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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC EL CUENTO Técnicas de escritura

 

(TIEL) Módulo II. Adecuación, coherencia y cohesión 

Consigna A17 Escriba un texto en el que utilice no menos de 8 expresiones correctas. (Máx. ½ pág.)



ÉRAMOS TAN VIVOS

 
Cuando apenas llegaron al barrio Sur, los Rebecchi eran una familia numerosa con ocho críos. Decían que habían venido de Salerno, una ciudad ubicada en el sur de Italia. Durante la crisis del treinta, ellos pasaron mucha hambre. Por eso, cuando eran las fiestas patrias, los 9 de julio, los 25 de mayo, mi mamá se apiadaba de ellos y recuerdo que le agarraban esas ganas intensas de revolver la cuchara con sus manos solidarias y convidarles chocolate con churros a esos ocho niños que vivían enfrente. No es que a nosotros nos sobraba el mango para la sartén, pero ella siempre decía que cuando se podía dar una pizca de misericordia, había que hacerlo. Ella insistía que no había que dar las sobras, que eso era propio de caranchos, sino lo que a uno le doliera.

En esas orgías de caridad, cuando los vecinos entraban en nuestra casa, sentía un olor putrefacto que se iba extendiendo en cada rincón del hogar como un incienso desagradable que se apoderaba de cada uno de nosotros. Es más, parecía que ellos no conocían lo que era la catarata de agua que se utilizaba para enjabonarse y limpiarse. La nariz y la boca de mi madre dibujaban muecas de asco al mirarme y, al mismo tiempo, me amenazaba que no pronuncie palabra ni haga ningún gesto, pero a mí no me importaba ese tufillo porque ese ingreso significaba el final de mi aburrimiento. Al principio, a Gianfranco, a uno de esos niños, al tano, lo veía como mi rival. Era el chico de mi edad. Al que le quería ganar a todo, a lo que sea. Por ejemplo, cuando pateábamos la pelota de trapo, cuando jugábamos al fútbol de botones, o cuando silbábamos a las chicas del barrio y ganaba el que hacía dar vuelta a la más hermosa. Teníamos la habilidad de poder copiar el sonido de cualquier pájaro y nadie se daba cuenta de ello cuando lo hacíamos. ¡Éramos los más vivos del barrio!No había nada más apasionante que descubrirle al tano los ojos de la derrota. Eso me deleitaba. Pero cuando las gotas empezaban a ceder de sus lagrimales, y se volvía a su casa, lo empezaba a extrañar, cruzaba la calle, aplaudía en su puerta y esperaba que saliera. Sabía que su estómago digería la bronca en ese ínterin, pero después la amistad que íbamos construyendo día a día, le  ahuyentaba esos injustos pensamientos corrompidos por la venganza y salía y me daba un abrazo eterno como si hubiera pasado un siglo sin vernos. Y empezábamos a jugar y quería volver a ganarle. Una de esas tardes inolvidables, estando escondidos en el campito, atrás de un eucalipto, chistamos como dos mirlos acelerados, calientes, violentos y se dio vuelta una rubia de unos veinticinco años que llevaba una caja de color marrón. ¡Ay por Dió lo que estaba! Sus ojos lucían desorbitados y sus manos se movían constantemente, como si buscaba algo que no encontraba. En ningún momento, pudo advertir que estábamos ahí. Era el Circuito de Monza en persona, con esas tetas y culo. La relojeábamos y repasábamos de arriba abajo, una y otra vez, no nos cansábamos, era nuestra ley de gravedad. Tenía las curvas más terribles que habíamos visto en nuestras vidas y empecé a tener un cosquilleo interno, una sensación agradable y extraña. Él también lo había sentido, pero eso me lo confesaría unos días después cuando con mi amigo compartimos una birra en el bodegón de Don Aurelio. Después, entenderíamos que eso es la excitación que tienen los hombres y que nuestro pene reacciona queriéndose escapar hacia esa o cualquier hembra sea quien sea y que se encuentre próxima a uno. No me animé en ese momento, pero me hubiera encantado asfixiarme del Pecado Original ahí mismo con esa yegua. Por Dió. No queríamos que avance el tiempo. Que se paralice ahí, en ese lugar del mundo, ella era nuestro centro del universo, nuestro sol.Al instante, lo vimos. Apareció un bacán que se protegía su cara con un anteojo de vidrios oscuros y que acarreaba un maletín negro. Ese sujeto analizaba cada punto cardinal en una cuidada puesta de escena teatral para evitar que alguien lo viera. Pasó delante de mí, acelerando su marcha hasta ponerse cara a cara con la rubia. Se gritaron y se putearon superando lo permitido para el horario de la siesta. Entendimos lo más importante de ese murmullo y era que él le decía que se había demorado y que se había puesto ropa provocativa, que así como estaba, llamaba la atención, que parecía una mujer vulgar, en síntesis que lucía como una yira. Luego, intercambiaron el paquete y el maletín y cada uno se fue por donde había venido.No sé en qué momento se le pasó por la zabeca, pero Gianfranco tuvo la ingeniosa e iluminada idea de hacer el sonido de un patrullero de la yuta que venía a toda velocidad hacia donde estábamos. Y el tipo se puso tan nervioso, que ni miró si era cierto. Y derrumbó la caja en el yuyo como si quisiera extirpar un cáncer de su cuerpo. Y rajó como una rata enloquecida, atontada, recién envenenada. Nuestros cuerpos se tensaron como una cuerda inmóvil que sostiene al recién ahorcado, por lo que no pudimos ni reírnos. ¡Ay Diosito! Si hubieses estado ahí para frenarlo ¡Cómo te añoré, te recé y te reclamé para que aparezcas! A los diez minutos, cuando no había moros en la costa, nos acercamos lentamente, en puntas de pie, corrimos una sábana blanca, inmaculada, inocente que resguardaba el contenido del bulto y lo descubrimos. El recién nacido lloriqueaba y ahí nos mirábamos los dos vivos, los dos imitadores de pájaros, enfrentados, varados como capitán sin marineros, sin saber qué hacer con ese bebé.


Copyright©Diego Salzman. Septiembre, 2015

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