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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento. Técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo VII  Focalización

Consigna F 2 Completar el fragmento siguiente desde el punto de vista de un narrador en tercera persona, visión con o cuasi omnisciente. (Máximo 1 pág.)


Tengo el defecto de distraerme cuando las conversaciones se prolongan alrededor de un tema que me parece agotado.

A Diana le gustaba hablar de sí misma, pero disimulaba esta disculpable tendencia disfrazando sus experiencias personales en teorías colectivas e irrefutables.

Historia de un amor, en Crónicas del amor, de Silvina Bullrich


Leandro la mira detenidamente de todas formas. Ella en un cómodo sillón de paja bajo la sombra de un sauce. Él recostado en un tronco, sobre el césped. Los demás en ronda observando su habitual protagonismo e intentando ganar en una competencia no explícita. Cerrando los oídos a su charada, Leandro concentra la atención en la curva de sus pantorrillas pendulantes desde una rodilla apoyada sobre la otra. Con cada ida y vuelta en vaivén, las puntillas de encaje de la falda varían su posición. Sopla, jugando a elevarlas un poco, y la brisa de la tarde lo acompaña en la travesura por décimas de segundo que ponen en su campo visual las pelusas claras sobre los muslos de Diana. Para apaciguar una erección, cambia el objeto de su deseo visual y se detiene en el cuello. Muerde una brizna de pasto que lleva a los labios. Pinta con esa finísima brocha, con mucho cuidado y lentitud, las líneas de los músculos desde las pétreas clavículas femeninas hasta el lóbulo de las orejas. Los bucles trigueños se interponen alborotados e impiden que las espiguillas de la brocha hierba penetren entregando el mensaje a sus tímpanos. La imagen yergue nuevamente el interior de los pantalones y eleva sus rodillas para ocultarlo.

 

Toda la acción se desarrolla a partir de la discusión sobre la palestra, a la vista de todos.

Diana sonríe, gesticula, se dirige sólo a sus interlocutores. Su mirada se enfrenta a sus oponentes y rie victoriosa en cada oportunidad.  En la observación cuasi omnisciente de Leandro en un margen extremo de su campo visual, quieto, con todo tu cuerpo en tensión mantenida. Diana evita mirarlo. Él no se mueve. Sin embargo todo en él es dinámico.

 


Consigna F 3 Completar el fragmento siguiente desde el punto de vista del narrador en tercera persona, visión detrás u omnisciente. (Máximo 1 pág.)

Siempre quise a Paulina. En uno de mis primeros recuerdos, Paulina y yo estamos ocultos en una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra. Paulina me dijo: Me gusta el azul, me gustan las uvas, me gusta el hielo, me gustan las rosas, me gustan los caballos blancos. Yo comprendí que mi felicidad había empezado, porque en esas preferencias podía identificarme con Paulina. Nos parecíamos tan milagrosamente que en un libro sobre la final reunión de las almas en el alma del mundo, mi amiga escribió en el margen: "Las nuestras ya se reunieron". "Nuestras" en aquel tiempo, significaba la de ella y la mía.

En memoria de Paulina, Adolfo Bioy Casares


Adolfo siempre amó a Paulina.

Paulina siempre amó a Adolfo.

El amor suele durar toda la vida, incluso por otras vidas, o por la eternidad. Así el encuentro haya durado un fragmento de tiempo tan corto como los minutos que se tarda en develarse uno al otro bajo una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra.

Este fue el caso.

Adolfo buscó el alma de Paulina en muchos rostros que no la contenían.

Paulina se contentó con haberlo conocido cuando su cuerpo comenzaba a salir de la infancia y se rindió sumisa al matrimonio que arreglaron sus padres.

¿La reunión de las almas precisa del ajuste mutuo de los cuerpos para que se trate de amor?

No fue el caso.

