Trabajos de taller

Glosario de términos

Buscar

Seguinos en

  • Taller literario online La Argamasa en facebook

“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo VII Tiempo y narración

Estrategias temporales para contar una historia. Consigna diecisiete beta.Amplificar las dos historias (“Cuento de la dinastía T’ang y “El sueño de Chaung Tzu”, Chuang Tzu) y contarlas según la técnica temporal de la “alternancia” de modo  tal que cada una de las versiones del sueño de Chaung Tzu desarrolle una de las versiones del sueño Chaung Tzu. Extensión máxima: dos carillas.

 


EL SUEÑO DE CHAUNG TZU


De repente, en aquella tarde fresca, se sintió atraída por su propio cuerpo. Aferrada a una rama y  rodeada de soles y aromas, se vio a sí misma llamativamente inmóvil. Con esa bella inmovilidad que sólo pueden alcanzar los insectos. Hermosa pero inquietante, como toda mariposa. “Mis colores iridiscentes, azules, ocres, rojos…, son tornasolados e inigualables”, se dijo seduciéndose a sí misma embelesada por su figura.Desde lo alto en que se encontraba veía un enorme tronco caído, que rendido sobre la orilla del lago invitaba a sentarse en él. Cercano se encontraba uno de los  canteros que rebasaban de flores, de pensamientos aturdidos de colores,   enmarcando a tramos repetidos  casi todo ese espejo de agua; tan clara y serena  que parecía  robarle el color al cielo. De tal forma que todo el entorno lograba reflejarse en la superficie de ese lago,  conformando un cuadro donde la belleza desbordaba en calma.

 

Así estaba todo dispuesto cuando llegó. Buscando descansar, Chuang Tzu se sentó en ese  tronco todavía fresco y que aún olía a eucalipto.  Cubierto de escamas húmedas y  jóvenes se veía casi vivo. Con su cabeza gacha se puso a contemplar sus pies cansados. Pensó por un momento en quitarse los zapatos que olían a tierra para sentirse completamente  libre y caminar hasta la orilla del lago. Lograr quebrar la paz de su agua fresca sumergiendo sus pies calientes e hinchados, como si los deseara bañar en el mismo cielo que en él veía espejado.
Se lo notaba cansado desde lo alto. Nada mejor que un día de sol apacible, sin siquiera la presencia de una brisa, para mantenerse inmóvil y  poder observarlo todo. “Así somos las mariposas, que todo lo vemos”, se dijo. Cada tanto un suave aleteo no más, para no ser menos que las hojas del liquidámbar que tenía enfrente. Las que al verse casi quietas parecían  pintadas sobre el cielo  al pastel que le hacía de fondo.
Se recostó de a poco, dejando caer su espalda al compás de sus penas hasta apoyarla sobre ese tronco a modo de escamosa y perfumada cama. Sus ojos se fueron embriagando con la serenidad del paisaje. Los claros de luz que se entrometían entre las copas de los árboles le permitían observar cada tanto escasas nubes que, como pequeñas figuras de algodón,  intentaban jugar a esconderse. Eso le producía un efecto profundamente relajante. Todo estaba tranquilo menos los aromas, que iban y venían danzando al  compás del susurro lento que la brisa producía al atravesar las hojas. Empezó a sentir su cuerpo tan liviano como un sueño. Tan liviano que al comenzar a dormirse llegó a pensar que si una brisa más fuerte apareciera, se lo llevaría en andas. Tal como se llevaría la imagen de  esa mariposa a la que contemplaba. La  que sus párpados iban atesorando dentro de sus ojos que se iban cerrando. Lentamente,  Chuang Tzu se durmió. Y comenzó a soñar.
Esa brisa casi imperceptible bastó para arrastrarla varios metros y hacerla cambiar el rumbo de su vuelo. Así llegó a una flor. Una flor de ensueño. Y comenzó a libar su néctar. Embriagándose. Extendiendo el espiral de su trompa como si fuera su último deseo. Como si esa fuera  la primera y la última vez que lo probara.
El néctar se deslizó por su garganta que debió interrumpir el paso del aire, porque estaba boca arriba. Pero le supo a riquísimo néctar, relajándolo aún más. Haciéndole caer gozosamente sus brazos como dos alas,  a cada costado de su cuerpo. Ebrio de dulzor, soñaba que era una mariposa y empezó a revolotear sin parar.
Pero un camaleón  hambriento que rondaba le produjo miedo, pánico.  Entonces se quedó tiesa. Por unos segundos estática, aumentando así terriblemente su belleza. Hasta que por suerte observó como un abejorro disparó su larga lengua y  atrapó al camaleón. Desplegó entonces sus alas y se alejó. Hasta posarse sobre el fruto pomposo de un junco, a la orilla del lago. Y allí se dejó  mecer, hamacándose en su silencioso vaivén hasta quedar dormida. Con sus cuatro alas juntas, verticales, que  replegadas se hicieron sólo una al disponerse a descansar. Dando la impresión a los ojos que la veían que estaba soñando que no era ella. Que era alguien que estaba más allá, en el “afuera”.
Al pegarle un rayo de sol en la cara se  despertó. Y dudó si la realidad sería nada más que una ilusión. Sintió tener alas de libertad al recordar lo hermoso que es volar. Dudó si era Tzu que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu. Tras incorporarse se quitó los zapatos y comenzó a bordear el cantero de pensamientos, sin mirarlos. Tratando de no distraerse con ellos. Y de esa manera  los  fue dejando atrás.  Caminó despacio pero decididamente hacia el agua fresca, hasta hundir sus pies y sentir su frescor.  Tratando de comprobar que todo era real.
Con ojos de mariposa que todo lo ven a un tiempo,  se regocijó ahora sí  con el cantero de pensamientos y se preguntó si sería capaz de saltar las fronteras artificiales que él mismo se había creado; como un loco que intentara saltar su propia sombra. “Todo mi deseo es ser mariposa”, pensó. Comprobó entonces que la realidad, la entera realidad, no es más que una ilusión.
Agachándose se miró en el espejo del lago que lo escuchaba callado y se dijo para sí: “Yo soy Chaung Tzu porque soy Chaung Tzu para los demás”.
Mientras tanto, otra mariposa  tan bella como la anterior se paró sobre el tronco que él había dejado, en el que había soñado. La mariposa juntó sus alas y se dispuso a dormir. Al verla Chaung Tzu se preguntó: “¿Soñará? ... Tal vez…”, se respondió.
Clavando sus ojos en esa silenciosa belleza, que permanecía allí, tan afuera, se murmuró a modo de consuelo: “hay una simetría engañosa: puedo yo, Chaung Tzu, llegar a soñar que soy ella. Pero no podrá jamás ella soñar que es Chaung Tzu.”
Embelesado frente al mismo tronco perfumado se quedó quieto, sin hacer ningún movimiento para no despertarse.

Copyright©Mar. Enero, 2016
Todos los derechos reservados