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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL)  Módulo II Relatos del yo. Ficción, realidad y cajas chinas

Consigna de escritura dieciséis: a) Usted es Emilio Renzi y le envía una carta a Bartolomé Marconi en la que critica la actitud que tuvo con respecto a las cartas de la mujer fea. Renzi, como buen intelectual, enmarca su comentario en un tema más amplio: la relación vida/literatura.b) Como en un juego de cajas chinas, incluir este relato dentro de un relato que explique la necesidad de la publicación de la mencionada carta. (Extensión máxima 3 carillas).

 


Y en casa lo que sobran son libros. Me jacto de contar con una vasta biblioteca que cuenta con aportes míos, de mi padre y hasta del abuelo Emilio. Empecé a buscar y elegí “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, de Marshall Berman. Al abrirlo, un papel amarillento y ajado por el tiempo, cayó al suelo. Mi curiosidad (o más bien la sangre Renzi, como digo siempre) pudo más y lo leí. Fue grata mi sorpresa al descubrir la letra firme y apretada de mi abuelo. Dejé el libro a un costado y me dispuse a leer la carta. Estaba destinada a un tal Bartolomé Marconi.

Marconi, me sonaba conocido ese nombre, creo haber escuchado al abuelo nombrarlo. Marconi, Tardewski, el tío Marcelo, siempre hablaba de ellos, de las digresiones, de las charlas filosóficas que tenían. Empecé a leer la carta, esperando encontrar alguna reflexión antológica de mi abuelo. Pero no, su contenido me asombró. Marconi era el destinatario y el tono de la misiva no era muy cordial, más bien parecía una crítica a algo expresado por ese tal Marconi. Y decía lo siguiente:



Estimado amigo Marconi:
Gracias por su cálida bienvenida. Me gustó conocerlo. Disfruté mucho de nuestra charla. Me hubiese gustado seguir debatiendo sobre literatura con usted, pero las circunstancias no lo hicieron propicio.
Terminé esa noche enfrascado en una discusión filosófica con Tardewski. ¡Qué personaje! Las horas se esfumaron como arena entre los dedos. Esperamos a tío Marcelo, pero nunca llegó. Y nunca volví a tener noticias de él. Pero sí de Tardewski, con quien intercambiamos correspondencia frecuentemente. Ese polaco parece estar un poco chiflado pero es un buen tipo.
Sin embargo, esa noche, entre discusiones filosóficas y anécdotas, me enteré de su “anécdota” con la mujer de las cartas. Y quedé bastante sorprendido, para mal, porque usted también me había resultado un buen tipo. Pero después de conocer su reacción y su respuesta ante las cartas de esa “espantosa mujer” (según sus palabras), se me cayó el ídolo. ¿Cómo fue capaz de menospreciar así a una mujer? Decepcionante, realmente. Tardewski me contó, que usted, Marconi, encontraba esas cartas excepcionales. Escritas en un exquisito español quevediano. ¿Eso, me pregunto yo, le causó envidia? Pregunto, porque exceptuando ese soneto que soñó y nos recitó a Tardewski y a mí, tengo entendido que no ha escrito, al momento, nada excepcional. También me contó Tardewski que a usted, Marconi, le daba la impresión de que esas cartas habían sido escritas por “un talento absolutamente fuera de lo común”. ¿Qué le pasó, Marconi? Al comparar esas cartas con lo escrito por usted, ¿se sintió paralizado? Siendo así, debo suponer que su reacción surgió de la más mundana envidia… Usted, Marconi, un escritor, ¿sintió envidia de una mujer que trataba de expresar una vida inexistente a través de las palabras?¿Qué es lo que lo asustó? ¿Lo asustó tal vez el hecho de que a pesar de tener una vida monótona, esa mujer tenía un intelecto superior al suyo que le permitía inventar historias? ¿Qué le molestó, Marconi? ¿Qué esa fea mujer escribiera con una perfección que usted no tenía? ¿Fue eso suficiente como para alentarla a renunciar a lo que la hacía sentir viva? ¿Con qué derecho, Marconi? ¿Con qué derecho?
Tardewski me dijo cómo reaccionó usted al verla. Que usted le dijo, a Tardewski, él me contó, que la mujer era increíblemente fea. Tenía una fealdad casi perversa, me dijo Tardewski que usted le contó. Y seguramente a eso se debió su reacción. Tenía la excusa perfecta para hacerla desistir de su deseo de ser escritora. Sí, ya sé, me contó Tardewski que usted le dijo que ella misma pensaba que un escritor no puede construir su obra si no es a partir de su vida. En eso, coincido con usted y con ella. Pero la vida no pasa sólo por lo exterior, las experiencias, las situaciones que vivimos, nuestros sueños, también forman parte de la vida. Entonces, ¿cómo separar la vida de la literatura? ¿O la literatura de la vida? Tal vez, esa vida que ella consideraba inexistente podía encontrarla en la literatura. Nunca lo sabremos, porque usted la aniquiló antes de llegar a ser. Ella, la mujer abominablemente fea, sólo necesitaba su aprobación y consejo para que la belleza de la literatura comenzara a transformarla. Usted se lo negó. Muy mal, Marconi, muy mal... Fue usted, Marconi, muy violento con ella.
Me despido de usted, Marconi, con una cita de Ricardo Piglia: “La crítica es la forma moderna de la autobiografía. Uno escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas. ¿No es la inversa del Quijote? El crítico es aquel que encuentra su vida en el interior de los textos que lee.” Esa mujer estaba empezando a encontrar su vida, la de ella, a través de sus palabras, las de ella. Y usted se lo negó. Debería sentirse avergonzado por haber sido tan violento con ella.
Atentamente,
Emilio Renzi

Demás está decir que el libro pasó a un segundo plano. Me obsesioné con la carta. Sentí la imperiosa necesidad de hacerla pública. De dar a conocer esta forma de violencia, simbólica, pero violencia al fin. Y nuevamente pensé en el interrogante que se había instalado en mi cabeza temprano esa mañana, “¿Por qué?”. Ahora había encontrado un indicio que me acercaba más a la respuesta: las palabras tienen poder, el poder de sanar y el poder de herir, de hacernos libres o de esclavizarnos y, a veces, hieren más que los golpes. Estoy segura de que esa mujer “fea” por fuera, al escuchar las palabras de Marconi, recibió el golpe más duro que alguien pudiera asestarle…
Seguramente ya murió, murió en cuerpo, porque en alma, había muerto “asesinada” por Marconi hace mucho tiempo…
or eso, hoy decidí llevarle una flor “virtual” a su tumba, publicando la carta de mi abuelo Emilio en mi “blog”.


Copyright©Mar de Alas. Diciembre, 2015
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