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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo VII Tiempo y narración

Estrategias temporales para contar una historia 

Consigna diecisiete alfa.Reescribir esta historia comenzando por el final y reconstruirla seleccionando una serie de escenas claves que se narren repetidamente desde diversas perspectivas, tal como lo hace Faulkner en Mientras agonizo y ¡Absalon, Absalon! (Extensión máxima: 3 páginas).

 


EL ENCUENTRO


Al avistar la casa de los padres de ella sintió que el corazón le latía. Su mujer, Ch’ienniang, era la única hija del señor Chang Yi, un funcionario de Hunan. 

Wang Chu vio a su suegro y  se arrodilló, hizo una reverencia y pidió perdón. Chang Yi lo miró asombrado y le dijo:

“¿De qué hablas? Hace cinco años que Ch’ienniang está en la cama y sin conciencia. No se ha levantado ni una sola vez.”

“No estoy mintiendo”, dijo Wang Chu. “Está bien y nos espera a bordo”.

El padre, el gran Chang Yi, no sabía qué pensar y mandó a dos criadas a ver a Ch’ienniang.

A bordo la encontraron sentada, bien ataviada y contenta; hasta les mandó cariños a sus padres.

Maravilladas, las doncellas volvieron y aumentó la perplejidad de Chang Yi. Entretanto, la que estaba a bordo de la embarcación iba hacia la casa y se encontró en la orilla con la que estaba enferma y venía de allí. Se abrazaron y los dos cuerpos se confundieron y sólo quedó una Ch’ienniang, joven y bella como siempre.
Sus padres se regocijaron, pero ordenaron a los sirvientes que guardaran silencio, para evitar comentarios.
“¿Por qué al embarcarte lo has hecho por tan poco tiempo? ¿Has amarrado enseguida para descansar, Wang? ¿O tal vez para esperarme?  
Así, has permitido que te alcance para siempre. Ver la cara de regocijo de mi padre al verme bien otra vez me trajo de nuevo la felicidad. Y eso, es algo que te debo a ti. En el fondo de tu corazón sé que también tú lo has perdonado”.
Habían pasado ya algunos años viviendo juntos. Cinco años tal vez, en los que tuvieron dos hijos. Para eso había esperado ser su mujer. Para eso había decidido seguirlo donde fuera, sin resignarse a la separación, por la promesa incumplida de su padre.
Cuando la embarcación de Wang llegó a su ciudad natal, él le dijo a ella: “no sé en qué estado de ánimo encontraremos a tus padres. Déjame ir solo a averiguarlo. Tú  y yo hemos oído de su boca la promesa a cumplir. Tú, su única hija, y yo, a quien tanto quería,  hemos sido traicionados. ¿Cómo pudo consentir entonces el darle tu mano a otro y no a mí?”
Por eso, Ch’ienniang se regocijó al enterarse de su llegada y desde el borde de su cama en la que estaba sentada, libre de su mal y con luz en sus ojos, había mirado a Chou, una de las criadas.  Se vistió ante el espejo y se dirigió con una sonrisa hacia la embarcación sin decir palabra.
“Fui yo quien te rescató. ¿Lo recuerdas? Cuando te fui a buscar a media noche. ¿Me soñaste, Wang? Mi inteligente y hermoso Wang”.
“Sí, fue a poco de amarrar mi embarcación, en el silencio del sueño, cuando tus pasos alegres de pies desnudos te delataron. Al presentir que te acercabas me incorporé y pregunté: ¿Quién anda a estas horas de la noche? Soy y soy Ch’ienniang, fue tu respuesta. Asombrado te hice entrar a la embarcación.”
“Dime. ¿Qué miras Wang con esos ojos que parecen idos?”
“Pienso en Chou… y en tu padre.”
“¡Ay, mi Wang! ¡¿No sabes que la eternidad es sólo cuestión de tiempo?!”, le dijo Ch’ienniang enarcando las cejas con un mohín. Acorde a su modo de ser, las expresiones cambiaban muy rápido en su cara. Sus pómulos altos captaban la luz y eran los primeros en acompañar su manera de decir. No era una mujer dura, de poca carne y mucho hueso. Sino más bien una compañera armoniosa en sus formas y en sus gestos. “Déjalo tranquilo a mi padre. Que en paz descanse el gran Chang Yi, recostado en el más cálido rincón de mi alma. Y Chou… ¡Chou ha vivido ya lo suficiente! ¿¡Para qué sufrir más!? Ha sido buena sirviente, leal. Al igual que Lee, su vieja compañera fiel. Ambas supieron guardar el silencio que les pidió mi padre. Y en el fondo, las dos también fueron hacedoras de nuestra dicha con su silencio. Ambas fueron  sirvientes  leales a nuestra felicidad. Ya que al embarcarte no habías ido lejos”
“Nos hemos criado juntos, Ch’ienniang, prima mía. Como dos semillas que han brotado a la par y esperándose. ¿Pero dime, por qué tu padre fue capaz de olvidar lo que nos había prometido desde siempre? Como tú dices: desde la eternidad. ¿Por qué razón entonces se atrevió a  darle tu mano a ese joven? ¿Por el simple mérito de ser un funcionario? Dejándonos a ti y a mí así, el pecho vacío, de un golpe. Dime. ¿Cómo pudo hacerte eso a ti,  sabiendo que eras y eras su Ch’ienniang?”
“No lo sé, Wang. Mi padre me amaba demasiado. Yo era única para él, su única hija. Quizás un día despertó y al abrir la mañana se dio cuenta de que todos los pájaros se habían ido y su Ch’ienniang también quería volar. El dolor enloquece a veces, Wang. Lo que sí sé, es que estuve a punto de morir de pena por ello. Desgarrada entre tu amor y la piedad filial como condena. A ambos los amaba y lo sabes. Del mismo modo te vi partir en tu embarcación, desesperado… ¡Por no soportar el verme en otros brazos! ¡Mi Wang!...”
“Es verdad, Ch’ienniang. Pasó el tiempo y yo finalmente soy su yerno. ¡Hace ya cuarenta años que tu padre me ha aceptado! ¿Es la eternidad a la que te refieres, Ch’ienniang, cuando me preguntas hacia dónde miran mis ojos? Es hacia eso llamado felicidad.”

