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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

TIEL  Módulo VII  Tiempo y narración

Consigna catorce Reescribir el cuento “Hamacas voladoras” a partir de las expresión “sexto punto”, cambiando el punto de vista. El narrador debe estar en tercera persona y el focalizador puede ser el viejo o alguno de los personajes en las hamacas: la chica rubia, el hombre gordo, la vieja del sombrero.

 

 

EL ÚLTIMO DOMINGO


Algunos domingos tienen la característica de ser tan aburridos como desapacibles, es bueno buscar alguna diversión.En el amplio predio cercano a las vías del ferrocarril suelen instalarse circos y parques de diversiones ambulantes. Esos trotamundos despreocupados de los avatares cotidianos. Esta vez el parque era inmenso, varios días ocuparon para armarlo.  Habían pedido por radio local obreros para armar torres y vías. La paga era buena, valía la pena el esfuerzo. Una vez concluido el trabajo todo resultó bello a la vista. Hamacas voladoras, autitos chocadores, un trencito fantasmal hasta un gusano sobre rieles para los más pequeños, eran los juegos estrellas. La noche anterior a su apertura, las luces de diversos colores invitaban al espectador a regresar al día siguiente.

Tomó su sombrero de línea francesa para cubrirse. El sol brillaba en todo su esplendor, temía insolarse. Los gritos de alegría procedentes del parque de diversiones se entremezclaban con la música, la animaron a decidirse. Saldría a recorrer el parque, compraría una manzanita dulce. De pequeña las hamacas voladoras era su juego predilecto. A su criterio, el hombre de la boletería tenía una mirada oscura. Si fuera el encargado de manejar la máquina, no subiría. En cambio, el muchacho al que había entregado el boleto tenía buen semblante y era cortés. Una larga cicatriz cruzaba su rostro en forma extraña, se asemejaba al corte producido por un metal filoso.No éramos muchos en la fila, solo unos cuantos. Apenas comenzamos a girar, plegué y guardé el sombrero en el bolso. Un regalo muy apreciado, no debía perderlo. Las hamacas comenzaron a moverse lentamente. En pocos segundos giraban más de prisa. Gritos de alegría salieron de mis acompañantes. El viento golpeaba mi rostro, era una sensación agradable.
A poco tiempo de haber comenzado el movimiento de las hamacas se escuchó un gran ruido. Un ruido seco parecido al choque de metales. Las asientos saltaron por un instante, luego retomaron el movimiento. Pocos segundos más tarde, otro ruido más poderoso pero similar al anterior. Era tanta la algarabía en el parque que solo las personas en la fila de espera lo percibieron. La velocidad comenzó a ser más fuerte. El chico que tocaba los botones estaba desesperado. La máquina no respondía.
Mi corazón se aceleró. Me sujeté firmemente. Miré de costado hacia abajo, la gente se amontonaba. No pude comprender lo que sucedía. Al ver correr al chico de la cicatriz, me asusté. La velocidad aumentaba más y más. Mis manos estaban húmedas y se deslizaban por el caño de baranda. No podía secármelas, no quería soltarme. Veo como el señor gordo se agarra la cara horrorizado. Giran, giran cada vez más fuerte. Empiezo a gritar “Socorro” “Auxilio”. Lloré gritos. El asiento se movía para ambos lados. Recé para tranquilizarme pero no coordinaba los rezos. Cerré los ojos pero me mareaba aún más.

Una de las hamacas se había desprendido colgando de un solo lado. Si se traba en un tensor podría ser un golpe demasiado fuerte. Mientras tanto trataban de cortar la energía eléctrica del pueblo.Las manos cansadas por los años se iban debilitando. Su cuerpo delgado se soltaba del asiento para caer nuevamente en el. La máquina dio su último golpe antes de detenerse. Atónitos todos los presentes vieron un bulto cruzar el cielo.Tenía el vestido de la chica rubia. La señora del sombrero bonito se desvaneció, colgando  su cuerpo entre los barrotes de metal.

 

 

Copyright©Verónica Martinoli Vieyra. Enero, 2016

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