Pasar la yema de los dedos sobre la tinta en el margen de un libro, cuyas letras compartieron, fue por muchos años el vórtice que los deslizaba a ese lugar. En cualquier situación presente, acariciar la tinta sobre el amarillento papel era suficiente para alejarlo completamente de la realidad. Tener nuevamente trece años. Sentir su cabello en el hombro. Observar las gotas de transpiración recorriendo sus brazos y su bozo mientras leían juntos y hablaban de caballos y rosas blancas. Amar sin posesión. Sin acecho. Sin galanura. Sin ego. Embeleso natural, total. Admiración. Sacrificio. Todo uno puesto en el bienestar del otro, sin deseo de retornar a uno mismo.

Un simple apoyo mutuo de cabezas y tomarse de las manos fue la consumación.

¿Fueron felices? Sí. Claro. La felicidad es ese estado del alma en el que agradeciéndolo todo, nos unimos a la melodía universal de la creación. Adolfo y Paulina tenían mucho por lo que agradecer: una larga vida, sustento, cobijo, hijos sanos, frutos de su trabajo, amigos. Y el haberse conocido. Saber cada uno que el otro vive, es feliz, y se sueñan.

 


Consigna F 4 Escriba un texto en el que el enunciado sea polifónico. (Máximo 1 pág.)

MENTIRAS Y VERDADES EN POLIFONÍA

Otra vez se sienta a la mesa con la vista perdida en el celular. Este maldito aparato es ya una extensión de su mano. Odio que ni siquiera en este momento podamos mirarnos a la cara. Si no es el teléfono, es la tele, o la radio. Siempre otro objeto al que prestar atención manteniendo el mutismo entre nosotros. Silencio y soledad. Una casa enorme, vacía desde que no están los chicos. Otra vez mira mi celular con esa mezcla de odio y de reclamo. Está muy rica la sopa. Qué colorida la ensalada que preparaste. Algo debo decirle. Así se calma. Estoy harto de sus reclamos. La casa es grande. Cada uno puede vivir su vida tranquilamente sin molestar al otro. Qué necesidad hay de pretender hablar. Aldo, pasame la receta del budín de pan. Esperá, Edith. Estoy almorzando con ella. En un rato, cuando vaya a mi dormitorio seguimos charlando. Ahora no puedo. ¿Con quién hablás? No empieces. Me cansan tus celos ridículos. Hablo con los muchachos. Sí, claro. Si no tuviera nada que ocultar haría como yo, no pondría claves indescifrables ni se volvería loco cuando no lo tiene encima. Seguro habla con ella otra vez. La amiga. ¿No te alcanzaron cuatro horas en la oficina con ella, hoy, para tocar todos los temas importantes que tienen que acordar? Olvidate de Edith por favor, sólo somos amigos, sabés que es una buena mujer y casada. No la molestes. Vos y yo estamos todo el día juntos desde hace treinta años. Qué más querés. Que me ames como antes. Que hables conmigo, no con ella. Que hagamos cosas juntos. Que desees estar conmigo. Solo lo pienso. Me avergüenza expresarlo porque conozco su respuesta. Me siento tan indigna. Me hace sentir así. Obligándome a mendigar su atención. Me veo vieja, como si tuviera diez años más. Gorda, fea, desarreglada, fofa, mala persona. Todo junto. Cómo me va a querer. Qué hacés al lado de esa mujer, viejo, vos estás hecho un pendejo. Aldo, ¿ya podemos hablar? Te quiero contar algunas cosas. No puedo ahora. Yo te llamo. Cuando nos divorciemos quiero que vos rehagas tu vida. Quiero que te enamores y seas una mujer completa. ¿Qué te pasa? ¿Por qué decís eso? ¿Vos querés el divorcio? No, no quiero separarme ahora, pero es algo que puede pasar, deberíamos pensarlo. Claro, no quiere el divorcio ahora porque mi dinero mantiene la casa. No puedo ni ir a la peluquería sin que se arme un escándalo. Devolveme por favor mi tarjeta de débito. Es mejor que aprenda a valerme por mí misma si es posible que alguna vez nos divorciemos. ¿Ves? Me refriega que el dinero es suyo. ¡A mí no me comprás, eh! ¡Yo no estoy con vos por la plata! Quisiera decirle, pero me callo. Sería iniciar una guerra que no quiero. No ahora. Pasame el control de la tele, a ver que hay en las noticias. Te ayudo a levantar la mesa, mi amor. ¿Querés que veamos algo juntos? Elegí vos. No, elegí vos. Ya conozco como termina esto. Cada uno en su dormitorio. Más vale miro algo de porno en el celular. Una vez al mes, de mínima, le tengo que cumplir. Así está tranquila. Y no me jode. Otra vez a llorar sobre la almohada. El coito es un acto mecánico sin un ápice de cariño de su parte. Qué estoy haciendo acá, a su lado, entregando mi vida. Esto ya no va a cambiar. Qué estoy haciendo acá con ella. Es mejor que le pida de una vez que se vaya.

