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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento, Técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo I La Narración

Consigna LN 3 Transcriba los párrafos que eligió, luego redacte dos textos literarios imitando el estilo de uno y de otro. (Máx. ½ pág. cada texto).   

 

Transcripción de un párrafo de Madame Bovary, de G. Flaubert 


“Cuando entraron, la habitación estaba toda llena de una solemnidad lúgubre. Sobre la mesa de labor, cubierta con un mantel blanco, había cinco o seis bolas de algodón en una bandeja de plata, cerca de un crucifijo entre dos candelabros encendidos. Emma, con la cabeza reclinada .sobre el pecho, abría desmesuradamente los párpados, y sus pobres manos se arrastraban bajo las sábanas, con ese gesto repelente y suave de los agonizantes, que parecen querer ya cubrirse con el sudario. Pálido como una estatua, y con los ojos rojos como brasas, Carlos, sin llorar, se mantenía frente a ella, al pie de la cama, mientras que el sacerdote, apoyado sobre una rodilla, mascullaba palabras en voz baja”.

 

Texto imitando el estilo de Flaubert

 
Todos los días cuando abrían la puerta y se colaba la luz desde la otra habitación, Septembrino Díaz guardaba en su mente un pedacito más de su entorno. Una morada que no podría asignársele más de dieciséis metros cuadrados, muy baja y con un techo que debería ser de chapa, ubicado por encima de esas bolsas de arpillera carcomida por las ratas. El suelo polvoriento absorbía, por fortuna, la verde humedad que se filtraba por las paredes, los orines y heces. Amortiguando así en parte el hedor.    Con el pasar de los años entendió que seguramente habría imágenes en su memoria que ya no correspondían al aspecto actual de su claustro. ¿Cuántos años habrán pasado? Por lo menos diez, porque si bien jamás se había vuelto a ver en un espejo, notaba cambios evidentes en su fisionomía. Hurgando con sus dedos  podía notar perfectamente, cómo la profundidad de sus ojos le daba con seguridad un aspecto cadavérico; una cara de piedra, dura, tan dura como la punta de su codo. Sus cabellos largos y enmarañados sumados a sus harapos, completaban el cuadro de su aspecto.  La última vez que vio la luz natural tendría cinco años y daba vueltas en la calesita del barrio, buscando impacientemente enganchar la sortija. Pero cuando aquel señor le dio la posibilidad, escondió su mano como si hubiera recibido la picadura de un bicho, tras haberse impresionado por aquella huesuda mano. Cuando el carrusel completó los trescientos sesenta grados, el hombre albino fue reemplazado por una jovencita, que le ofrecía animosamente el galardón. Así sería entonces, como Septembrino tomaría con entusiasmo infantil el premio que lo conduciría a la reclusión perpetua.

 

 

Transcripción de un párrafo de Eugenia Grandet de H. de Balzac 

 
"No soy bastante bonita para él", éste era el pensamiento de Eugenia, pensamiento humilde y fecundo en sufrimientos. La pobre muchacha no se hacía justicia; pero la modestia, o más bien el temor, es una de las primeras virtudes de los enamorados. Eugenia pertenecía a cierta especie de criaturas, sólidamente constituidas, como suelen serlos en la clase artesana, y cuyas gracias parecen vulgares; pero sí se asemejaba a la Venus de Milo, sus formas estaban ennoblecidas por la suavidad del sentimiento cristiano, que purifica a la mujer y le infunde una distinción que desconocieron los escultores antiguos. Tenía una cabeza enorme, masculina la frente, pero delicada como la del Júpiter de Fidias; ojos grises en los que su alma casta irradiaba tina luz auroral. Los rasgos de su rostro redondo, antes fresco y sonrosado, habíanse alterado por culpa de unas viruelas lo bastante benignas para no dejar huella, pero que habían destruido la lozanía de la piel que no dejaba por ello de ser fina y suave hasta el punto de que el puro beso de su madre imprimía en ella una marca pasajera. Su nariz era un poquito recia, pero armonizaba tan bien con la boca de un rojo de minio, cuyos labios surcados por mil rayitas estaban llenos de amor y de bondad. Su cuello tenía una perfecta redondez. El opulento corpiño, cuidadosamente velado, atraía la vista y daba alas al ensueño. Le faltaba sin duda algo de la gracia que depende del traje, pero a los ojos de los inteligentes, la tiesura de su porte debía de tener un particular encanto. Eugenia, pues, alta y robusta, carecía en–– absoluto de esa belleza que gusta a las masas; pero era hermosa, con esa belleza que cuesta poco de identificar y que seduce únicamente a los artistas. El pintor que busca en este mundo un modelo para la celeste pureza de María, que pide a toda la grey femenina los ojos modestamente altivos que adivinó Rafael, las líneas virginales que a menudo son fruto de los azares de la concepción, pero que sólo una vida púdica y cristiana puede conservar a hacer adquirir; el pintor prendado de tan raro modelo, lo hubiese encontrado de repente en el rostro de Eugenia lleno de esa nobleza innata que se ignora a sí misma; bajo una frente serena hubiese visto un mundo de amor y en el rasgado de los ojos, en la caída de los párpados, un no sé qué de divino. Sus facciones, el corte de su cabeza aún no alterado ni fatigado por la expresión del placer, se parecían a las líneas del horizonte suavemente tendidas sobre la lejanía de los lagos inmóviles. Aquella fisonomía tranquila, coloreada, orlada de una claridad como capullo entreabierto, descansaba el alma y le infundía el encanto de la conciencia que se reflejaba en ella y gobernaba la mirada. Eugenia hallábase aún en la ribera de la vida en que florecen las ilusiones infantiles, en que se cogen las margaritas con transportes después desconocidos. Por eso, pudo decirse al mirarse al espejo, sin saber aún lo que era el amor: "¡Soy demasiado fea; ni siquiera se fijará en mí!"

 


Texto imitando el estilo de Balzac 

 
Tieso y meditabundo se permitió descubrir un aroma delicado, fresco y caliente a la vez. Una substancia que bien podría haber reconocido. Era una mujer, digamos algo inquietante, no solo por su belleza manifiesta, sino por su condición que emanaba lujuria explícita. Se ruborizó cuando ella le murmuró al oído, rozándole la oreja con sus finos labios apenas pintados. Por un momento imaginó la humedad de esa lengua femenina recorriendo su pabellón auricular. Acomodó su corbata, o que es peor, la desacomodó. Jugaba con el lápiz en la boca, en la hoja aún en blanco, en la boca, mientras las palabras de los organizadores se le escurrían por la mente como algo ininteligible, poseído por ese hálito que lo conducía a la supremacía del deseo, recorriendo su interior, ahora volátil.La cara de piedra, roja, de imbécil, con el flequillo rubio cruzando esa inmensa frente. Se horrorizó de espanto dejando caer el lápiz para escribir en el papel, casi en blanco, me llamo Roberto, mucho gusto. Ella lo ojeó con lo que se quiera suponer que fue esa sorpresa evidente tras una sonrisa de universitaria, para escribir Señor Roberto Mucho Gusto, me llamo Clara Encantada. El sonrió como un pendejo frente a la infatigable hipocresía de sus compañeros.

 

 

Copyright©Miguel Ángel Schernetzki. Enero, 2015
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