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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo IV La literatura y los géneros discursivos de uso cotidianos

Consigna nueve Escribir una receta, un reglamento o unas instrucciones con uno de los siguientes objetivos: “conseguir  amigos influyentes”, “sobrevivir en la Argentina actual”, “ser una chica  ‘fashion`”, “no morir a la hora señalada”, “volver a un estado amniótico”. Se puede elegir también un objetivo no mencionado aquí. Extensión máxima: una carilla.

 


MANUAL PARA NO MORIR A LA HORA SEÑALADA

 
No es común encontrarse con quienes dicen saber cuándo exactamente dejarán de existir. Pero ese importante momento parece estar determinado. Así lo sostiene mi tía Anita, para quien la vida se le transformó   en   una cuenta regresiva desde que alguien se lo dijo. Fue una pitonisa, una vidente,  quien le reveló el dato que luego ella  confirmó con su carta astral. Terminándose finalmente de convencer  analizando los cálculos del matemático francés Abraham de Moivre, quien predijo su día final con total exactitud. Nada cambió en ella, ¡solterona empedernida, para quien  esperanzas  y  utopías eran lo mismo! Fue entonces cuando elaboró  una especie de guía  que ella tituló: “Instrucciones básicas para no morir a la hora señalada”, que nos hizo  leer a todos sus conocidos. Trataba allí una serie de costumbres, de comportamientos, de precauciones a tomar, con el fin de poder  alargar el final de nuestra determinada  existencia. Sobresalían en ella  dos presupuestos básicos: uno era  tener a mano  un médico de confianza y otro,  no buscar enemigos (personas o maneras  de vivir) de tal magnitud que al ponernos en riesgo, hicieran  que todo cálculo careciera de sentido.  De allí en más, todo dependería de nosotros,  del alerta en el que nos mantendríamos. Anunciaba,   como hipótesis fundamental,  que uno nace en concreto recién cuando  quienes presencian su  parto lo sienten  respirar.  Su teoría  encontró allí su esencia: de ahí en más, lo elemental   para no morir es no olvidarse de respirar.  ¡Parece una obviedad! Pero lo vemos a diario. Personajes destacados en todos los ámbitos utilizan disimuladamente artilugios para acordarse permanentemente de no interrumpir esa imperiosa e indelegable tarea. También mencionaba en ese instructivo que no veía  aconsejable   dejar escapar expresiones tales como ¡me dejás sin aliento!, o ¡que me quede sin aire si me dejás! y similares. Dado que, en caso de ser tomadas en serio y romperse el vínculo que las generó, podrían tornarse sumamente peligrosas, sostenía ella. ¡Ni qué hablar de “me muero si te pierdo”!, frase convertida en una verdadera ruleta rusa de los presagios.

Mi  tía  Anita, deslizaba  entre sus  consejos, con  algo de sabiduría, que  para no morir antes de la hora señalada era  condición necesaria y suficiente  no estar presente en el lugar del hecho. Tratar de llegar tarde, demorarse. O  dirigirse hacia allí pero en sentido opuesto.               

Si bien en el manual había tramos en los  que abundaban las trivialidades sin sustento, casi llegando al final uno encontraba un consejo, vital al extremo, que ella   resaltó en forma contundente. Era la indispensable necesidad de sentirnos libres  al reír. Pero, ¡ojo!,  toda liberación, aclaraba ella, debe tener sus límites. No sea cosa que sin buscarlo terminemos  muriéndonos  ebrios de risa, en la creencia de  que ésta  carece de medida. No obstante, mi tía hacía una salvedad: acumular risas en la vida hasta el cansancio, era la única razón que justificaba dejar de lado las instrucciones de su estudiado manual. Aun corriendo así el riesgo   de anticiparnos fatalmente a la hora señalada. Morirnos de risa es una de las formas   de suavizar nuestro  reposo. Pensándolo bien…, no es una mala opción y hasta quizás nos lleguen a echar de menos.



Copyright©mar. Noviembre, 2015

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