 


Consigna F 5 Escriba un enunciado en el que el narrador utilice la segunda persona e incorpore los siguientes personajes y acontecimientos: un obituario, una hija que se ha fugado de su casa, vive en una pensión y le escribe a sus padres reprochándoles los injustos castigos de que ha sido víctima cuando adolescente. (Máx. 1 pág.). Recuerde que generalmente el género epistolar o el diario es el más apropiado.

CARTA A NANCY

Lunes 2 de agosto de 2010

Papá se suicidó anoche.

Ya lo debes saber, Nancy. Supongo que pudiste ver los diarios, aunque no sé si lo haces.

Un disparo en la boca.

Envió un mensaje de texto desde el celular a cada uno de sus hijos.

A mí, no.

Te necesito cerca Nancy, para pasar por este momento.

Fuiste la única buscada a mi hermana menor, es el mensaje que más me lastimó. Solo relata lo fáctico. No me esperaba. No me deseaba. No quería tener un hijo con la mujer que me parió y me abandonó. Esto también lo sabes. Hemos intentado juntas hallar una explicación plausible a este evento tantas veces.

Esa sola frase borró de un plumazo los últimos dos años de encuentros filiales amorosos en el sofá compartiendo música, películas viejas, vino, delicatessen, memorias, sueños incumplidos, risas, caricias y adormecimientos en su regazo.

Se había ido.

De nada servían las frases queriendo explicarme que no había ni carta ni mensaje porque ya me había dicho todo. Lo habíamos hablado todo. Mutuamente perdonado todo.

El indigno a mi izquierda me susurra que no hubo mensaje como prueba de que yo no era su hija. El santo a mi derecha pretende callarlo con un: te amó y te dio su apellido. Fue un buen abuelo de tus hijos. La lucha entre ambos se desarrolla en una mente vaciada, en un cuerpo reseco y quemado.

Hubieras visto muchas coronas. Instituciones importantes grabadas en plata sobre cintas púrpura. Pocas personas. Yo, fingiendo el rol de hija de una familia feliz con su segunda mujer y mis hermanastros. Tú los conoces. Me hacía falta una cara amable.

Los amigos y conocidos de figura pública saludan sólo a ellos: los hijos oficiales. Después de todo a mí me escondieron siempre. Es una afrenta que me paren junto a ellos, tomada del hombro justo hoy. Como mostrando la magnanimidad de la Señora al público.

Nadie mejor que vos, Nancy, amiga de mi infeliz infancia, para comprender este juego perverso de relaciones familiares, pues fuiste testigo obligado del pasar de mis días en la calle, llueva o truene, en invierno o verano. Mi falta de hogar. Mi falta de todo. Una casa con una puerta con llave durante todo el día hasta el horario de regreso de papá de su trabajo, momento en que me permitían pasar para salvar las apariencias. Y yo tan cansada, sólo atinaba a ir a dormir. No quería ser espectadora de la mesa amorosa entre ellos. Ni servirla, ni retirarla. Vos en ese tiempo, acompañándome, compartiendo tu madre, tu cama, tus cosas.

