Lamentablemente, era el chivo expiatorio perfecto. El pueblo no aceptaba que los negros fueran libres y ésta era la ocasión ideal para demostrar que “un negro libre y con derechos era peligroso”.

No pude dormir en toda la noche pensando en Tom. Me levanté muy temprano y, sin importar las consecuencias, fui a ver al pastor de la Iglesia Baptista para ver en qué podía ayudar.

Cuando llegué a la plaza, se me heló la sangre. Varios hombres trabajaban diligentemente para construir la horca que pondría fin a la vida de Tom. ¿Cómo podía ser? Todavía no se había llevado a cabo el juicio y ya lo estaban condenando. La rabia y la impotencia se apoderaron de mí, quería gritarles que eran unos asesinos, pero eso no ayudaría a Tom.

Con la visión borrosa por las lágrimas, apenas pude distinguir la silueta del Sr. Miller, que venía hacia la cárcel. Pensé en acercarme para preguntarle qué estaba pasando.

 


John Miller

Decidí ir temprano a la cárcel a ver a Tom. Quería saber cómo estaba y transmitirle seguridad con respecto a su juicio. Pero al llegar a la plaza, quedé petrificado ante la escena que tenía frente a mí: varios hombres del pueblo, algunos de ellos muy conocidos y respetados en nuestra comunidad, herramientas en mano, aserrando madera y clavando clavos que se convertirían en el patíbulo de Tom.

Indignado, me acerqué a preguntarles qué estaban haciendo y por qué.

– ¿Quién les dio la orden para hacer eso?

– Nadie, Sr. Miller, pero todos sabemos que es culpable.

– ¿Así que ahora son todos abogados y jueces?

–Ja, usted lo dice porque le gusta defender a los negros. Pero sepa, señor, que a la larga, los negros terminan siendo culpables. Siempre…

Me di media vuelta y me fui porque no sabía si podría contenerme ante la próxima estupidez que pudieran decir.

La visita a Tom podría esperar, debía primero hablar con el juez para ver si se podía hacer halgo para frenar esa locura.

Al cruzar la calle me topé con la Srta. Sally, quien se veía tan preocupada como yo.

Caminamos juntos algunas cuadras, mientras la ponía al corriente sobre Tom. Casi llegando a la casa del juez nos cruzamos con la Sra. Green, una acérrima defensora de las causas nobles y justas, siempre y cuando no hubiese un negro involucrado. Vivía hablando de amor al prójimo, de perdón, de compasión, pero cuando se trataba de negros, era muy cruel. Para ella, eran tan sólo una creación de Dios puesta sobre la tierra para recordarnos que el mal existe.

La saludamos y, como era de esperar, ni siquiera nos devolvió el saludo.

 


Sra. Green

Me contaron que ya están construyendo la horca para matar a ese engendro del demonio. Tengo que verlo con mis propios ojos.

Ahí vienen esos dos defensores de negros, la maestra y el abogado. Voy a hacer de cuenta que no los vi.

¡Qué descaro tienen! Me saludaron. Ni siquiera les contesté. No merecen que nadie les dirija la palabra. Pero Dios es justo, los va a poner en su lugar, igual que a ese negro deforme.

Todavía están trabajando. Está quedando perfecta. Trabajan todos al unísono: miden, cortan, clavan…

– ¡Dios los bendiga, señores!

 


Tom

Llegó el día del juicio, sabía que no iba a ser fácil, pero tenía esperanzas. El juez había mandado destruir la horca construida por los que querían matarme sin siquiera saber cómo habían ocurrido las cosas. Les ordenó a los mismos que habían clavado madera por madera, que la destruyeran. Si fuese necesaria una, él daría la orden de construirla.

El juicio se desarrolló como era de esperarse, entre gritos e insultos, especialmente cuando el Sr. Miller me llamó al estrado.

El juez amenazó varias veces con desalojar la sala.

La situación llegó a un punto en que pensé que no había salida, pero el Sr. Miller logró sortear los obstáculos y encauzar la audiencia hacia el verdadero delito: la violación de Sue.

Su alegato final tocó el corazón de todos, a tal punto que Sue se puso de pie y, ahogada en llanto, contó la verdad. Su padre la había obligado a acusarme. Y todo el pueblo, a sabiendas del infierno que estaba viviendo esa chica, prefirió culparme a mí, porque para ellos, mi delito era el más aberrante: ser “distinto”…

 


Copyright©Mar de Alas

Mayo, 2016.  Todos los derechos reservados