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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento Técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo I La narración

Consigna LN 1 Ud. es un escritor consagrado; un amigo/a, o un discípulo/a, o un hijo/a le pide consejos acerca de cómo debe ser la escritura literaria. Escriba un texto epistolar en el que explique sus convicciones e intuiciones. Recuerde que es Ud. quien previamente debe tener la representación mental y saberla trasmitir a su destinatario. Tome como ejemplo la carta de R. M. Rilke. (Máximo 1 pág.)


Querido mío:

Me dijiste que querés seguir mis pasos y me pediste consejos. Acá estoy para aclararte antes que nada que no tenés que seguir mis pasos ni los de nadie, sino hallar tu propio camino, tu voz.  Entonces, podrás proferir ese grito germinal que te permita construir un puente de palabras entre vos y los otros. Primero tenés que sentir la escritura como una necesidad perentoria. ¿Estas convencido de que sin ella y los mundos y seres que crea tu vida sería estéril, vacua? Si es así, inicia tu viaje.

Aprendé a observar, a captar con todos tus sentidos el mundo que te rodea. Escuchá los ruidos y los susurros, las distintas hablas, y lo que se esconde detrás de lo dicho y de lo omitido. Sentí los aromas y los hedores. Gustá, saboreá, tocá la piel rosa de durazno de un niño y la rugosa de tu abuela. Asomate a la naturaleza para poder crear esa infinidad de escenarios que cobijaran a tus personajes. Examiná cada instante de tu vida para rescatar las emociones y sentimientos, que insuflarán tu obra. No dejes de leer y releer, para definirte a vos mismo, para entender el mundo y su cultura. Para llenarte el alma y encontrar tus compañeros de trayecto. Entonces empezá a amasar: un poco de harina, un poco de sal, agua. Vos sabrás. No hay invocación a las musas que valga, se aprende a escribir, escribiendo.  Corrigiendo y corrigiendo. Hay que remangarse. Dejá que te lean y te critiquen. No permitas que el canto de las sirenas te descarrile, pero en el caso de que suceda, los buenos consejeros te ayudarán a encontrar tu camino.

Podrás siempre contar con tu padre.

 


Consigna LN 3 Transcriba los párrafos que eligió (Eugene Grandet de H. de Balzac y Madame Bovary de Flaubert)), luego redacte dos textos literarios imitando el estilo de uno y de otro. (Máx. ½ pág. cada texto).

“En ciertas ciudades de provincia se encuentran casas cuya vista inspira una melancolía igual a la que producen los claustros más sombríos, las landas más desoladas o las ruinas más tristes. Y es que tal vez en eses casas se unen el silencio de los claustros, la aridez de las landas y la osamenta de las ruinas. La vida y el movimiento permanecen en ellas en un estado tal de tranquilidad que se las creería inhabitadas si no fuese porque, de pronto se da con la mirada inexpresiva, fría, de una persona inmóvil cuyo rostro poco menos que monástico se alza sobre el alféizar de la ventana, al ruido de un paso desconocido. Estos signos de melancolía concurren en la fisonomía de una mansión situada en Saumur, al extremo de la calle empinada que conduce al castillo, por la parte alta de la ciudad. Dicha calle, actualmente poco frecuentada, calurosa en verano, fría en invierno, a trechos oscura, llama la atención por la sonoridad de su tosco empedrado de guijarros, siempre limpio y seco; por su trazado tortuoso y por la paz de sus casas que forman parte del casco antiguo de la población y dominan las murallas”.


