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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC EL CUENTO Técnicas de escritura
(TEC) Módulo V El cuento, su estructura
Consigna C 2 Escribir una historia en tono irónico, en tercera persona, desde el punto de vista de un animal doméstico, por ejemplo, un gato, un perro, un canario. (Máx. 1 pág.)

Ese día mi señor Francisco Anchorena no podía sostener la Biblia en sus manos. Lo venía a visitar un inglés. Anchorena procedía de una familia que se benefició cuando Julio A. Roca repartió las tierras conquistadas a la barbarie indígena. Era el único nieto que sobrevivió a una de las tantas venganzas perpetradas por los indios que querían recuperar algo que nunca les había pertenecido. Las tierras eran para los blancos, en cambio, los indios y negros debían trabajarla, así decía mi jefe cuando visitaba el panal en donde trabajaba como abeja obrera.

Corría 1910, cuando Francisco tenía la mejor miel de Argentina. Éramos mil abejas obreras y una reina que, por ser la más inteligente, nos hacía laburar a las demás y todas les hacíamos caso sin rebelarnos. Francisco la llamaba Miss Queen en honor a Inglaterra, país que hacía funcionar la economía del mundo, repartiendo lo que debía hacer cada uno de los demás países. Así, a la Argentina la habían catalogado el granero del mundo, y vanidosos de ese mote, vendíamos materia prima y comprábamos productos manufacturados. Entonces, mi función de recolectar el polen de las flores para convertirlo en miel, era un servicio a la patria y lo hacíamos con orgullo.Además, el jefe nos decía que teníamos que cuidar las formas para no convertirnos en la barbarie que siempre había sido el interior del país. Por eso, nos leía la Biblia. Lo escuchábamos interrumpiendo nuestras labores porque era sublime ese cuento de hadas. Para él eran importantes los buenos modales religiosos. En relación a ello, nos decía que la apicultura era un orden natural perfecto en donde sólo podía reproducirse la abeja reina ya que ella nos inhibía a las abejas obreras al no poder desarrollar la feromona, hormona que necesitábamos para reproducirnos. Es decir, no había necesidad de ocultarnos, porque la naturaleza nos lo impedía. Eso sí, a la abeja reina le aconsejaba que para ser una auténtica Miss english debía esconderse para copular, es decir buscar un lugar privado y no levantar miradas de los demás para no pervertirlos con la obscenidad del sexo y, que si lo hacía, sólo le estaba permitido si era para tener hijos, nada de tomar pastillas anticonceptivas o terminar afuera. Además, consideraba que este severo mecanismo de control de natalidad era necesario para evitar el caos en el reino y  para que cada vez haya más obreros al servicio de la Patria. Para ayudarlo en las tareas venían hombres vestidos zaparrastrosos, sin dientes, siempre de piel negra, que trabajaban aún con los calores más inhumanos y al retirarse llenaban sus cofres de monedas, mientras Francisco lloraba cuando les pagaba pensando que se convertiría prontamente en un nuevo pobre. Mi jefe, con el cansancio de estar sentado, los  mandaba de aquí para allá, en un claro reflejo de lo que hacía nuestra reina.El inglés tenía interés en ver cómo funcionaba el mejor campo de apicultura. Se emocionó al comprobar que aplicábamos las leyes inglesas. Éramos obedientes con el horario de recolección, es decir, a las cinco de la tarde salíamos a comer el polen, mientras el inglés y Francisco tomaban el té en medio de las flores, bajo la sombra del tilo. También, nos vio como nos cuidábamos de no mostrar nuestro órgano para no alterar a los machos reproductores o zánganos, lo cual era signo de la hipocresía bien aprendida de Inglaterra. Asimismo, se dio cuenta de que cada una cumplía a la perfección la división de tareas tal cómo nos había enseñado Miss Queen.Pero en medio de la conversación, el inglés cometió el grosero error de querer meterse con nuestro dueño, comprarle el campo e invadir nuestras tierras. Ahí, nos dimos cuenta que nos quería cometear y llevarse el trabajo de la temporada, el que considerábamos era nuestra patria, nos levantamos enojadas, como una horda obrera, y los atacamos, porque cuando nos ponemos locas, no pensamos. Quedaron muertos en el césped lleno de picaduras, al igual que muchas de nosotras. Y sí, somos animales, por más Biblia que nos quieran meter. Al final, la barbarie siempre le gana a la civilización.

 


Copyright©Diego Salzman.  Diciembre, 2015

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