Trabajos de taller

Glosario de términos

Buscar

Seguinos en

  • Taller literario online La Argamasa en facebook

“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo  III Crímenes y castigos: pervertir el género

Consigna ocho: Optar por una de las dos consignas (“alfa” o “beta”) que se proponen a continuación. (Extensión máxima: entre 1 ½  y 2 carillas).


Ocho alfa

En la década de 1910, fue detenido R.S., un ingeniero alemán, soltero, de 29 años,, por haber cortado un mechón de pelo a una adolescente, G.M., con unas tijeras durante un viaje en tranvía.

Luego de reconocer que había cortado el cabello para satisfacer su deseo sexual, fue enviado a la Sala de Observación de Alienados donde entabló un buen vínculo con un médico que le pidió que pusiera por escrito lo que el mismo R.S. llamaba su “enfermedad”. 

 

Construir el relato del paciente incluyendo en él algunos de los fragmentos originales que se transcriben a continuación:

“De niño ya seguía las muchachas que tenían trenzas largas, las seguí por mucho tiempo en las calles siempre teniendo miedo de que me adivinasen por qué las estaba siguiendo”. “En Berlín fui detenido por la primera vez después de haber cortado cabello a varias muchachas.” “Fui detenido por segunda vez en Hamburgo.” “Prefiero los cabellos largos y rubios, no siento atracción por ninguna otra parte del cuerpo femenino.”.

 

 

Consigna ocho beta


DE HÉROES Y QUIMERAS


“De niño ya seguía las muchachas que tenían trenzas largas, las seguí por mucho tiempo en las calles siempre con miedo de que adivinasen por qué las estaba siguiendo”.

Ralph hizo una breve pausa y luego agregó: “Prefiero los cabellos largos y rubios, no siento atracción por ninguna otra parte del cuerpo femenino”…

Luego miró a través de las rejas de la diminuta ventana del cuarto, entrecerró sus ojos y arremetió entonces con el doloroso ejercicio de volver…

“Siendo pequeño, gustaba de escuchar a mi madre leer en voz alta los antiguos mitos griegos. En aquellas noches frías, a la luz de las velas, las historias de dioses y héroes y la suave cadencia de las palabras acunaban mis inquietos pensamientos.

No miento cuando digo que no he logrado aún igualar las sensaciones que aquel dulce y sencillo pasatiempo me brindaba. Las historias en sí mismas disparaban los latidos de mi corazón en un galope desbocado, y la imagen de esa mujer sentada en el asiento hamaca, tan bella en su camisa de noche,  con su cabello tan largo y tan rubio que caía en forma desordenada, se me antojaban  placeres divinos por excelencia. Y así, mientras ella leía y releía quimeras, yo tomaba en mis manos su áurea melena y tejía y destejía como un poseso, trenzas tersas que parecían de oro puro.

Fue por ese entonces que comencé a sospechar de la existencia de algo oscuro y terrible.  “Eso” que ni yo mismo podía definir, ese “algo” germinaba en mí desde el exacto instante de mi nacimiento”.

“Pasó el tiempo. Era yo un adolescente de quince años cuando mi madre contrajo neumonía y murió. Fue algo repentino y fulminante, en extremo dramático”… “Y fueron esos momentos previos a su partida, mientras yo caminaba como un loco por toda la casa, subía y bajaba las escaleras, gritaba como desaforado que quería verla, cuando el médico me llamó y todo cambió. Irrumpí en su habitación y la vi…

Ella, luego de mirarme con esa adoración desbordante que yo tan bien conocía, se dirigió a mí para despedirse y dijo “No te olvides, amor, que eres un héroe, Mi Héroe”…

“La verdad es que nunca pude recuperarme de su muerte…como tampoco de esas palabras”… “De ahí en más, empecé a deambular por las calles en estado de alucinación mientras recordaba esa frase con una creciente sensación de infierno devorándome las entrañas. Los ruidos manifiestos se extinguían y yo sentía que ingresaba a un túnel oscuro, profundo, sin salida. Era una galería extraña y sinuosa que me conducía a todos lados y al mismo tiempo a ninguno. Pero yo sabía que al final de ese laberinto, dondequiera que fuera, se encontraba esa mujer con corona de oro y voz de sirena… esperándome. Y era en esos momentos de afiebrado arrebato, cuando mi mente se evadía… cuando mis sentidos perdían sentido de orientación… cuando “sus” cabelleras venían a mi rescate. Sí… eran esas trenzas blondas y las mujeres que las lucían, mi objeto de deseo… el único rumbo que pudiera yo seguir”.  “En Berlín fui detenido por la primera vez después de haber cortado cabello a varias muchachas… Fui detenido por segunda vez en Hamburgo”… 

“En verdad, las situaciones de arresto eran  lo único que me devolvían al mundo real, y los momentos en que  la incoherencia y la locura de mis actos se revelaban desnudas frente a mis ojos ¿Qué hacía yo con esas tijeras? ¿Qué significaban esos rizos guardados tan cerca de mi corazón? Incapaz de dar una explicación racional a los oficiales de aquellos hechos, era yo un púber y la razón de mis actos era imputada a una tendencia natural hacia la rebeldía. Así, luego de haber sido tildado de revoltoso y agitador, fui puesto en libertad”.

“Sin embargo, yo percibía que la oscuridad que alguna vez había presentido, finalmente me había invadido por completo. No era yo un héroe, como mi madre me había llamado. Era un monstruo y por más esfuerzo que hiciera para negarlo, ahí estaba. Y ese monstruo  asaltaba inocentes doncellas y su único fin  era el de apropiarse de sus rubios mechones para tejer una trenza interminable, una cuerda ígnea que pudiera por fin conducirme a través de ese túnel zigzagueante y retorcido, de esas tortuosas curvas que mi mente construía diariamente y de las cuales era prisionero, hacia la liberación, hacia la realidad”.

“Asediado por el ansia de obtener más materia para mi rubio cordel, viajé por toda Europa y aceché en cada oscuro callejón, me escondí como el engendro que soy y seguí mi retorcida labor de entrelazar doradas hebras y deseos sombríos… hasta que llegué a América. Y aquí estoy”. 

“Sé que he recorrido un camino largo y tortuoso, lleno de artimañas y he devorado junto al cabello que he arrebatado, la misma sustancia de todas aquellas a las que dañé. Mis deseos pasionales respondieron a una pulsión antinatural y me  equivoqué cuando me adueñé injustamente de lo puro mientras perseguía un fin demencial... Quise ser “su” héroe y elevarme desde mi realidad de bestia. Quise alcanzar lo divino y lo casto al pretender gozar del objeto de deseo de mi propia y perversa fantasía”.

“Y he caído en la conciencia de las cosas, doctor. Tarde… lo sé… nada me excusa. Puede tomar nota de eso también si lo desea”…

“Pero esa joven del tranvía, doctor, se lo seguro, fue el último tramo de mi trenza y Ud. quien por fin me ha encontrado a su término; quien puede matar  al animal que hay en mí y hacerme desandar los lóbregos recodos de mi entendimiento…

Por eso se lo agradezco acá… sentado… frente a Ud... en esta fascinante Sala de Alienados”.

Y luego murmuró en forma apenas audible y solo para sí:“Y sé que Ariadna, mi madre, también le estaría agradecida”…

 


Copyright©J. M.  Noviembre, 2015

Todos los derechos reservados