Llevo su apellido. La mano en mi hombro y posar con su cadena de oro ante todos no es una muestra de aprecio. Es de miedo. La ley ampara mis derechos. Puedo causarle muchos dolores de cabeza y pérdidas que no está dispuesta a aceptar. Ella sabe que lo sé. Me teme. Me ha temido siempre.

En particular desde que a los once años mostré mi hartazgo y fortaleza huyendo de casa. Esta, la segunda vez que huía, tuve más claro cómo lograr escapar del destino que me asignaban. Tú, querida amiga, conoces mis reproches a papá porque han sido los mismos que tu santa madre se atrevió a formularle: abandono.

Mis reclamos a ti, papá, a los once años, sentada en el umbral de la casa de mi abuela materna, la única que se atrevió a recibirme, pasaron por todos los tópicos imaginables, con tanta claridad que no atinaste a decir nada. No negaste lo evidente. Te rendiste y me dejaste ir. Como siempre, arreglaste las cosas con dinero. Con una mensualidad para mi sostenimiento te deshiciste del problema y de tus obligaciones. Las que nunca habías cumplido al fin de cuentas.

Un prohombre de la política local fallece en trágicas circunstancias que están siendo investigadas.

Con congoja, una multitud de amigos y conocidos despide a un importante benefactor de las artes locales.

Una puesta más de la obra de teatro que ha sido nuestra vida.

Mi identidad se desintegró con ese tiro de gracia que te diste. Con él te has matado y me has arrastrado tras de ti. Tu herencia para mí ha sido el abandono perpetuo y el anhelo de concluir el dolor con un tiro de gracia.

 


Consigna F 6 Escriba un enunciado en el que el narrador sea testigo presencial. Incorpore los siguientes personajes: Paulina; hijo de Paulina (aproximadamente 35 años); Juan, el almacenero del barrio. (Máx. 1 pág.)

EL TESTIGO

 -Una lata de atún, por favor, una harina leudante y una docena de huevos.

 -Buenos días, Paulina. Se ve que ha llegado su marido, ¿verdad? El que come pescado es él ? no es el atún lo que me confirma su presencia de regreso en la casa, sino el moretón en la cara del pibe de Paulina. Tan buen pibe. ¡Si fuera mi hijo!

 -Elegite unos anzuelos y unas moscas entre las que llegaron nuevas. Si tenés ganas, nos vemos en el Tragadero, tempranito, mañana, antes que salga el sol, a ver si conseguimos algo.

 -No puede.

 -Paulina, déjelo. Usted estará muy ocupada estos días atendiendo bien al hombre de la casa. Permítame entretenerlo un poco.

 -El pibe me mira con miedo. No se va a animar a hablar. No lo voy a interrogar. Lo miro con cariño y comprensión. Tiene que sentir que no preguntaré. Sólo quiero protegerlo.

 -Usted ya sabe. Si necesita algo sólo tiene que cruzar la calle. Me entiende, ¿verdad?

 -Sí. Claro. Gracias. Vamos. No necesito nada. Pueden ir a pescar. Es mejor así.

 -Buenos días, Paulina. La galleta está buena hoy. ¿Le aparto medio kilo?

 -No. Sí. Está bien. ¿Tiene algo para los cólicos?

 -Tengo varias hierbas secas. Burrito. Cedrón. El preparado para infusiones de Doña Pepa. Ya sabe que por las lluvias no entran los camiones de abastecimiento, así que pastillas y gotas ya no queda nada. ¿Es hígado o intestino? ¿Su marido? A usted se la ve bien.