Paraísos es una calle como tantas otras en la ladera de la sierra. El asfalto poceado y las cunetas profundas para que corra el agua de lluvia. A sus lados, se alzan modernos chalets con techos de tejas en pendiente y perfumados jardines. No son lujosos, son el fruto del trabajo duro de una clase media que venera el ladrillo y el bien inmueble. Los orgullosos propietarios mantienen las fachadas, riegan y podan sus plantas, baldean sus frentes y veredas en una suerte de competencia vecinal. Comparten herramientas: palas, rastrillos y cortacésped, así como estrategias y trucos para embellecer los parques.  Aunque siempre hay una vieja receta de la abuela para abonar las rosas o evitar que las hormigas se devoren los jazmines que se oculta: pertenece al acerbo familiar. Las calles no son muy transitadas, algunos caminantes o corredores que suben la cuesta con su torso inclinado hacia adelante, algún auto que ha extraviado el camino. Detrás de sus persianas entornadas para proteger los vidrios de la tierra y de la lluvia, los habitantes de Paraísos observan los pasantes, se detienen en sus rasgos e imaginan lo que desconocen. A la tardecita, cuando el sol se canse, compartirán sus experiencias con sus vecinos mientras las mangueras entrecruzan chorros de agua y arcoíris. Los niños, una vez terminados los deberes, jugarán al fútbol o cabalgarán con sus bicis por la calle empinada.


Su padre, el señor Charles-Denis-Bartholomé Bovary, antiguo ayudante de capitán médico, comprometido hacia 1812 en asuntos de reclutamiento y obligado por aquella época a dejar e1 servicio, aprovechó sus prendas personales para cazar al vuelo una dote de setenta mil francos que se le presentaba en la hija de un comerciante de géneros de punto, enamorada de su tipo. Hombre guapo, fanfarrón, que hacía sonar fuerte sus espuelas, con unas patillas unidas al bigote, los dedos llenos de sortijas, tenía el sire de un valentón y la vivacidad desenvuelta de un viajante de comercio. Ya casado, vivió dos o tres años de la fortuna de su mujer, comiendo bien, levantándose tarde, fumando en grandes pipas de porcelana, y por la noche no regresaba a casa hasta después de haber asistido a los espectáculos y frecuentado los cafés. Murió su suegro y dejó poca cosa; el yerno se indignó y se metió a fabricante, perdió algún dinero, y luego se retiró al campo donde quiso explotar sus tierras. Pero, como entendía de agricultura tanto como de fabricante de telas de algodón, montaba sus caballos en lugar de enviarlos a labrar, bebía la sidra de su cosecha en botellas en vez de venderla por barricas, se comía las más hermosas aves de su corral y engrasaba sus botas de caza con tocino de sus cerdos, no tardó nada en darse cuenta de que era mejor abandonar toda especulación”.


Alfredo Luro vino un viernes de primavera y se alojó en un hotel del centro. Esa misma tarde, se anotó en un torneo de golf. Tendría unos 60 años, alto, de físico atlético y lentes de contacto para ocultar la miopía. El cabello un tanto largo, canoso, con un jopo rebelde que le caía sobre el ojo izquierdo y la piel tostada por el sol de los fairways. Atento, en especial con las mujeres, hablaba con voz envolvente y desplegaba una sonrisa seductora, pero la mirada debajo del jopo era fría, calculadora.

Se presentó como abogado de un estudio privado en capital. Con hándicap relativamente bajo para su edad y portador de apellido con lustre, cumplía con los requisitos necesarios para ser admitido, sin muchas preguntas, en cualquier ciudad de provincia. A partir de entonces, volvió cada fin de semana luciendo sus caros atuendos de golfista.  Los domingos a la tardecita no se volvía para Buenos Aires, no, se quedaba a la entrega de premios, aunque su performance hubiera sido un fracaso. No tardó mucho en identificar entre las mujeres del Club House a las viudas o a las divorciadas con alguna hectárea por allá escondida. Su radar supo localizar a Monina en apenas un mes.  Hacía más de dos años que se había separado e intentaba encauzar su vida. Hasta sus hijos consideraron que la compañía de Alfredo le devolvería la alegría.

En poco tiempo dejó el hotel, se empezó a alojar en casa de Monina los fines de semana y a salir con su grupo de amigos. Aunque sonaba fuera de lugar su uso y abuso de la primera persona plural. «Vamos a renovar las plantas que rodean la pileta», «Quiero invitarlos a un asadito en nuestro quincho». Se equivocó con ella, erró el fairway y cayó en un hazard, no era tonta. Cuando se animó a usar ese nosotros en referencia a las inversiones de su capital, salió disparado con palos y carro de golf.

