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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo III. Historias de familia
Consigna ocho alfa Construir el relato del paciente incluyendo en él algunos de los fragmentos originales que se describen.

 

“Me da vergüenza, tanta ignominia de escribir esto y me es muy difícil. La primera vez que corté pelo, eran los cabellos de mi hermana, en una edad entre 15 y 17 años; mi madre y hermanos sabían que yo lo había hecho.”

“De niño ya seguía las muchachas que tenían trenzas largas, las seguí por mucho tiempo en las calles siempre teniendo miedo de que me adivinasen por qué las estaba siguiendo”.

“En Berlín fui detenido por la primera vez después de haber cortado cabello a varias muchachas.”

“Fui detenido por segunda vez en Hamburgo.” 


 

El LOCO SÁNCHEZ

Pálido y abatido lo sentaron a la mesa al loco Sánchez en aquél salón blanco y desnudo. Al entrar el inspector Rodríguez, él no se movió. Su mirada seguía fijamente el trémulo movimiento de sus dedos inquietos.
– Vamos a ver, Sánchez, acá estoy. Me hiciste llamar. Espero que hables esta vez y no te hagas el mudito y sordo. ¿me entendiste? No pierdo tiempo otra vez – se dirigió al reo violentamente – ¡Hablá! – le gritó.
Casi temblando, Sánchez comenzó a llorar.
– ¡Ah no! ¡ahora te hacés el pobrecito, la mariquita Sánchez! – exclamó Rodríguez irónicamente – ¿Querés que te cuente qué piensan las chicas de vos desde el más allá, desgraciado. ¡Hablá! – dando un fuerte puñetazo sobre la mesa. Estaban frente a frente. Cara a cara.
Sigue el silencio y Rodríguez sabe que hay que presionar pero con estos locos mejor es ir despacio. Se prende un pucho y se acomoda en la silla como quién espera un amigo en un bar. Hace tiempo. Esas pausas que pasan sin prisa para que el reo hable.
–Bueno…yo – comenzó a decir el loco Sánchez sin levantar la cabeza. Mirada fija en sus manos –Yo le quiero decir que prefiero los cabellos largos y rubios, no me atrae ninguna otra parte del cuerpo de las minas. Pero a veces es difícil cortarles el pelo si no están quietas. Fue por eso, por eso, por eso – repetía casi en un murmullo íntimo. Lloraba.
–Vamos, Sánchez. No me estás diciendo nada – le dijo con vos calma – ¿querés un vaso de agua?, te traigo – se acercó al dispenser y le sirvió un poco de agua fría.
Mirá, Sánchez, yo te voy a contar lo que me parece – le dijo el inspector, mientras caminaba de esquina a esquina por el salón – Lo que pasó es que si la minas se quedaba quietas, vos les cortabas el pelo y listo pero como ninguna se te quedó así, las mataste. ¿no es cierto, Sánchez?– le dijo mirándolo fijo – ¿querés que te diga cómo? ¿O te acordás desgraciado hijo de p…–
yo… yo me acuerdo – afirmó Sánchez en vos muy baja – Con el pelo que les corto, me voy a la cama y beso y beso los lindos cabellos; los aprieto a mi cara y a mis  narices. Acostándome los tengo sobre la almohada y los beso – Sánchez recuerda. Se acuerda muy bien.
El loco Sánchez no se olvida de esas noches eternas en soledad en su casa de Villa Crespo. De las mañanas felices, cuando llegaba Coca, su madre, casi a la salida del sol.
– Che, Miguelito, tomáte la leche que te vas al colegio – le decía Coca mientras se cambiaba.
– Mami hizo plata anoche ¿sabés? –afirmaba lo más entera posible –Tomá, comprate un helado a la vuelta del cole – balbuceaba medio dormida – abrigate nene que está fresco – terminaba diciendo mientras se tiraba en la cama. Recién entonces Miguelito cerraba la puerta y comenzaba el día.
A la vuelta del colegio ya mamá estaba bien. Lo esperaba con un café con leche y pan. Tomaban mate y comían bizcochitos de grasa. Cuando se venía la tarde, empezaba a cocinar para la cena y lo mandaba a bañarse.
