Trabajos de taller

Glosario de términos

Buscar

Seguinos en

  • Taller literario online La Argamasa en facebook

“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo III Crímenes y castigos: pervertir el género

Consigna de escritura ocho beta Sugerencia: Respetar las indicaciones de la sugerencia y las características del género policial, pero los hechos deben transcurrir en un pequeño pueblo del interior y a comienzos del siglo XX; la opción .que vas a tomares la de la mujer atropellada por el tren. (Extensión: entre 1 ½ y 2 carillas).

 


Juan había nacido en Chivilcoy y se había criado allí. Desde chico demostró ser muy inteligente. Tenía una forma de razonar las cosas que dejaba boquiabierto a más de uno. Su avidez por la lectura le había valido muchos castigos pues rechazaba ayudar a su padre en el campo. Le apasionaban los relatos de misterio y trataba de leer todos los que pudiera conseguir. Pero en un pueblito del interior, era difícil conseguir ese tipo de material. Por eso, leía cuanto libro cayera en sus manos. Al terminar la escuela se plantó ante su padre y le dijo que él no quería seguir la tradición familiar, el campo no era para él. Su sueño era ser policía. Sabía que en el pueblo eso sería imposible, por eso decidió emigrar a la capital. Y así lo hizo. Su padre se sintió devastado pero sabía que su hijo podía lograr lo que se propusiera.

Y fue así que llegó a Buenos Aires dispuesto a cumplir su sueño. Trabajó arduamente para lograrlo y lo hizo. Se convirtió en policía. Empezó bien desde abajo y poco a poco fue ascendiendo. Se perfeccionó cuanto pudo, quería ser el mejor. E inteligencia no le faltaba.

 Por fin llegó el día tan deseado, el día en que alcanzó el puesto de comisario. Tenía que compartirlo con su familia. Y decidió viajar a Chivilcoy para contarles a todos la buena noticia. Pero sería ese viaje el que pondría a prueba su inteligencia y su vocación de servicio.

Fue ese 24 de marzo de 1915 el que marcó un antes y un después en su carrera.

El tren estaba entrando a la estación de Chivilcoy, muy temprano por la mañana, cuando de pronto se escuchó un sonido aterrador, a huesos rotos, y un olor a muerte impregnó el aire. Juan saltó del tren y fue a ver qué pasaba. Se le erizó la piel al ver a María, su compañera de escuela, debajo de las ruedas de la locomotora. No lo podía creer. Una joven tan alegre, de excelente familia, comprometida a punto de casarse, ¿qué problema podría tener como para querer suicidarse? No, eso no era posible...
El guarda de la estación corrió a buscar al comisario.
En un segundo la estación se llenó de gente que especulaba sobre los motivos que había tenido María para suicidarse. Pero Juan tenía la corazonada de que no era un suicidio y la determinación por probarlo lo hizo involucrarse.
Cuando llegó el comisario del pueblo, lo primero que hizo fue intentar alejar a Juan.
— Don Eustaquio, soy yo. Juan Fernández. Permítame ayudar.
— ¡Juancito! ¿Cómo te va, muchacho? No podés, los civiles no pueden estar acá.
— Ahora somos colegas, Don Eustaquio. Juan Fernández, comisario de la Policía Federal. Acá tiene mi placa.
— M’hijo, acá no hay nada que hacer. La pobre María se tiró abajo del tren.
— ¿Me permite revisar la escena comisario?
— Revisá, m’hijo, revisá. Pero no tiene sentido. Se tiró nomás.
Pero Juan no pensaba lo mismo. Y empezó a revisar lo que para él, era la escena de un crimen. Lo primero que notó es que en el lugar donde el tren arrolló a María había sangre, sí, pero la cantidad que había no se condecía con un hecho de ese tipo. Siguió revisando y pudo observar un reguero de sangre por los durmientes. Lo siguió y vio que terminaba en un yuyal cercano. Al llegar allí, observó una mancha de sangre muy grande. Siguió revisando y encontró un cuchillo ensangrentado. Y ahí, ató cabos en un segundo. A María la habían matado…
—¡Don Eustaquio!- gritó Juan, -¿me hace el favor de fijarse si María trae su cartera?
— No, m’hijo, no la trae.
— Bueno comisario, permítame decirle que María no se suicidó. A María la mataron.
— Pero m’hijo. ¡No digas paparruchadas!
— Venga por favor y le explico.
Y Juan le mostró la mancha de sangre en el yuyal, el cuchillo ensangrentado y el reguero de sangre en los durmientes que llegaba hasta donde estaba María, debajo de las ruedas de la locomotora. Le explicó que si María se hubiese suicidado, tendría que estar en un charco de sangre, y no lo estaba. Además, todo el pueblo la conocía, ella nunca salía sin su cartera. Y la cartera no estaba.
Juan le planteó su teoría al comisario, que lo miraba desconcertado:
- Seguramente María venía a visitar a su tía, que vive frente a la estación. Alguien la atacó y le robó la cartera. Era una chica fuerte, estoy convencido de que se sacó el cuchillo e intentó llegar a la casa de la tía para pedir ayuda. Pero con la sangre que perdió en el ataque, se debe  haber desvanecido justo sobre las vías. Y cuando el maquinista la arrolló, estaba prácticamente arrollando un cadáver. Es más, me atrevería a decir que por la poca cantidad de sangre que hay sobre las vías, ya estaba muerta antes de que el tren siquiera la tocara. Investigue comisario. Seguramente, los que hicieron esto van a intentar vender la cartera o las pertenencias de María.
Días después, Juan volvió a Buenos Aires. Había pasado un mes desde la muerte de María, cuando Juan recibió una carta de su madre: “Hijo, agarraron a los asesinos de María.”


Copyright©Mar de alas. Enero, 2015
Todos los derechos reservados