 -Deme el preparado de hierbas. Está cada vez peor. Vaya uno a saber que anduvo haciendo por el Paraguay para llegarse así, ni agua le pasa. ¡Ah! Se me acabó el raticida. Y ya sabe, la inundación las trae desde el monte.

 -Y sí, los bichos buscan la altura, vio. Un yacaré encontré en el excusado del patio. Algo de raticida aún me queda. Llévese también algo de fluido para echar alrededor de la casa. Espanta a los bichos rastreros. Serpientes, culebras, sapos, esas cosas, vio. Y el mitaí, cómo está. ¿No le habrán caído mal a su esposo los bagres que sacamos del Tragadero?

 -Qué dice, hombre. No. Este se vino enfermo no más. Sí, comió los bagres. Le preparé un buen escabeche. Pero un poco de verduras y picante no lo va a matar. Qué se piensa.

 -Le pregunté por el mitaí.

 -Mi hijo está ocupado. Por eso no sale.

 -Sí. Claro. Entiendo. Acá tiene todo. No use tanto raticida Paulina, se le acaba muy rápido a usted. Grandes y muchos deben ser los bichos en su casa.

Me mira como preguntándose qué quiero decir. Sí. Eso quiero decir. Vino de Paraguay enfermo. Mirá vos. Qué suerte para el pibe que a este no le queda mucho. Qué suerte para Paulina que la inundación nos tenga acorralados. Para cuando baje el agua, a nadie le va a importar uno menos. Después de todo. Varios muertos por envenenamiento va a haber con tanta serpiente en las casas.

 


Consigna F 7 Escriba un enunciado en el que el narrador omnisciente narre desde lo psicológico. (Máx. 1 pág.)

Elena fue una hembra de esas que cuando caminaba la tierra temblaba a su paso. Unas tetas mortales y un culo enorme que mantiene aún en sus cuarenta y tantos. Se casó con el Adolfo que lo único que destacaba en él era su facilidad para hacer amigos y compinches. Un idiota total con talento para el chiste que le valió ganar un  premio en Cosquín. El único logro de su vida. Por famoso cuentista, lo invitaban los politiquillos locales a sus festicholas. Se ganó su confianza. Y desde entonces hizo plata. Mucha plata. ¿Cómo? Vaya uno a saber. Tiene radio FM y todo. Desde la que se cuentan las hazañas de los licenciados y se les cantan loores por inaugurar una canilla o entregar guardapolvos. Es tanto lo que regalan al pueblo, que está justificado que se levanten semejantes mansiones y se queden con todas las tierras de alrededor. ¡Ma sí! Que roben. Por lo menos reparten bien las bolsitas de mercadería, la leche, los condones en el hospital, la nafta los fines de semana. Los pibes tienen asegurados el chupi, el sexo protegido, y la pastilla del día después, gratis, si hace falta. Comer todos los días, el fútbol, una fiesta con música cada fin de semana. ¡Para qué vamo a laburá! ¡Ya tá papá! ¡Viva el Capanga! ¡Viva el Alberto! Así pensaba Elena. Los hurras al Alberto los dirige ella desde la radio. Es el cerebro detrás del idiota. Maneja su economía. Compra lechuzas para espantar la mala suerte; elefantes con la trompa levantada para atraer dinero; cuernos de la abundancia para que ésta llegue; espejos de colores para colgar frente a las puertas de acceso a la casa para que la abundancia y dinero que llegan –merced a los elefantes y los cuernos– queden aprisionadas dentro por la reflexión de los espejos. Y, claro, asegurarse que las intenciones de quienes ingresan les reboten en el alma y no los perjudique. Ella es la que intuye las intenciones de las personas. Ese don lo heredó de su abuela. Ella conoce el corazón. Se los lee en los ojos, en las arrugas de la cara y en las manos. No faltan las malas lenguas que dicen que la guita del Adolfo en realidad la hace ella con esas artes que tiene. No. No me refiero a leer las almas. Me refiero a las tetas, el culo, y lo que sabe hacer con ellos. En fin. Como en todo pueblo chico, se tejen historias fantásticas merced a la envidia.