“Pero ya ves, Wang, ahora estamos en el medio de la eternidad. No mires hacia atrás, no busques la mitad que ya pasó. Hay otra etapa de la eternidad por venir,  plena de dicha.”
“Ya te lo dije: quería ser tu mujer y lo fui. También reconocí  que mi padre fue injusto contigo y que jamás me resignaría a la separación. Temí que en tierras desconocidas te vieras arrastrado al suicidio y te seguí. Desafiando la cólera  de mis padres, la reprobación de la gente. Y así proseguimos dichosos hasta Szechuen, ¿te acuerdas? Mantén siempre viva la noche en la que te rescaté. ¿Has olvidado mis pasos horadando tu sueño? Tu oído, que era mío, fue capaz  de percibir el aleteo de mis pasos  en el aire, leves como si fueran  plumas descalzas que empujara una brisa. Sólo quien ama de verdad podría sentirlo, cuando en ese silencio hasta casi el suelo nos fue ajeno”.
Recordaban de tanto en tanto,  cuando ambos oyeron aquella promesa de Chang Yi. La forma en que siempre habían estado juntos y el modo en el que el amor había crecido día a día.  Cómo llegaron a tener relaciones íntimas. Cómo ahora era su mujer. A pesar de todo.
Pasaron  algunos años de felicidad, es verdad. Cinco años al menos, que no es poco. Dos hijos llegaron. Pero Ch’ienniang pensaba diariamente en su padre. Ignoraba si sus padres vivían o no.  Y una noche le había confesado a Wang Chu  su congoja: como era su única hija,  se sentía culpable de una grave impiedad filial.
“Tienes un buen corazón de hija y yo estoy contigo”, respondió él. “Cinco años han pasado y ya no estará enojado con nosotros. Volvamos a casa. Tu padre quiere verte bien, bella como siempre”, le había dicho entonces.
Fue cuando Ch’ienniang se regocijó y se aprestaron para regresar con los niños.
Chou, al poco tiempo, se llevó para siempre el secreto encerrado en su boca, al igual que Lee, que lo hizo más tarde. Aquella perplejidad de ambas y su silencio, quedaron sepultados bajo la misma tierra. No muy lejos de Wang Chu y Ch’ienniang,  que sí continuaron viviendo  juntos y felices una eternidad: por más de cuarenta años.

 

 

Copyright©Mar. Enero, 2015

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