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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL)  Módulo IV La literatura y los géneros discursivos de uso cotidiano

Consigna de escritura nueve: escribir una receta, un reglamento o unas instrucciones con uno de los siguientes objetivos: "conseguir amigos influyentes", "sobrevivir en la Argentina Actual", "ser una chica 'fashion'", "no morir a la hora señalada", "volver a un estado amniótico”. Se puede elegir también un objetivo no mencionado aquí. (Extensión máxima: 1 carilla).

 


CÓMO USAR UN BAÑO PÚBLICO, VERSIÓN FEMENINA

 

Ir al baño es una rutina mediante la cual satisfacemos una necesidad fisiológica. Es un acto tan natural que ni siquiera pensamos en eso. Sólo lo hacemos. ¿Pero alguien se ha puesto a pensar en la odisea que presupone ir a un baño público? Seguro que no. Los hombres, seguro que no. Las mujeres, en cambio, creo que valorarán este simple instructivo nacido de la experiencia personal. Estos son los pasos a seguir para salir airosas de una situación que, a nosotras, chicas, nos plantea todo un desafío.

 

 

1) Evitar, a toda costa, tener que usar un baño público. No importa si es en un shopping, en un cine o un restó, ¡huyan! Pero a veces, la necesidad es acuciante y debemos prepararnos para la batalla. ¡Allá vamos!

2) Si se puede elegir, elijan. Analicen detenidamente cada compartimiento. Busquen el más limpio, que tenga la puerta sana, con traba, con gancho para colgar la cartera y por último, pero no por eso menos importante, que tenga papel higiénico. Lamentablemente, de todas estas opciones, la más común es un cubículo con puerta y con los accesorios indispensables. ¡Y demos gracias por eso!

3) Ejercitarse regularmente. De ser posible, entrenar para un pentatlón. Si pensamos en todo lo que tenemos que hacer las mujeres en un baño público, tiene su lógica. Entramos, obviamente cerramos la puerta pero, por esas cosas de la vida… ¡no tiene traba! Y acá empezamos a poner a prueba nuestro entrenamiento. Hay que “tener” la puerta, porque nunca falta la desubicada que pretende entrar a la fuerza y de un empujón intenta convertirnos en parte del azulejado. En ese momento, emitimos un sonido tan gutural que nos asusta a nosotras mismas: “¡Ocupado!”. Mano en puerta, ¿dónde dejamos la cartera? En el piso no, está sucio. Tenemos dos opciones, colgarla del cuello o sostenerla con los dientes. Ahora, con la mano libre, tenemos que prepararnos para cumplir con la tarea que nos trajo hasta acá.

4) Hacer caso a mamá. ¿Quién no recibió instrucciones sobre no sentarse nunca en un inodoro público? Y la escena se vuelve realmente dantesca: mano en puerta, cartera colgando del cuello, mano libre por cualquier imprevisto (como por ejemplo que no haya papel higiénico y tengamos que buscar un pañuelito descartable en esa caja de Pandora que es nuestra cartera), piernas acalambradas de hacer equilibrio para no rozar siquiera el inodoro, y… ¡pasa lo peor!

5) Desconectarse del mundo por cinco minutos. Suena el celular y nos desesperamos por atender. ¡No! Déjenlo sonar. Es nuestro momento y bastante incómodo, por cierto.

6) La higiene ante todo. Recuerden llevar siempre alcohol en gel en la cartera, porque las canillas nunca funcionan y el jabón brilla por su ausencia.

7) Tomar clases de teatro. Una vez terminada la azarosa empresa que nos trajo hasta este lugar, tenemos que hacer gala de nuestras mejores dotes actorales. Salimos del baño con una expresión que no transmita el incómodo momento que acabamos de pasar. Caminamos contoneándonos como Eva Longoria en la pasarela de Milán, para que no se note que tenemos las piernas acalambradas. Y detrás de la sonrisa más luminosa que podamos fingir, juramos nunca más volver a usar un baño público. Pero sabemos que la historia continuará… 

 

 

Copyright©Mar de Alas. Febrero, 2015

Todos los derechos reservados

 

 

(TIEL)  Módulo IV La literatura y los géneros discursivos de uso cotidiano

Consigna de escritura nueve - sugerencia. (Extensión máxima: 1 carilla).



FILLOLOS (PANQUEQUES)


INGREDIENTES

1 taza de harina

2 tazas de agua

30 gramos de manteca

5 huevos

1 pizca de sal

Grasa para cocinar

 
Preparación

 Poner en un bol el agua, la manteca, la harina, los 5 huevos, la sal y mezclar enérgicamente hasta obtener una mezcla “chirla”.

Calentar una sartén y untarla con grasa. Verter la mezcla en el centro y mover la sartén hasta cubrirla con dicha mezcla. Cuando el panqueque está dorado de un lado, dar vuelta y terminar de cocinarlo.

 Es inevitable separar la cocina de las experiencias de vida. Los sabores, los olores, las formas de cocción, desencadenan o desempolvan los más dulces recuerdos…

 Cada año, la Navidad se va modificando, ya sea por problemas familiares o porque algún familiar “se va de gira”, como dicen los actores. La navidad pasada me sentí más perdida que nunca. Me faltaba la cena especial que preparaba mi papá. Fue la tercera navidad sin él, pero la primera desde que acepté su partida. ¿Qué hacer? La tristeza y el dolor me superaban, me era imposible intentar emular una de sus cenas navideñas. Por eso decidí hacer una Torre de panqueques, receta tradicional de mi mamá. Y fue así que recordé ese sabor tan particular de los panqueques que hacía mi bisabuela, mi Tatita, y que marcó mi infancia.

 A veces la memoria falla, en mi caso fue porque era muy chica y nunca supe cómo los hacía. Por eso, empecé a interrogar a todos los familiares que pude hasta dar con la receta correcta.

 Preparé la mezcla y me dispuse a cocinarlos. Y fue inevitable. Todas las imágenes y recuerdos de una infancia que añoro, se agolparon en mi cabeza. Tal es así que me costaba concentrarme en lo que hacía para poder cocinarlos sin que se quemaran.

 Cuando la sartén estuvo a punto, vertí un poco de ese elixir mágico, cubrí la superficie y esperé a que se cocinara. No pude evitar evocar imágenes que me llenaron de lágrimas los ojos. Recordé cuando Tatita los daba vuelta en el aire. Era chica y eso me maravillaba. Yo no tengo esa habilidad y ni siquiera lo intento, siento que sería una falta de respeto...

 Recordé esas tardes, jugando en la vereda con mis primos y los chicos del barrio. Sabíamos que el juego terminaba cuando salía Tatita, con su cabello de luna y sus ojos celestes y puros, y nos gritaba:

¡Ninines, a comer fillolos!

 Y la casa se llenaba de chicos porque no sólo corríamos mis primos y yo, sino también los chicos del barrio. Todos queríamos comer los panqueques con dulce de leche que hacía “la abuelita”. Yo los comía solos. No se podía arruinar ese sabor tan especial.

 Terminé de hacer los panqueques y armé la torre. Y a pesar de haberla hecho salada, al comerla, no pude evitar percibir ese sabor dulce que me hizo sentir que tenía cinco años otra vez...

 

 

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