El tema es que el Adolfo se murió de un paro cardiorespiratorio.

Acá todos se mueren de paro cardíaco. Si antes del paro tenían dengue, sida, una bala en la cabeza, no es importante. Se detuvo el bobo y listo. A otra cosa mariposa. Así que, que lo mató al Adolfo, vaya uno a saber. Quizás por eso se inventan tantas historias, porque la verdad nunca es evidente.

La que tenía que estar feliz era la Elena. Se quedaría con todo.

Pero ni habían metido el cajón en el estropicio de barro que es en esta época el cementerio local, que los acreedores se presentaron toditos a cobrar deudas que la Elena no conocía. En cuanto fue al banco se encontró con las cuentas vaciadas. El escribano, medio sin saber cómo explicar, le negó acceso a las propiedades que creía le pertenecían. Sólo la radio y la casita de atrás que compartió con el marido. Los contactos políticos seguían intactos, eso sí. Bastaba leer los obituarios en los medios locales. Las coronas de flores que le habían llevado necesitaron tres vehículos para transportarlas.

La Elena se encontró con bienes a nombre de su sobrina. Una réplica suya con veinte años menos. Con el mismo cabello negro ondulado, los ojos miel, el resto de sus curvas. Y sus artes, claro. La nena pasaría muy bien el resto de la vida, parece. A mí  no me consta. Yo repito lo que se dice en el pueblo nomás.

Desde ese día, la Elena se pasa rumiando encerrada. O visita la capillita del San Justo y el San Expedito. Compra velas de varios colores. Se encierra de nuevo. No quiere ver a nadie. No atiende el teléfono. La radio marcha igual. Pero algo no está bien en su cabeza. Algo se le despertó cuando salió de la oficina del escribano. Ella sabe cosas. Sabe que fue lo que pasó. O cree saberlo. Ella conoce algunos gualichos. Los que usaba la abuela, o la tatarabuela. Está segura que la nena sabe cómo usar ciertas cosas. La desplazaron. Y no se había dado cuenta antes. Pero la nena está maldita. Es un demonio. Ya cree tener las pruebas del delito. Hay que proteger al Alberto de semejante guacha. Después de todo el Alberto también era suyo. Que se preparen. No saben a quién despertaron.

 


Consigna F 8 Escriba un enunciado en el que el narrador protagonista tenga el punto de vista del protagonista (soliloquio), monólogo interior directo. (Máx. 1 pág.)

Ella pretende quedarse con todo. No lo voy a permitir. La esposa soy yo. Todo es mío. Se cree que porque es joven y mi sobrina me voy a callar. Está equivocada. Todo tiene un límite. Las cuentas llegan a casa y no tengo cómo levantarlas. Los bienes están a su nombre. Ella lo engualichó. Estoy segura. No hay otra manera que Adolfo haya sido tan idiota de poner todo a nombre de la pendeja y dejarme sólo el negocio de la radio y la casa en la que vivo.

 -Será cierto que nada es suyo? ¿Que todos los bienes son del Capanga, y era testaferro? Pero ¿por qué ella seria la nueva poseedora oficial? Debe complacer muy bien al Alberto, al Capanga. Hija de re mil putas. Si tuviera veinte años no estaría pasando por esto.

Los engualichó a los dos. La odio.

 -Hola querida. Tomemos unos tererés en la oficina de la radio. ¿Te parece? Me arreglás las uñas como siempre y charlamos.

A mí no me jode. Esta pendeja es un demonio. Adoradora de San La Muerte. Seguro encargó un trabajito. Pero a mí no me va a engualichar con esa sonrisa amorosa. O me cede todos los bienes por escribano o la mato. No sabe con quién se metió. A mí no hay San La Muerte que me asuste. La guita es mía.

