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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento. Técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo III  Decir y mostrar

La Argamasa Taller de escrituraConsigna D 1 Recorte una historieta de algún periódico, revista o internet (de una o más viñetas) con texto o sin él. Redacte un texto narrativo breve (1/2 página) en el que se cuente una historia, evite decir todo. (La historieta será el disparador, no es necesario respetarla).


Una cuestión de percepciones

Era otra tarde de domingo. El papá de Mafalda ya se había apoltronado junto a la radio. Primero acomodó todo lo necesario sobre la mesa, porque no iba a levantarse hasta el entretiempo. Mate, cenicero, encendedor y cigarrillos. Ya se estaba fumando uno con el rumor de un fuelle. El aroma a tabaco pronto cubrió el de cebollas y ajo del tuco del mediodía; y en su subconsciente, el Marlboro Man enlazaba un bravío caballo cimarrón en una nube de tierra.  También se escuchaba la poderosa música de Los siete magníficos en alguna voluta de su cerebro. Era una fanfarria de violines y vientos. Papá se sentía un cowboy robusto, aunque fuese flaquito y cargado de hombros.  Estaba ansioso por el partido: se le movían las piernas como si él mismo estuviera en el campo de juego. Y el conductor finalmente anunció eufórico la transmisión del deporte más popular de la Argentina.

Entonces, la pequeña Mafalda entró en busca de un vaso de agua, y oyó sin querer el comentario. Como todo niño perspicaz, enlazó ese dato al galope y lo llevó con maña hacia la red de su vida. Era una tierna malla de textos e imágenes de los seres que la rodeaban.   Conjeturó y preguntó para confirmar su hipótesis:

–¿Cuál es el deporte nacional?, ¿quejarnos?

La pregunta del millón. El papá lo pensó y lo sopesó y llegó a la conclusión de que la queja no era nuestro pasatiempo, sino nuestra esencia o destino.

 


Consigna D 3 Escriba un texto descriptivo en el utilice las siguientes palabras y expresiones: encinas, rojos, azules, violáceos, cruda/o, resplandor, terreno árido, desierto en las almas, atardecer. 

Después de la lluvia

Fue a principios de julio, después de una fuerte tormenta eléctrica, cuando empezamos a notar que la naturaleza estaba cambiando: se había puesto violenta, invasiva.

Vivíamos en un caserío enmarcado por viejas encinas. Sus copas frondosas nos resguardaban del sol mediterráneo y sus bellotas alimentaban a nuestros cerdos. Oíamos el acunarse del mar, pero no llegábamos a ver su resplandor de azules, porque estaba más allá del encinar.  Éramos unos pocos habitantes y subsistíamos modestamente con el producto de nuestras granjas; salvo Gutiérrez, el de la vivienda del norte, la del techo a dos aguas rojo.

Gutiérrez trabajaba en la oficina de correos del pueblo de los Robles. Partía todas las mañanas en su bicicleta, con un broche de la ropa en cada botamanga, y volvía al atardecer a la paz del caserío. Fue él quien se percató de que las encinas se estaban reproduciendo de una forma asediante. Nuevos retoños bloqueaban los caminos y las ramas parecían multiplicarse a simple vista. Entonces, convocó a todos los vecinos para encontrar una solución a esa proliferación inusitada de nuestros árboles. No le prestamos mucha atención, pobre, ya que nos venía de rechupete esa lujuria de bellotas avellanas. Ya las estábamos acopiando crudas, en cajas de madera para años menos venturosos.  Ya teníamos montañas de leña. Hasta que un día, las hojas, que se habían vuelto más espinosas que puercoespines, le arañaron salvajemente el ojo derecho. Ese fin de semana, la familia juntó sus bultos y se marchó para siempre. Lo lamentamos.

En agosto, empezó a despotricar la señora Rossi que las ramas cada vez más vecinas y exuberantes le robaban el sol a su cantero de dalias violáceas y alegrías amarillas y lo que es peor, a ella misma.  Ya no tenía ni un rinconcito de sol donde broncearse. Todos sabíamos que se trataba de una mujer obstinada y efectivamente, en breve, se mudaron al caserío de los menos ansiosos Laureles.