 

 

Consigna LN 4 Tome los ejemplos más arriba citados (tiempo del relato y tiempo de la cosa contada), redacte dos textos (máx. cada uno de ellos: ½ pág.). Uno de los textos deberá ser el tiempo del relato y el otro, la cosa contada.


Tiempo del relato 

Hacía ya un tiempo que había comenzado a rastrear sus amigos de infancia y juventud en las redes sociales.  Cuando leyó en el diario sobre la muerte de Sergio Denis, le vino una especie de tristeza inexplicable. Inexplicable porque nunca le habían gustado sus canciones azucaradas, aunque la hubiesen siempre acompañado desde la radio encendida en la pared del fondo de su vida.  Tenía esa imagen de eterno adolescente, un Peter Pan cada vez más arrugado, de párpados pesados y jopo ralo y blanco. En ese momento, la imagen del cantante se le embrolló con la de aquel chico, tan parecido, con el jopo rubio desteñido por el sol que le caía sobre el ojo izquierdo. «Era un bombón», pensó «¿Cómo se llamaba?» Lo había conocido en casa de Roberto, el vecino de enfrente. Y ahí como un fogonazo se le aparecieron la casa de dos plantas de Roberto y el chalet de su niñez, con ese imponente laurel de jardín, el techo de tejas y el frente de piedra, estilo Mar del Plata.  Roberto… nadie hubiera pensado que llegaría a ser un épico héroe de Malvinas, con su vuelo rasante sobre la flota británica.   Nadie hubiera pensado ni siquiera en la posibilidad de aquella guerra.

Los llamaban asaltos: se reunían en casas, los padres estaban siempre presentes, vigilando. Los chicos llevaban las gaseosas, las chicas algo para comer. Ponían música y bailaban, en general, eso era todo. Era carnaval: hacía calor; ella tendría unos 14 años, no más, y vestía una remera sin mangas tejida al crochet que dejaba entrever su corpiño negro. «¡Qué sexy!», se dijo y rio. Ahí conoció al chico del jopo… y se maldijo porque ya olvidaba los nombres propios.  Fue un flechazo. Que ridícula que sonaba esa expresión. Su hijo le habría dicho: «Vieja, vos hablás raro». Bailaron La Balsa, y con Muchacha ojos de papel se besaron. Filosofaron: banales clichés sobre la vida y la muerte. La muerte que entonces parecía pertenecer al género fantástico. Y fumaban, volutas de humo llenaban los vacíos en la charla, cubrían la timidez y el rubor. Si pudiera recordar el nombre lo buscaría en Google o Facebook o Instagram.


Tiempo de la cosa contada

Vivía en un barrio del Gran Buenos Aires, en una casa de techo de tejas y fachada de piedras estilo Mar del Plata. El laurel de jardín era lo que cautivaba la atención del pasante. Tenía muchos amigos y, en su adolescencia, se pusieron de moda los asaltos, reuniones de jóvenes en casas de familia bajo el control paterno. Los chicos llevaban las gaseosas, las chicas algo de comer y se bailaba.  En esa época también, la mayoría había empezado a fumar.

Roberto, su vecino de enfrente, organizó un asalto en su casa de altos y bajos. Ahí conoció a un chico con un seductor jopo que le caía sobre el ojo izquierdo del que se enamoró perdidamente. Bailaron La Balsa, y con Muchacha ojos de papel se besaron. Era la música argentina que marcó su generación. Así como la de Sergio Denis que se oía hasta el hartazgo en la radio de los años setenta, pero que a ella no le gustaba tanto.

La vida la fue alejando poco a poco de su grupo del barrio. Cuando estalló la Guerra de Malvinas tuvo noticias de Roberto, ya que fue uno de los pilotos que combatieron heroicamente contra la flota británica.

Se casó, tuvo un hijo y el tiempo siguió pasando. Ahora, madura, intenta rastrear sus viejos amigos de infancia y juventud a través de las redes sociales.  Una nostálgica tristeza la invadió ayer, cuando se enteró de la muerte de Sergio Denis, no podía entender el porqué, hasta que se dio cuenta de que era tan parecido a ese amor de juventud, cuyo nombre no recuerda.

