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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC EL CUENTO Técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo III. Decir y mostrar

Consigna D11 Haga una caricatura de Ud. mismo. (1/2 página)

 

Nunca me olvidaría en mi vida de cuando tenía catorce años e iba a la escuela secundaria, el inolvidable Comercial Domingo G. Silva. ¡Qué mal la pasaba, no veía la hora de salir de esa aula llena del aire de la burla y regresar a mi casa, hacer la tarea apenas terminaba de comer, liberarme de ese martirio escolar, irme al club y estar con las pelotas besándolas, sean de fútbol, de básquet o de tenis! Ni las uñas, ni dedos me alcanzaban para matar mi pegajosa ansiedad.

Me había acostumbrado a charlar con mis granos que me presentaban con las personas, ya que se adelantaban unos metros a mi ingenuo cuerpo, siempre retrasado y que llegaba tarde a todos los lugares. Atrás de esa manada desagradable de puntos rojos, aparecía con el aura de mi timidez, que me protegía como un paraguas de vidrio transparente en el desierto. Mi cara simulaba un salpicado de pared, pero por lo menos muy simétrico en sus formas.

Lo peor sucedía cuando mis compañeras se acercaban a mi aura. De mis labios color fuego, que insinuaban un acalorado erotismo agravado por la edad del conocimiento corporal, lentamente se iba derramando una desilusión para las Diosas del Olimpo (que. por cierto, ni en sus mejores sueños podían serlo esas gallinas turulecas que ni para dar huevos servían). Eso sucedía cuando de ellos salían palabras dictadas por un pajarito que todavía no había salido del nido materno y que tenía dentro picoteando a mis cuerdas vocales. Parecía que esa voz salía pidiendo permiso por un túnel largo interminable y que se iba agudizando cuando acariciaba mi boca. Lo cual en la edad del pavo, donde nos burlábamos hasta de Maradona, provocaba que esas sonrisas criminales me acusaran a la silla de la vergüenza y todas esas fieras me miraran desde sus alturas soberbias, como si fuera una insignificante hormiga. Y ni hablar de ese pestilente olor que salía de mis dientes, ni el más caro y puto dentífrico lo mejoraba. Mi estrategia consistía en esconder las palabras que brotaban entre esos separados y alejados colmillos, evitando despilfarrar por las paredes del aire de la burla ese mal aliento matutino adolescente. Y si no funcionaba, recurría a chicles o pastillas fuertes de menta y las masticaba pareciéndome un cocalero de Bolivia.

 

 

Copyright©Diego Salzman.

Septiembre, 2015Todos los derechos reservados