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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento. Técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo VI La trama

Consigna T 5 A partir de los datos del inicio que se transcribe, organice una trama y escriba un relato. (Máx. 1 Pág.)


El coronel volvió a abrirse paso, sin mirar a nadie, aturdido por los aplausos y los gritos, y salió a la calle con el gallo bajo el brazo.

Todo el pueblo –la gente de abajo? salió a verlo pasar seguido por los niños de la escuela. Un negro gigantesco trepado en una mesa y con una culebra enrollada en el cuello vendía medicinas sin licencia en una esquina de la plaza. De regreso del puerto un grupo numeroso se había detenido a escuchar su pregón. Pero cuando pasó el coronel con el gallo la atención se desplazó hacia él. Nunca había sido tan largo el camino a casa.


-Me miran todos, como si supieran, -pensó el coronel mientras subía la cuesta acezando, y tratando de esquivar las piedras más grandes que se le incrustaban en la planta del pie derecho, justo donde la suela del zapato tenía el agujero.

Enfiló directo hacia el corral. Si la suerte estaba de su lado, su mujer estaría tan atareada con los preparativos del almuerzo que ni siquiera se daría por enterada. Cuando estuvo completamente rodeado por animales de dos y cuatro patas, sopesó a todos hasta que se decidió por un corderito blanco nieve, que dormía plácidamente junto a su madre. Lo cargó bajo el brazo, con la mano libre le apretó el hocico para que no berreara y partió de nuevo hacia el puerto. Cuatro penosos viajes, ida y vuelta por la cuesta gredosa, tuvo que hacer el coronel, salía del corral con un animal bajo el brazo y al rato volvía con el mismo animal.  El segundo y el cuarto viaje, una chiva y una oveja (la mamá del corderito blanco), no le costaron tanto como el tercero en el que dos conejos machos lo arañaron tanto como pudieron. Para el quinto viaje ya estaba anocheciendo, el chancho que llevaba bajo el brazo pesaba como el mismo infierno, y el coronel, bañado en sudor y con el cuerpo pegoteado del hedor mezclado de todos los animales que había transportado, estaba a punto de darse por vencido.

Todo el pueblo –la gente de abajo? lo vio pasar por la plaza, muy sonriente y con las manos cruzadas en la espalda. El coronel, con los brazos lastimados y adormecidos, se detuvo en la esquina donde el negro seguía con la culebra enrollada en el cuello y vendiendo medicinas sin licencia. Volvió a transpirarse cuando el grandote lo miró y le guiñó un ojo.

-¿Y si…? -pensó el coronel, pero dio media vuelta y rumbeó de nuevo para su casa, absolutamente convencido de que el precio que tuvo que pagar por el silencio del marinero que los vio salir la noche anterior del camarote del barco anclado en el puerto, había sido muy superior a la noche de amor que habían pasado juntos.

 


Copyright©Diana Cornejo

Marzo, 2019.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.