 -Hola, tía. Traje limones y burrito para el tereré, como te gusta.

Los gritos se oyen a decenas de metros.

Cuando la policía llega, el escenario es infernal.

Trozos de su cuerpo empapelan el techo y las paredes. Todo, literalmente todo, cubierto de sangre. Ella está erguida en el centro con el machete tomado de las dos manos. No se mueve. Se ve victoriosa y sonriente.

?Díganle al Capanga que lo liberé del embrujo. Esta no jode más a nadie. Hice justicia. Él me va a proteger.

 


Consigna F 9 Escriba un enunciado en el que el narrador haga una mirada esterocópica. (Máx. 1 pág.)

LA LUZ MALA

 -Yo sé bien lo que te digo. Había luces anoche, por el oeste, por el bañado. No eran luces de autos. Esas se mueven en línea recta, aunque por áhi la tapan las arboledas bajas.

 -Te digo que no. Que era una sola luz. Como los otros días. Como un farol que baila bajo, así, como mostrando algo. Aparece y desaparece ? Gabriel, mirando por la ventana de la cocina hacia la ruta intenta dilucidar la cuestión discutiendo con su padre.

 -Por eso no creo yo eso de que fue el chupacabras el que le hizo eso a la vaca de Aparicio. No señor. Acá hay algo más. Acordate, si no, de los terneros de Aroldo, que se esfumaron toditos juntos. Y en agosto, cuando empiezan las luces ? Enrique, como buen gringo bien criado no da crédito a los mitos populares. Hay algo más.

 -Ver para creer ? es todo lo que acota Honoria, la mamá, lavando los platos.

 -Yo por las dudas, si me toca ver una, como anoche, rezo un Padre Nuestro y muerdo bien fuerte la vaina de mi cuchillo. No sea que al ánima se le dé por venirse donde estoy. ¡No! –Froilán, correntino, peón de estancia, se santigua  por las dudas.

 -De la vaca, junto al alambrado del oeste, sólo quedaron la cabeza, las patas y las tripas, todas desparramadas. Estaban calientes aún cuando pasamos, amaneciendo, para arrearlas hacia el ordeñe. No tenía lengua ni ojos. Y las tripas calientes. Hacía un ratito que pasó todo ? Enrique aporta los datos fríos.

 -Si era el chupacabras tenían que quedar el cuero y los huesos, porque ese se toma la sangre del animal y por áhi se hace el gracioso llevándose una partecita. Pero no ? Froilán sabe de duendes, ánimas y otras leyendas.

 -Ahora, si era no más la luz mala, el farol de mandinga, áhi ya es otra cosa. Quizás la pobre se paró justo donde el ánima marca su tesoro. Vaya uno a saber si la ofendió o que, parándosele encima, y por eso la mató. Era justito por donde la ví a la luz ? Gabriel, a pesar de su robusta rubicundidad, se crió oyendo historias con los cosecheros y los indios ? Cuentan que también a Aroldo, en el otro campo, junto a la ruta nueva, algún bicho raro le carneó una vaca en el mesmo campo. Le dejó la cabeza sin lengua, las patas y el cuero. Junto a la ruta también. ¿Te das cuenta?

 -Parece que justo ahora, que subió la carne en el pueblo, se le da a los bichos por aparecer. Por qué no se le aparecen a los carniceros del pueblo en sus campos, digo yo. Andá a saber qué embrujo andan usando esos. La próxima vez que los vea pasar con sus camionetas y sus rifles buscando caza les viá preguntar. Demasiada casualidá.

El silencio permite rumiar los pensamientos que la casualidad despierta. No es novedad el robo de ganado. Pero ¿carnearlo en los propios campos de sus dueños? ¿Será posible? No. No han de ser tan osados. Debe de ser otra cosa.

 -Y, es agosto, que se le vá hacer ? Sentencia Honoria, resignada.

 


Copyright©Delia Plazaola

Diciembre, 2019.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor