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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo VIII Espacios y travesías

Consigna veinte Escribir un relato que ocurra en el lugar que se eligió para describir. La historia debe sucederle o ser protagonizada por un personaje ajeno al lugar o debe tratarse de una historia que rompa con los hábitos del lugar.


EL GUILLE

-¡Entrá de una vez!  ¿Qué hacés mirando como un pavo?

-Ya va, ya va… Había una virgencita ahí, en el porche, y me acordé de lo que decía mi vieja…

 

-¡Dejate de joder! ¡Dale! ¡Pasá! ... ¡Cerrá bien!, a ver si se le escapan los perros y nos echan la culpa a nosotros. Tienen más de cincuenta lucas por perro éstos.

-¿De´nserio?

-Bueno… Fijate bien lo que vas a hacer. ¿Te quedó claro lo que dijimos?

-Sí, Sí… dejo sin tensión y busco cómo está la caja y eso.

-Eso. Vuelvo en un rato. Tené cuidado. Bajá la escalera y las herramientas. Chau.

-Sí, sí… Chau, Claudio, chau, andá tranquilo.

Esas fueron las últimas palabras, ese fue el último diálogo que le quedó registrado, y era lo que repetía cuando le preguntaban sobre el suceso. No decía la verdad.   Pobre  Guille.  En el pueblo lo conocían todos. Fue por eso que consiguió el puesto en la empresita de servicios, porque la historia de su niñez circulaba desde siempre. Guille era el hijo único de una madre viuda. La modista del pueblo, la catequista de todos los chicos. El Guille había pasado de grado en grado por la bondad de las maestras, decían, o porque era imposible que aprendiera más allá de la multiplicación por una cifra. Solo llegó hasta séptimo. Después en la escuela de oficios pudo armar con mucha dificultad un portalámparas. A pesar de que su mamá decía que era electricista todos desconfiaban del Guille y nunca conseguía un trabajo serio.

A los Fernández no les quedó opción. Después de que Claudio, el hijo mayor, manejando borracho chocara con la camioneta contra el portón de los Gutiérrez, sumaron puntos contratándolo al Guille, aunque sea para barrer el taller. De esa manera limpiaban  un poco la imagen de la familia ante tantos comentarios maledicentes.   De vez en cuando, el cura ponía como ejemplo a la familia Fernández y no había vez que no se hablara en la peluquería del Guille, de su progreso como persona,  y de las buenas acciones que hacía Claudio ayudándolo en el taller. La realidad era otra. Claudio, su padre y los otros integrantes de la pequeña empresa de servicios desconfiaban de Guille, porque con sus acciones mostraba lo peligroso que era darle una misión a cargo. Dos veces casi se electrocuta por manipular con tensión un tablero. Sin contar que había arrojado un fósforo aún encendido, ahora que fumaba,  adentro de  un tarro con trapos con combustible, pensando que era el cesto de residuos o había ingerido aguarrás de una botella de plástico creyendo que era gaseosa. Pequeños accidentes.

Pero lo que ocurrió en la casa de los Wayne se repitió por años y aún sigue resonando como un dicho que se tiene en el pueblo cada vez que alguien quiere disminuir la gravedad de un asunto. Dicen: “¡No!, ¡si no se prendió mucho!, dijo el Guille”.

La familia Wayne tenía la casa más grande del pueblo, después de la del intendente, claro. Ocupaba más de un cuarto de manzana y se dividía en diferentes dependencias: garajes para autos y cuatriciclos, galpones para bicis y máquinas, un taller que ocupa el señor Wayne, que es aficionado en la construcción de aviones caza en madera balsa y barcos  de la historia británica, la extensa pileta de natación, la vivienda del casero, don Morris, y un gran salón rodeado por el huerto y los frutales. Ahí, en ese salón es en donde la señora Elizabeth, conocida por todos como doña Elisa, hace unos diez años da clases de yoga. Albert Wayne, don Alberto Guayne para los vecinos, es el único hijo que deseó seguir viviendo en el pueblo después de la quiebra de la fábrica. Sus padres, sus hermanos junto con sus respectivas familias habían vuelto a Londres y nunca más volvieron al pueblo. Cada año la familia Wayne se tomaba dos o tres meses para ir a visitarlos.

-Mirá si habrán hecho plata y cagado gente los Guayne, que les alcanzó para vivir de rentas por más de tres generaciones -decía el manco Peña, cuando se le calentaba el pico en el barcito del Méndez chico. El manco hablaba con fundamento,  conocía toda la historia familiar  y era el  encargado de las finanzas de una de las empresas de camiones en las que Wayne S.A. se llevaba la mayor tajada.

Guille entró esa siesta con los rudimentos para modificar una línea eléctrica. El trabajo era una tarea sencilla, cualquiera en la casa lo podría haber realizado, considerando que los mellizos Wayne estudiaban Ingeniería, el más grande de los hermanos era arquitecto y una de las chicas había egresado del industrial. Pero en la casa de los Wayne se pagaba hasta al paseador de perros.

-Los perros tienen campo a guasear en esa quinta, dejate de joder, no sé para qué pagarle a un paseador, ¡habrase visto antojo! -también reflexionaba el manco, enojado,  no quería a los Wayne.

De todas maneras, no fue que Guille no tomó los recaudos de seguridad para lo que tenía que hacer, no. Guille estuvo enamorado toda la vida de Geraldine, la hija mayor de los Wayne, una hermosa chica de su edad que en la vida lo había mirado durante la primaria, porque estaban en grados separados, pero que él  jamás sacó de su mente.

Por eso ocurrió lo que ocurrió. Justo en el momento en que  volvió a buscar la escalera la vio. Geraldine tomaba sol junto con sus hermanas y amigas a un costado de la pileta. El sol lo obnubiló y el cuerpo de la chica aceitado fue lo único que tuvo en la mente. El huerto estaba tan verde, los frutales tan olorosos, era como el paraíso que le contaba su mamá en esas figuras de los libros sobre religión que le leía cuando era chico. La siguió espiando entre los ligustros del cerco que separaba el salón de la casa y se abrió paso con su valijita de herramientas. Entró al  salón de yoga. El olor a sándalo y la frescura del ambiente le hicieron imaginar una realidad diferente a la que vivía, se sentía tan feliz en ese momento, pensó en la señal de la virgencita del porche y entrecerró los ojos mientras apretaba junto a su pecho  uno de los almohadones que encontró al costado. Se abrazaba y se reía de sí mismo. Fue cuando giró de golpe y se llevó por delante su propia imagen en el espejo. Se asustó. A continuación vio la figura gorda de  un hombre con cabeza de elefante y cuatro brazos tan real como él mismo y en el sobresalto resbaló con unas pequeñas alfombras, pegó con su cabeza en el espejo y una guirnalda de colores con pequeños dragones que  lo decoraba  se le enredó en la cara. Dando manotazos al aire tiró sin querer un perchero vienés y este  empujó al biombo de madera. Las cuatro partes que lo componían se desarmaron haciendo mucho ruido, pero nadie más  lo escuchó. El golpe en la cabeza lo mareó un poco, sin embargo pudo ver cómo la caída del perchero y luego la del  biombo, igual que las fichas de dominó, fueron  rompiendo en cadena a tres estatuitas negras alumbradas por una lámpara de sal de la que salieron la piedras recorriendo todo el salón. La que también rodó fue la velita blanca prendida que hacía las veces de fuego ancestral entre las estatuillas, que tímida fue a darle calor a unas esterillas que se habían movido y  arrastrado el equipo de música al suelo. Un Buda que estaba en la fuente de agua circulante  no alcanzó a apagar el incipiente fuego.

Guille se reía feliz.

-Afuera está la Gera, Geraldine, pensaba, su amada mujer. Abrazado al almohadón se deleitaba en el recuerdo rodando por el piso fresco de madera plastificada. Se reía,  viendo el desastre que había causado. Se reía como se ríen los que no tienen culpa, con la risa inocente de un enamorado.

Se reía hasta que la risa se le convirtió en una tos tan espesa como el humo y no pudo hacer más que desvanecerse, mareado.

La caja de electricidad que funcionaba mal entró en corto. Ese día no había viento. Hasta que se pudo oler en el aire un ligero olor a sahumerio y ubicar el origen pasaron varios minutos.  Tiempo suficiente para que todo arda.

-¡Prendiste fuego todo, boludo! Le dijo Claudio cuando lo ayudaba a acomodarse en la camilla.

-¡No!, ¡si no se prendió mucho! Respondió entre toses Guille, mientras miraba a las personas que contemplaban el fuego y  a Geraldine, tan hermosa ella,  con su pelo rubio mojado,  envuelta en un toallón.

 


Copyright©Lidia Jaureguiberry

Febrero, 2021.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.