 


Consigna LN 8 Escriba un relato combinando analepsis y prolepsis. (1 página)


Buenos Aires, París, Roma

Mientras hacía la cola para registrarme en la ventanilla de Air France, miraba de reojo todas las caras de mis futuros compañeros de vuelo para asegurarme que no hubiera árabes: ni verdaderos, ni presuntos. Tomaría un avión a Roma con escala en París apenas unos días después de haber visto desmoronarse las Torres Gemelas en un vértigo de pantallas. Una pesadilla hecha realidad. Tenía miedo, aunque trataba de simular que era solo agitada expectativa por el viaje. No era la única, todos los pasajeros se mostraban tensos, inquietos.

La empresa me mandaba por un mes a la sede de Roma. Era un momento decisivo en mi carrera. ¡Y justo se les ocurría a los talibanes perpetrar un atentado! ¡Me cago en su sentido de la oportunidad! Tuvimos una ríspida reunión familiar en torno a la mesa de la cocina, nuestro lugar de encuentro. Raúl y nuestros hijos me pidieron, me rogaron que rechazara la propuesta. No valía la pena correr tanto riesgo. ¿Quién no lo comprendería? Pero no podía, no quería perder esa gran posibilidad. Me puse firme como nunca. Les pedí, les rogué, les exigí que me entendieran:

-Soy más que esposa y madre, soy profesional, amo lo que hago y este paso me catapultará.

-Tu ambición… en este momento… no la entiendo. ¿Sabés?, no te entiendo -dijo Raúl y nos dejó con un portazo.

-¿Y si hubiera sido al revés? -grité atravesando la puerta -¿si hubiera sido tu viaje?

Era uno de esos momentos de mierda en los que si haces una cosa, te sentís culpable y si no la haces, una boluda.

Me acomodé en mi lugar junto al pasillo, el asiento a mi lado estaba vacío. Respiré aliviada: no tenía ganas de charlar con nadie, ni compartir angustias.  Quería saborear esa sensación de orgullo que me invadía, a pesar de todo. Por haber tenido el coraje de emprender esta aventura, por no achicarme, por hacer mi primer viaje sola, sola para trámites, acarreo de valijas, y solución de problemas, me sentía una verdadera mujer.  Después de cenar, con el vino y la pastilla empecé el conteo regresivo antes de dormirme:

-Mamá ayudará a Raúl con los chicos. Van a estar ocupados con el cole y el deporte. El ambiente sociopolítico se va a calmar.  Raúl me va a extrañar y se va a alegrar de mi éxito en Roma. Va a venir a buscarme. Tendremos un sexo deseado y esperado como de adolescentes. Iremos a recorrer Italia en una Cinquecento-pensaba como si contara ovejitas, y me dormí.

Me despertó el carrito del desayuno, y en breve, ya estábamos carreteando en el Charles De Gaulle.  Pienso que hasta la tripulación agradecía a algún dios el no haber explotado por los aires. Tenía dos horas de escala. Los laberintos del aeropuerto encantaban con su glamur; me desplazaba en el país de las maravillas hacia la puerta desde donde partiría mi avión a Roma. De improviso, los vi: unos tipos grandotes como gigantes, fuertemente armados y con uniforme de fajina ocupaban la sala de espera.  Mi respiración se paró; el corazón me latía a mil; una ducha de adrenalina. La imagen de mi marido y mis hijos despidiéndome en Ezeiza estalló como un cristal. Sin embargo, la gente parecía segura, confiada. ¡Qué extraño!: semejante despliegue militar significaba que algo terrible había pasado. Me di vuelta para volver sobre mis pasos, solo quería escapar.

-Señora, estamos filmando. Es solo ficción. Tranquila -me dijo uno de los gigantes, que olió mi pánico.

Me senté aliviada, ridícula. Calmé mis signos vitales anticipando mi llegada a Fiumicino: buscaría un teléfono público, llamaría a casa, no contaría nada de los gigantes en fajina, les diría que estoy de maravillas y que los extraño.

 


Copyright©Adriana Corral

Junio, 2020.  Todos los derechos reservados por su autor

Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor