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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo V Oralidad y escritura

Consigna doce beta Seguir los siguientes pasos y elaborar un relato tal como se indica en el punto “d”.


a. Seleccionar uno de estos personajes:-un compadrito de principios de siglo,-una señora burguesa perteneciente a la alta sociedad,-un inmigrante de origen europeo, latinoamericano u oriental,-un nuevo rico con escasa cultura, -un villero,-un delincuente perteneciente a las clases populares,- un carnicero,-un adolescente perteneciente a alguna “tribu” urbana,-cualquier personaje cuya voz sea la vía de entrada a una determinada clase social,   partido político o subcultura.

 

b. Construir su perfil a través de la elaboración de una ficha donde figuren todos sus datos personales, como así también costumbres, gustos, características.


c. Convertir a este personaje en el narrador de una historia, cuyo origen puede ser alguna anécdota, un texto literario, una película, una noticia, e insertarlo en una situación comunicativa en la cual sea verosímil su discurso.


d. Con todo lo anterior, escribir un relato que tenga una extensión de 2 ½ carillas.

 

 

A “EL AVERNO”  SE VA EN PAREJA

 

Fue en una tarde de domingo, allá por los años 90, cuando  ocurrió esta historia. Te la voy a contar de manera simplemente declarativa, y vos sacarás tus propias conclusiones. En un pueblo pequeño, llamado Picón, yo tenía radicada mi oficina.  En su puerta se anunciaba: “Juez de paz. Celso Justiniano Franco”. Enfrente, distante a una cuadra, estaba la Comisaría. A cargo de Don Inocencio Honorato del Lauro, un hombre mayor y también a punto de jubilarse como yo. Los domingos ambos nos despojábamos de nuestras investiduras para asistir a la misa vespertina, como dos cristianos más. Él abandonaba el uniforme y se vestía religiosamente, en el más amplio sentido del término. Por unas horas pasaba a llamarse Don Inocencio a secas, en el ámbito de la Capilla en la que se celebraba la misa y sus alrededores. De la misma forma yo me convertía en Don Celso y ambos nos vestíamos formalmente de riguroso traje gris. Siendo dos personajes conspicuos, debíamos brindar la imagen de buenos hijos de Dios, hábito que incluía  la obligación de comulgar. Para  que nadie pensara que en el transcurso de la semana hubiéramos caído en la tentación de haber cometido un acto al margen de los Santos Mandamientos. Recibir la hostia era la mejor manera de constatar nuestra cristalina forma de vivir. Yo iba solo, a la par de mi impoluta esposa,  Cándida Ventura. Pero  él  parecía verse  siempre abrazado  por la  perfumada ausencia  de “su”  inolvidable Rosita, ya  fallecida. Hasta llegué a pensar que en memoria de ella,  lucía los domingos el pelo más corto y engominado que de costumbre. Terminada la misa me despedía de mi  mujer, con un simple y programado beso, luego cumplía con los saludos de rigor en el atrio. Mientras, Don Inocencio hacía lo propio con sus ojos vivarachos y gafas de montura al aire. Era entonces cuando comenzaba la más esperada ceremonia. Él, con  su cara tan resuelta como regordeta, se dirigía  “religiosamente, como yo y otros vecinos,  hacia otro sitio también sagrado: el histórico boliche. Ese antro en el que un desconocido puso en su frente el nombre de  “El Averno” (El Infierno), y que ubicado frente a la Capilla era aún más antiguo que esta, que databa de fines del siglo XVIII. Según las voces del lugar, decían en broma,  los Jesuitas fundaron primero el bar para controlar desde allí la “sobria” construcción del santuario. A ese lugar íbamos buscando una divina copita dominical, a modo de bajativo de la hostia consumida. En mi caso particular era una larga serie de copitas.  Mi esposa supo comunicar a la comunidad más de una vez, y con gran altura, mis niveles de alcohol en sangre como   “descompensaciones normales para mi edad”. Recuerdo que fue en esas ocasiones cuando más la quise.

Aquella tarde, entré al bar un rato después de él, de modo deliberadamente cansino.  Don Inocencio, intentaba ocultarse de mí infantilmente, enarcando una ceja que simulaba una visera, detrás del vaso de ginebra que sostenía.  Cuando al fin recalé  en su mesa, no tuvo más remedio que saludarme, mientras yo  acomodaba los manubrios de mi bigote con una mano y con la otra apoyaba en la mesa un libro que llevaba, intitulado “Al infierno se va en pareja”.

¡¿Cómo dice que le va a mi estimado don Celso?! Fue su saludo. Aunque seguramente pensó “justo ahora me viene a romper las pelotas”, a sabiendas de qué asunto íbamos a hablar.

¡Mi comisaaaario! ¡Qué bien se lo ve! respondí falsamente.

¿Qué lo trae por acá?  me preguntó con la copa de ginebra en la mano,  intentado relojear  la tapa  del libro, revoleando sus  ojitos ya  rosados y saltones

Y usted… ¿qué anda haciendo? contesté a modo de pregunta, como si no supiera que estaba por chuparse otros 45 ml de alcohol en un sorbo.

Y…acá andamos  acotó. En un divague que parecía concertado. Esperando, seguramente como yo, que el otro hablara primero de un tema sobre el cual  ambos  debíamos discutir,  y del que  nada deseábamos escuchar. A pesar de estar al tanto de todo.

Luego de un extenso diálogo de sordos decidí darle un corte y lo encaré:

No sé si le comentó su ayudante… Casimiro Lobueno, el cabo. Le dije. Al tiempo que le señalé al mozo la copa que estaba en la mesa, en clara señal de pedirle otra igual, aprovechando de que no iba a ser yo el que iba a pagar le advertí— : Don Inocencio,  llegó a mi despacho una denuncia… No son boludeces… ¿vio? Y para colmo, la firman personajes relevantes del pueblo, algunos pesados… ¿Me entiende? Es por el  “telo”, el “Ven a mí”. A estos tipos, los dueños del albergue, se les fue la mano. Sabemos que lo que hacen con esas pibas es más viejo que el mundo pero…, acá estamos hablando de trata de personas. ¡No es joda! A la “Polaca”, por ejemplo, la tienen encanutada, y  usted y yo lo sabemos. Son buenos muchachos... y colaboran. Pero…

El comisario, luego de retorcer el rostro al paso de la ginebra por su garganta, me dijo:

Bueno, hay formas… Siempre hay salidas. No olvide que cubren una función social.

Este flor de turro conocía a la mina de las “patas largas”. Una que me había vuelto loco a mí, un tiempo atrás. Me había revuelto los sesos esa guacha, y ese dato lo tenía en la manga para extorsionarme cada vez que le hacía falta. Si mi querida mujer se enteraba, yo era hombre muerto.

Mire, don Inocencio  le deslicé a modo de propuestase me ocurre lo siguiente. Yo tengo que teatralizar un poco. ¿Vio? Dado que, con todo respeto, yo le pregunto: ¿quién alguna vez no visitó un hotel? ¡Usted y yo no salimos de un repollo precisamente! Hagamos una cosa: redacto la orden de allanamiento correspondiente, pero antes me prepara el lugar. No le voy a enseñar cómo, ¡justamente a usted! Le sugiero que dejen a dos o tres chicas, las más grandecitas, bien arregladitas, para cuando llegue el momento de la inspección. Con guardapolvito blanco, fingiendo ser terapeutas, masajistas, o algo parecido.  ¡Usted me entiende! Labramos un acta en la que dejamos constancia de problemitas de falta de higiene, alguna  que otra boludez… como un inodoro tapado, una mochila de baño que no funciona, olores… Así, a la gente que hace la denuncia la conformamos. Ve que trabajamos. Faja de clausura por cinco días… ¡y listo! Si lo cerráramos definitivamente, ¿volvemos a usar los yuyales a manera de colchones, como los indios?  A propósito, Don Inocencio. Cuando termine de leer este libro, se lo voy a prestar. Si bien está dirigido a la relación de pareja, en el fondo trata inteligentemente sobre la hipocresía. Al  leerlo se llega a comprender que es mejor compartir con otro el infierno que estar solitario en el cielo…  Es más, le voy a confesar algo que decía mi padre, que en paz descanse. Que como usted sabe, también fue juez y  me dejó esto grabado para siempre: “Ser malo es muy fácil, ser bueno es relativamente fácil. Lo  difícil es ser justo,  y  es a veces casi imposible.” ¡¿Qué le parece?!

Nuestras copas se aproximaron en un brindis pudoroso, sin llegar a tocarse.  Con una  asepsia recíproca. Luego me retiré subrepticiamente de “El Averno”, creyendo dejar  allí  un sinfín de demonios encerrados…

 



Copyright©Mar. Diciembre, 2015

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