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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo I Variaciones

Consigna dos beta: Escribir un texto breve a partir de una frase críptica (una fórmula mágica, oracular o mística; un hechizo; un trabalenguas, una adivinanza o acertijo; un nombre secreto; una orden encubierta; una fórmula científica arrancada de su contexto para hacerla circular en otro; una fórmula que selle un pacto; un réquiem; una frase inscripta en una cripta o tumba; un canto popular infantil que haya perdido su significación inmediata; un palíndromo (frase que puede ser leída de derecha a izquierda o de izquierda a derecha y mantiene los mismos sonidos, por ej.: “¿Sanatas a satanás?”).

La frase elegida puede estar en cualquier parte del relato: intitularlo, cerrarlo, incluso puede no estar, puede ser parafraseada o tomada para estructurar el relato o sugerida de modo que el lector la adivine o bien que el relato se constituya en una pista para que el lector la construya. Sugerencias: a) revisar en la memoria y anotar toda clase de frases rítmicas que vengan a la mente (las que se recuerdan de la infancia suelen convocar mundos propios y experiencias ricas para ficcionalizar); b) hacer una lista con las recordadas y con las buscadas en diversos tipos de libros o en la memoria de los otros; también puede ser inventada. Elegir después una de esas frases para resolver esta consigna de escritura.

 

 

LABERINTO

 

Se despidieron en una esquina de la capital. Él le sonrió, puso sus manos en los bolsillos de la campera y caminó en dirección hacia el sur. Ella abordó con mucha prisa el autobús, tanta que olvidó el beso.

Era un mediodía cualquiera, una muchedumbre transitaba las calles en el afán cotidiano. Tras sus pasos el hombre disfrutaba de la felicidad que vivía con ella. En su cabeza volvía una y otra vez sobre los momentos de plenitud que compartían.

Sin embargo, le fluía con reiteración el pensamiento sobre sus hijos y también su mujer, que desde mucho tiempo atrás le resultaba una extraña.

Se sentó en el bar de siempre y retomó la lectura, volvió sobre la página de una geometría que lo apasionaba. Círculos ensamblados en anacronismos y un laberinto. Por allí atravesaba el caminante hasta llegar a un río caudaloso y arrasador. La pausa le hizo volver sobre el rostro juvenil y fresco de la mujer.

Revolvió el café, cargado y humeante: miró hacia la calle: un par de mendigos en el contraste de una ciudad inmersa en la vorágine.

Distrajo su mirada en la pareja de jóvenes que estaban próximos a su mesa. Imaginó con fugacidad alguna historia sobre ellos y nuevamente se sumergió en la lectura: el fiel peregrino había traspasado cielos e infiernos y contaba los números que se expandían sobre el acceso a una prisión. Unos signos a su derecha intentaban cifrar la omnipotencia divina.

Cautivo, absorto en la mística de la novela, casi por un instante se permitió olvidar su incómoda situación. Transitó por calles adoquinadas hasta llegar a su casa. Lo seducía el inmenso placer de terminar la lectura. Todos dormían, pensó que era el momento ideal para seguir.

Retomó el penúltimo capítulo y a pesar del cansancio, sentía la ansiedad de los que anhelan conocer el final de una historia.

Embriagado en la quietud de la noche, el caminante entró en un recinto cuadrangular custodiado por panteras. Sumergido en las abstracciones de un mundo incierto y obscuro se sintió forzado al sueño. Olvidó los fantasmas y las prisiones.

La vigilia le mostró al hombre unas descripciones que le atrajeron. En el crepúsculo de aquella noche, sintió el deseo del amor y de la crueldad. Casi desvanecido sobre el sillón, recordó la esquina, el bar de siempre y la vorágine anacrónica que envolvía al peregrino.

 


Copyright©Alicia B. Jadrosich

Abril, 2015. Todos los derechos reservados