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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC EL CUENTO. Técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo III. Decir y mostrar

Consigna D13 Redacte un texto en el que describa un personaje, incorporando las siguientes palabras y expresiones: hirsuto/a, avejentado/a, olvidado/a, claridad de pensamientos, llena el alma de adioses, rasgado/a por la angustia, ciego/a de esperanzas. . (Máximo ½ pág.)

 

Si la vieran, quizás no la reconocerían, pero todos se acordarían de aquella viejita que vegetaba abandonada en el barrio como un ramo de siemprevivas o crisantemos de cementerio. Las paredes de su casa tenían llena el alma de adioses, empapelada sus habitaciones de recuerdos y nostalgias de amigos y amigas que ya se habían ido. En consecuencia, esa mujer parecía avejentada con sus arrugas que caían en silencio rasgadas por la angustia, como las hojas afligidas del otoño al igual que su gente que había partido. Pero ella no siempre había sido así. Yo la conocía muy bien.

Daba pena verla, con sus velados ojos, ciega de esperanzas, como un acordeón cerrado sin entregar esa luz que había deslumbrado por las tablas cuando de joven bailaba en los Teatros de la calle Corrientes. A pesar de ello, las piernas de la inmortal vedette conservaban la lujuria de otros tiempos y, aunque descuidadas e hirsutas, no abandonaban el uso de calzados con tacos y botas que resplandecían en cada foto en la pared del living, cargada de vestigios de su belleza, donde se la veía acompañada de Olmedo, Porcel y tantos otros actores de la revista picaresca, en imágenes que inducían a un flashback a esa belle époque. Cuando la veía trotar en la plaza que cuidaba como jardinero, aún las piernas se intuían coquetas y todavía esa yegua podía hacer dar vuelta el cogote a más de uno con su andar felino y que, por suerte, no había perdido. Además, ella desfilaba cargada de sus joyas Gucci, sus vestidos Chanel y sus carteras Louis Vutton y había instantes que se quedaba vacilando, contemplando el cielo con la vista ciega de esperanzas, corrompida por los rezos y besando su cruz enorme que le tapaba los pechos grandes y caídos, sostenidos por su corset. Y su rutina del paseo por la plaza se alteraba ante el tilo, siempre ese tilo. Ahí, sus piernas se trababan, temblaban y se rendían arrodilladas al piso, como que estaban olvidadas a dónde tenían que ir. Me preguntaba curioso ¿Qué le pasaba? ¿Por qué se conmovía ante ese árbol?Un día me animé a sacarme las dudas y la socorrí de sus caídas al suelo. Ella olía a un ramo de siemprevivas o crisantemos que llevaba en la mano, envuelto en una foto en blanco y negro. Me suplicó que la acompañase al banco y de sus labios duros, brotaron sus anécdotas como tallos que violentaron mis fantasías. Me las expresó con una claridad de pensamientos que hizo que confundiera su edad y me hizo sentir un niño que sabía que jugaban conmigo, pero me terminé entregando dócilmente a ella. Y cuando bajé la vista en forma disimulada a esas piernas, ni lerda ni perezosa, me invitó a tomar un delicioso y excitante café en sus sábanas abandonadas y me perfumó mi sumisa piel con su incienso de mujer y se olvidó de esa foto y del sombrío tilo que oscurecían sus piernas.

 

 

Copyright©Diego Salzman. Octubre, 2015

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