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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC EL CUENTO Técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo Nº III. Decir y mostrar

Consigna D4 Escriba un texto en el que describa el paisaje de la foto. (Máx. ½ pág.)

 


Fuente: Google (Termas de Pamukkale, al sudoeste de Turquía)

 

Todos los que visitan las Termas de Pamukkale, ubicadas al Sudoeste de Turquía, lo hacen con el conocimiento previo de que ese lugar brinda la oportunidad de parar el tiempo, sucede que esas capas blancas de piedra caliza y travertino ocultan con sus cascadas todos los relojes de los turistas. Pero al acariciar esas aguas, ya sea caminando o nadando, parecería que uno quedaría atrapado en la eternidad. Es decir, esas termas congelan, paralizan, inmortalizan la vida como si se pasara de una era geológica a otra, como si en la concentración de la vista pasaran millones de años. Así, esos líquidos minerales que traen las cascadas se van enlazando en capas de hielo, muy parecidas a copos de azúcar inmensos, y los lugareños te orientan donde poder bañarte para huir de ese estado invasivo del stress que cada viajero trae consigo mismo, al igual que un tatuaje que cubre todo el cuerpo, intentando descontracturar cada situación nerviosa en una idéntica imagen al quitar los pétalos de una flor.

Ese lugar le rinde homenaje a la tranquilidad, al silencio, y hace que cada visitante recorra esa agonía del ruido hasta encontrarse con el yo interior popularizado por Freud, penetrando la profunda conciencia, desnudándola de toda represión interna.

Ni la brisa perturba ese rincón del planeta cuando acaricia las palmeras que, haraganas, no se inquietan en mover sus hojas y esa serenidad en los ojos de cada turista se ahoga en la paz de esas aguas, en un sorprendente antagonismo de las infinitas guerras que se producen en los alrededores de ese oasis, en las tierras del Antiguo Oriente Próximo.

Hay baños y baños en las Termas. Hay que agudizar la vista para distinguirlos. Los bañeros que se declaran amor, son los que juegan con sus extremidades excitadas, en un signo inequívoco de una relación que va a ser prolongada, aunque no exenta de temblores. Ellos se entregan a la purificación de la estrella caliente y naranja que con sus rayos atraviesa los besos de cada par de enamorados, santificando esa manifestación de pureza en esos empalagosos azúcares. En cambio, los que se bañan moviéndose melancólicos, sin hacer chapoteos, al igual que si estuvieran pasados de copas, utilizan esas radiaciones para eliminar todos los vestigios que podrían haber quedado de historias pasadas de amores prohibidos no correspondidos, mal nacidos o deformados por la indiferente rutina. Porque en esa zona, propio de los lugares donde las tradiciones desafían, ignoran y relajan a la ciencia, todavía se  cree de los poderes benéficos de esas aguas, ya que se recuerda que en la antigüedad se la utilizaba para curar enfermos o cuando se bañaron Cleopatra y Marco Antonio, generando energías propicias para la pasión eterna. Así, todos los vivos y los muertos conviven en este espacio regalándose vida, mutuamente, rejuveneciendo sus corazones, como si cada baño termal purificara los males propios o los sufridos por culpa de personas ajenas o no tan ajenas. Y al volver los turistas a sus hoteles, el líquido termal empieza a evaporarse hacia ese horizonte azul con la violencia de la calma. Ahí, el paisaje descubre los tonos negros. Desaparece la visión de esos minerales congelados, la corriente licua los sentidos, hace que cada paso se agudice en una marcha perezosa, lenta, sin el apuro que uno se acostumbra a elegir en las Termas y es ese momento, donde la huída del sol es paciente con la aparición de la luna.


 

Copyright©Diego Salzman. Septiembre, 2015

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