Los árboles se empeñaron en crecer hacia arriba sedientos de luz. Sus raíces ahora surcaban nuestras parcelas, embuchando todos sus nutrientes. Las vacas de los Pérez no sobrevivirían en los terrenos áridos. Tenían que irse antes que fuera muy tarde, lo entendíamos, aunque esto implicase quedarnos sin leche, ni queso. Los Mariotti, por su parte, extrañaban a sus seres queridos que vivían en los Pinos y, para entonces, ya no había forma de transitar los pasos entre la espesura. Devastados, cerraron su casa y se marcharon.

Rosa y yo aún quedamos en este desierto de almas. Nos acostumbramos a nuestra soledad y compañía y a usar cascos los días de viento para protegernos de los bellotazos. En el silencio, escuchamos el rumor vital del ramaje que se propaga.

Los cerdos están cada vez más gordos y combativos.

 


Consigna D 11 Haga una caricatura de Ud. mismo. (1/2 página)

De pronto, con este asunto de la pandemia y la cuarentena consecuente, me percaté de que era vieja. Mejor dicho, más vieja que otros, como dicen los políticamente correctos angloparlantes. Es que la vejez no es una cualidad absoluta, sino relativa. Al menos así me parece.  Por causa de un virus de noble estirpe, pasé a ser una persona de riesgo, tan frágil como el cristal. Y me habitué a tolerar con paciencia monástica los consejos y amonestaciones de mis hijos. Cuando en realidad soy una persona saludable, fuerte y bastante musculosa gracias a mi lealtad al gimnasio. Además, mis piernas cortas y determinadas (por no decir gordas) aseguran mi estabilidad sobre la tierra. En resumen, soy una anciana que se mantiene bien, dirían. Lamentablemente, la presbicia acentúa mi derrumbe a la tercera o cuarta edad. Impiedosa, no me permite ni adivinar las formas de las letras, porque ya no hay ni letras, ni números, solo hormiguitas. Estos odiosos avances tecnológicos, tipo WhatsApp, desnudan mi defecto, ya ni siquiera puedo comunicarme por teléfono. En busca de soluciones, me aprovisioné de varios anteojos: los cristales grasientos para la cocina, dos pares con cadenita colgante para las tareas de orden y limpieza del departamento, un par con menos aumento para la distancia media de la computadora, que se supone que no debe alejarse del escritorio, los anteojos con la última prescripción medica para leer libros por tiempo prolongado, que tendrían que encontrarse en mi mesita de luz y, como si esto fuera poco, un par elegante para la cartera de la dama (yo) o el bolsillo del caballero (mi marido) en caso de que salgamos a cenar o al cine o al teatro. Obviamente, me refiero a los tiempos en que se podía gozar de esos placeres burgueses que son altamente aventurados en estos días.   A pesar de esta organización de características casi obsesivas, mis lentes insisten en no respetar los límites de sus fronteras y cuando voy a mi escritorio, por ejemplo, me encuentro con un estuche vacío. Es ahí que inicia la desesperada búsqueda de lentes. Con llaves y cosas del tipo “ya no recuerdo qué venía a buscar acá” sucede exactamente lo mismo.  Acrecentado por la práctica y la experiencia, mi despiste innato me lleva a la angustia por el mero hecho de entrar en un edificio porque sé que no encontraré la salida. O me obliga a recorrer la ciudad con mi lazarillo Google que dirige: «doble a la izquierda, siga cien metros, su destino se encuentra a la derecha».

Lo que por fortuna he adquirido es una increíble capacidad para elaborar perífrasis. Ayer vi una película simpática, tiene ya una punta años, cómo se llama, trabaja esa mujer, ahora cincuentona, Judy, Jully, con la boca grande, una sonrisa llamativa tipo publicidad de Colgate y él era un bombón, ahora tiene una onda tipo oriental, ¿viste? La historia es la de la Cenicienta y se desarrolla en Hollywood. Ella es la que ganó el Oscar por la otra película en la que trabajaba con un abogado algo de Brocovich. Y así es y será hasta el fin de los días.

 


Copyright©Adriana Corral

Septiembre, 2020.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.