Comían bien, rico. Se ponía el pijama y mamá empezaba a cambiarse. Pollera negra corta, remera roja apretada. Tacos altos. Peluca castaña y mucho lápiz de labios.
– Che, Miguelito – preguntaba siempre – ¿querés peinarla a mami?–
Es que peinar a Mamá era increíble. Su pelo largo y rubio le llegaba casi a la cintura. Olía bien. Siempre olía bien y estaba muy suave. Sus manos lo acariciaban una y otra vez mientras pasaba el cepillo hasta que Coca decía basta. Se hacía una trenza y una especie de rodete para ponerse la peluca. Cada tanto, se cortaba un poco el pelo con unas tijeras que tenía en el cajón de la cómoda. Apurada, ahí dejaba el mechón rubio, se daban un beso y partía.
Pues entonces Miguelito alzaba el premio mayor. Tomaba ese mechón de pelo y se lo llevaba a la caja con los demás. Antes de acostarse elegía uno para dormir. Ya en la cama besaba esos lindos cabellos; los apretaba a sus mejillas. Nada más lindo que ese perfume. Era como dormirse con mamá. Porque a veces Coca no trabajaba y se quedaba con su hijo en casa. Se dormían juntos. Muy juntos y apretados. Miguelito le tocaba el pelo como quien se arrulla con una canción de cuna.
Pero un día Coca no volvió. Eran la hora para irse al colegio y Coca no llegaba. Miguelito esperaba listo. Se había hecho solo el café con leche y había comido su pan con dulce.
Pasaron horas y no se movió de la silla de la cocina. De pronto tocaron el timbre. Dos agentes de la Policía Federal llegaron con una asistente social. Consuelo. Poca explicación y nada más.
No pudo buscar su caja de mechones. Sólo le dejaron llevar algo de ropa en la mochila y los mocos colgando de llorar.
Volvé, Sánchez – gritó el inspector – volvé que no tenemos todo el día, che –afirmó severamente.
Pero Miguel seguía recordando. Todo estaba en su cabeza. ¡qué difícil que salga! No habla. Se acordó de la primera mujer que mató. Era porque quería un mechón de su trenza rubia pero la mujer salió corriendo. La alcanzó y entonces le tapó la boca con su campera. Cuando estaba quietita, se llevó el trofeo.
Y así fue juntando en una caja como diez mechones. Con ellos dormía y recordaba tanto a Coca. Sólo así podía ser feliz. No tenían el mismo perfume pero eran ricos. Siempre eran suaves como los de su mamá.
Rodríguez ya estaba harto. Salió de la celda y le dijo a su compañero – mirá, hermano, éste tipo está re chapa. Que venga un perito psiquiatra y lo mandamos al Borda derecho – le dijo mientras completaba unos formularios.
Ya tenían testigos, sus huellas en los cuerpos y con eso bastaba. Las siete mujeres eran rubias y vivían por Villa Crespo. Salían de noche; presa fácil. Todas muertas por asfixia. Siempre rastros de pelo cerca del cuerpo, como si cortaran varios mechones y se eligiera alguno. Había sido el loco Sánchez, no había dudas. Lo detuvieron en su casa, no se resistió. Su jefe había visto un identikit que circulaba por la televisión. Trabajaba de sereno en un estacionamiento a dos cuadras.
Ya le habían asignado un abogado, pero nunca habló. Las pericias psiquiátricas diagnosticaron trastorno grave de personalidad. No era suficiente para internarlo en el Borda. Rodríguez quería saber. Detalles. Causas. Pero nada. Nunca habló.
Triste final pero el tipo mató siete mujeres. Como dijo Rodríguez – Mandálo al borde, García, escribí lo que quieras en tu informe pero aseguráte bien que se vaya al loquero – Es un desgraciado, loco hijo de p...
El loco Sánchez pasaría el resto de sus días en el Borda.

Copyright©Elena Gil. Marzo, 2015
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