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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo III Crímenes y castigos: pervertir el género

Consigna de escritura ocho beta: Escribir un relato a partir de uno de los casos narrados por Enrique Sdrech en la entrevista inicial (el de la mujer atropellada por un tren luego de ser asaltada en un yuyal, el de los amantes baleados en Quilmes o el del hombre hallado muerto entre los hierros retorcidos de un auto). (Extensión: entre 1 ½ y 2 carillas).

 


El tiempo que pasa, la verdad que huye."

Edmond Lockard, jefe de policía en Lyon, Francia.

 


Era una noche tranquila. Apenas se escuchaba algún que otro auto cruzando la avenida. Esa noche Claudia había ido a buscar las pocas cosas que habían quedado en casa de su pareja. Habían acordado un horario, todo estaría listo para que ella llegara, agarrara su caja y se fuera. Pero Daniel tenía otros planes. No quería terminar la relación. No podía permitir que la mala situación con sus hijos arruinara su pareja.

 

Al llegar, Claudia se dio cuenta de que algo pasaba. La caja no estaba en el porche como habían arreglado. Un poco molesta y, tal vez, con un mal presentimiento que le oprimía el pecho, tocó timbre. Daniel abrió la puerta y la invitó a pasar. Un poco dubitativa, ella aceptó la invitación. Cuál no fue su sorpresa al encontrarse con la mesa, elegantemente dispuesta, lo cual presagiaba una cena romántica. Cenaron, hablaron mucho y decidieron darse una nueva oportunidad. Se sentía más tranquila. Sin embargo, el mal presentimiento no había desaparecido...

Después de cenar, salieron a dar una vuelta por la costanera de Quilmes, como lo habían hecho el día que se conocieron. Al volver, Claudia decidió quedarse a pasar la noche con Daniel.
Eran las tres de la mañana cuando el presentimiento se hizo más fuerte que nunca y Claudia se despertó. Le pareció ver que algo se movía en la habitación. Encendió el velador y lo vio. De pronto, la oscuridad se hizo tan absoluta que absorbió hasta los sonidos más imperceptibles. Cuando pudo reaccionar, Daniel ya no estaba más a su lado. La cama conyugal se  había convertido en una dura camilla de hospital, y se encontraba rodeada de gente extraña que sólo quería hacerle preguntas.
Le explicaron lo sucedido. Pero también le dieron a entender que hasta el momento era considerada sospechosa. Rompió en llanto. Y ya no quiso seguir hablando.
Dos días después, cuando ya se sentía mejor, se decidió a hablar con la policía. No sólo no era responsable de lo sucedido sino que sabía quién lo había hecho. Los oficiales llegaron acompañando al fiscal, quien se dispuso a tomarle declaración. Consternada aún por la terrible experiencia vivida, Claudia fue breve pero lapidaria: “Yo no lo maté, lo amaba. Esa misma noche nos habíamos reconciliado. El que entró a matarnos fue el hijo de él". El fiscal no lo podía creer, pero la seguridad y la firmeza en las palabras de esa mujer que había perdido a su pareja y que casi pierde la vida hicieron que se decidiera a seguir investigando...
La investigación siguió con el interrogatorio de varias personas que habían estado en el velatorio de Daniel. Varios de esos testigos aseguraron haber visto al hijo de Daniel, parado frente al cajón de su padre, moviendo los labios, despidiéndolo silenciosamente. Luego vieron que colocó una carta dentro del cajón. A nadie le resultó extraño. Era su padre y, tal vez, habían quedado muchas cosas por decir.
Había transcurrido más de un mes, y la investigación ya señalaba un culpable: el hijo de Daniel. Fue así que el juez decidió pedir la exhumación del cuerpo para buscar esa carta y dar por cerrado el caso, enviando al culpable a la cárcel.
Se llevó a cabo la exhumación y los peritos pudieron encontrar la carta. Pero debido al estado de descomposición del cuerpo, tuvieron que reconstruirla para poder leerla. Y lo que leyeron despejó toda duda posible: “Por fin me pude vengar, hijo de puta."

Copyright©Mar de alas. Enero, 2015
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