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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento, técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo V El cuento, su estructura 

Consigna C 3: Escribir un relato que comience con la siguiente frase: “Cuando se acercó, se dio cuenta de que los perros estaban junto al cadáver”, Dé predominio a los acontecimientos y que el comienzo sea el final de la historia (analepsia).


Cuando se acercó, se dio cuenta de que los perros estaban junto al cadáver. Se abrió paso entre ellos, se miró por última vez en el reflejo de sus pupilas y le cerró los ojos. Su padre había vislumbrado durante toda su existencia un final abrupto, se consoló con la idea de que al menos habría estado satisfecho al recibir el disparo.

No lo había visto desde que decidió irse una tarde de primavera. Ella ayudaba a su madre en el jardín replantando parte de la huerta quemada por el frío. Escucharon sus pasos y el portón cerrarse. Eso fue todo. No se llevó nada, se fue con lo puesto. No hubo explicaciones, ni llantos acompañando su partida. Su madre solo achinó un poco los ojos, gesto que hacía cuando analizaba una situación. Luego, retomó su tarea. Por la noche esperó en vano que volviera. Sus fantasías de niña estarían plagadas de esperanzas. En los sueños inventaría felicitaciones a sus logros y suspiraría su ausencia para que su madre no se diera cuenta de que la casa se había vuelto tan silenciosa que hasta el sonido de una lágrima podría resultar aturdidor.  

Creció sin prisa, sin poder evitar buscar en el horizonte una sombra de contornos perfectamente definidos. Evitando que se le escapara su nombre en las conversaciones familiares. Ayudando en las tareas que él debía haber realizado. Tomando su lugar. Así fue como se convirtió en una mujer de rasgos duros y de palabras desnudas. No profundizaba en las relaciones, se mantenía al margen de las muestras de cariño. En el único momento que tambaleaban sus emociones era cuando encontraba a su madre desprevenida hablando con la única foto que conservaba de su padre sin ocultar en un rincón de la estantería. Tenía que contener la furia, los gritos que se le caían por la comisura de la boca, la ira que encubría detrás del semblante de arena que se había fabricado. Así fue como la luz que entraba por la ventana se fue ocultando para ella y comenzó a caminar en la fina línea de la oscuridad para llegar hasta él.  

Esa mañana al salir no tuvo dudas. Se paró a unos metros del hombre que durante un tiempo fue su padre y disparó. Sintió la fuerza de la pólvora surcando el aire. La carne desprendiéndose de la piel a causa del choque de la bala. El sonido del cuerpo cayendo rígido en la calle. El sabor de la amargura invadiendo sus encías. Los perros corriendo hacia su presa. El sol acariciando su sonrisa.

 

Consigna C 4: Escriba un relato que presente un conflicto

  Personaje contra el destino

 

Recién cuando se sentó en el avión se dio cuenta de que le temblaban las piernas. Se abrochó rápidamente el cinturón de seguridad. La ansiedad se le colaba por los huesos hasta hacerle doler el cuerpo. Apoyó el libro en su regazo.

Por la ventanilla contempló su ciudad mientras ascendían. Era una localidad cuyas calles eran demasiado silenciosas. Al menos de eso se quejaba ella cuando vivían juntos. Tenía la convicción de que la vida debía de ser ruidosa, con carcajadas y música en los buenos días y con llantos o gritos disonantes en los menos piadosos. Tenía por costumbre despertarlo susurrándole canciones que inventaba según el humor con que se levantaba. Quizás esa fuera una de las cosas que más extrañaba, ahora al abrir los ojos lo único que resonaba en las paredes era su propia respiración. 

El viaje lo había programado en dos etapas. Dormiría por la noche en una población cercana a la costa, antes de atravesar el océano. Necesitaba tiempo, lo cual le resultaba bastante irónico dado que llevaba años anhelándolo. Realmente el ser humano a veces podía tornarse complejo. Cuestión que también le extrañaba porque se consideraba un hombre de lo más simple. Ella solía elogiarlo por mostrarse tal cual era, sin vueltas ni recovecos. Él en cambio nunca logró comprenderla, era un laberinto interminable de contradicciones.  

Las ruedas del avión tocaron tierra y el olor a sal le dio la bienvenida. Apretó el libro con ambas manos. 

Caminó hasta el hotel fijándose en la claridad de las estrellas que rodeaban las animadas casitas de los pescadores. El aroma inconfundible de los camarones recién servidos le hicieron crujir el estómago. Rememoró el asco que ella le tenía a cualquier tipo de pescado, fruncía el ceño de una manera adorable y nunca pudo convencerla de probarlo. Le impresionaba la consistencia acuosa que se le representaba con solo mirarlo. Le tenía pánico al mar, al constante ir y venir de las olas, a quedarse atrapada en ese vaivén sin poder llegar a ningún lado. Eso fue justamente lo que le reprochó antes de irse, él se había convertido en el ancla de sus sueños. 

Durmió intermitentemente. Hacía calor y la humedad se le pegaba en la piel. El sabor del agua le resultaba agrio. Observó el libro tumbado plácidamente en la mesa de luz, se preguntó cómo podía descansar tan tranquilo con todas esas palabras contenidas en su interior. Deseó haberlas podido decir en voz alta. Se sentó junto a la ventana y esperó que el sol le anunciara la hora de partir.  

El último tramo del recorrido le resultó milagrosamente corto. Al abrir los ojos un nuevo continente se extendía debajo de sus pies. Los rascacielos gobernando las alturas, un centenar de microscópicos transeúntes empapando las calles. Definitivamente este era el lugar ideal para ella. Un sitio donde pudiera correr de un punto a otro sintiéndose importante, con una agenda desbordante y unos zapatos de tacón rechinando por las veredas colmadas de estruendo.        Metió el libro en el morral y bajó. 

Ella lo estaba esperando. A pesar de que habían pasado casi dos décadas le pareció la misma mujer que llevaba años recordando. Le entregó el libro y se permitió leerle únicamente la dedicatoria, la historia amurallada en su interior ya no le pertenecía, la había escrito para ella. Se tomó unos minutos para absorber la sonrisa que le regaló, para dibujarla en su mente y que lo acompañara hasta su último aliento. Dejó escapar el aire que llevaba reteniendo desde la misma mañana en que ella había partido y emprendió el regreso a casa.



Copyright©Laura Ferreyra

Junio, 2018.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.