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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento. Técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo I La narración

Consigna LN3


Madame Bovary,   de Gustave Flaubert 

[... Carlos bajó a la sala, en la planta baja. En una mesita situada al pie de una gran cama con dosel cubierto de tela estampada con personajes que representaban a turcos, había dos cubiertos con vasos de plata. Se percibía un olor a lirio y a sábanas húmedas que salía del alto armario de madera de roble situado frente a la ventana. En el suelo, en los rincones, alineados de pie, había unos sacos de trigo. Era el que no cabía en el granero próximo, al que se subía por tres escalones de piedra. Decorando la estancia, en el centro de la pared, cuya pintura verde se desconchaba por efecto del salitre, colgaba de un clavo una cabeza de Minerva, dibujada a lápiz negro, en un marco dorado, y que llevaba abajo, escrito en letras góticas: «A mi querido papá.»... ] 

 

Mi texto: 

Como todos los días, Juan ingresó al viejo cafetín, saludó con un leve movimiento de cabeza al mozo y al encargado  y se sentó en la mesa que desde hacía más de cuatro años había adoptado como suya. La mesa once se encontraba pegada a  una de las dos únicas ventanas del establecimiento. Sus vidrios repartidos apuntaban a la calle y lucían una permanente mezcla de vaho y  suciedad que Juan había llegado a apreciar. Pensaba que ese singular detalle nublaba el exterior en la medida precisa que necesitaba, justo lo suficiente  para conferirle la privacidad y la abstracción que tanto valoraba. Algunos cuadros insulsos colgaban de las paredes grasientas e impregnadas de olores a café, humo de cigarrillo y perfume barato. En el centro del recinto se elevaban dos columnas cuadradas, con sus caras  cubiertas hasta la mitad con espejos, no mucho más limpios que los cristales de las ventanas y cuyo objetivo habría sido multiplicar un público casis siempre inexistente.

José: amigo, confidente ocasional y   mozo de tiempo completo; era un hombre de unos cincuenta años, entrecano, y de mediana estatura. Tenía en su mirada la   autoridad y confianza de aquellos que ya han perdido la cuenta de los años que llevaban ejerciendo su profesión.

Sin importar la hora del día, la escasa luz que se colaba por las sucias ventanas siempre  era de un color amarillento, pesado y cansado que jamás lograba superar en intensidad a la lumbre que  las gastadas lámparas del interior del recinto proporcionaban.

En aquel extraño lugar, el tiempo solo pasaba para los incautos comensales de  la mesa cuatro, desde la cual apenas podía divisarse el reloj de pared que colgaba en el fondo de la cocina. (Patricia, se que el último párrafo desentona con el estilo narrativo encomendado, pero no logré resistirme y me permití la licencia...)

 

Eugenia Grandet, de Honoré De Balzac

[...Ahora podemos comenzar a comprender el valor de estas palabras: la casa del señor Grandet y lo que representaba aquel inmueble descolorido, frío, silencioso, situado en lo alto de la ciudad y abrigado por las ruinas de las murallas. Los dos pilares y el arco que formaban el hueco de la puerta habían sido construidos, como la propia casa, en toba, piedra caliza que abunda en las riberas del Loire, tan blanda que su duración media es de unos doscientos años. Las grietas numerosas y desiguales que habían abierto en ella las lluvias y los vientos daban al arco y a los jambajes de la puerta la apariencia de las piedras vermiculadas de la arquitectura francesa y un parecido con el pórtico de una prisión. Sobre la cimbra aparecía un largo bajo relieve esculpido en piedra dura que representaba las cuatro estaciones y cuyas figuras estaban gastadas y ennegrecidas. El bajo relieve estaba coronado por un plinto saliente, sobre el que crecía una vegetación sembrada por la casualidad: ortigas amarillas, corregüelas, convólvulos, llantén, y un pequeño cerezo ya bastante espigado. La puerta, de roble macizo, parda, reseca, resquebrajada por todas partes, estaba sólidamente sostenida por sus pernos que formaban dibujos simétricos. Ocupaba el centro de la puerta falsa una reja cuadrada, reducida, de barrotes espesos y rojos de herrumbré que servía, por decirlo así, de motivo a un picaporte que pendía de ella mediante un anillo, y golpeaba sobre la cabeza gesticulante de un gran clavo. Tal picaporte, de forma oblonga y del género que nuestros antepasados llamaban jaquemart, asemejaba un gran punto de admiración; examinándolo despacio, un anticuario habría llegado a descubrir vestigios de la figura esencialmente grotesca que representó en otro tiempo y que el uso prolongado había llegado a borrar. Por la rejilla destinada a reconocer a los amigos en tiempos de las guerras civiles, podían divisar los curiosos, en el fondo de un paisaje, abovedado, oscuro y verdoso, algunos escalones gastados por los que se llega a un jardín, cercado por muros recios, húmedos, llenos de rezumos y de matas de arbustos enfermizos…]

 

Mi texto: 

Con el discurrir de  estas líneas, te regalaré una buena  parte de la casa de mi infancia. Los aromas, sin embargo, me pertenecen. Situada en el corazón del  barrio se encontraba mi casa. La fachada era sobria e imponente, de sólidos ladrillos cocidos del color del tiempo, separada de una tímida cerca  por tres metros de jardín que mi padre se esmeraba en mantener muy cuidado y del cual aprovechaba para presumir, ante los vecinos comedidos, cada vez que podía. Vestían el jardín un par de retamas ubicadas a cada uno de los lados del camino de grava que comunicaba la puerta de entrada con la de la cerca de madera pintada de blanco, año tras año. En el lateral izquierdo y tapando casi la totalidad de una de las tres ventanas del frente, un pino que había visto el nacimiento mismo de la casa. En el centro una fuente de agua con el más común de los angelitos y que alguna vez habría sido  el distintivo de la casa, pero que hoy, gracias a las raíces del pino que no deja de reclamar su señorío en el jardín, se encuentra en una ángulo imposible. Al frente y acariciando toda la extensión de la cerca, una ligustrina, que todos mis hermanos, crecieron aprendiendo a podar...

 


Consigna LN 4 Redacte dos textos (máx. cada uno de ellos: ½ pág.). Uno de los textos deberá ser el tiempo del relato y el otro, la cosa contada.


TIEMPO DEL RELATO: “[…] Esta será la moralidad de esta aventura que me permito contar porque se repite actualmente en todos los salones de París.” (Estudio de mujer, LA COMEDIA HUMANA, H. de Balzac)


TIEMPO DEL RELATO

Empotrada  en la pared del viejo túnel de subte, que solía  ir  de Constitución a Retiro, existe una extraña  puerta de lata, oxidada, gastada y sin picaporte.  Detrás de ésta, se encuentran  las tres personas que el destino se ha encaprichado en reunir. Permanecen ocultas e  intentan recuperar el aliento.  La parpadeante  lumbre de una vela improvisada ilumina sus rostros desencajados. Ella se llama Sofía. Él se llama  Franco y poseen la frescura y belleza característica de quienes aún desean  festejar sus cumpleaños. Entre ambos jóvenes no superan  la edad del tercer individuo que los acompaña, como  tampoco logran tapar el hedor que éste despide. Se miran incrédulos. Se niegan a aceptar  que el  vagabundo que tienen en frente sea aquel  legendario hombre  que tanto han buscado.

El vagabundo tiene la mirada cansada pero clara, y puede  leerlos a ambos con la misma  facilidad con la que se leería  un simple libro. Se encuentra dolorosamente consciente del escaso tiempo que les queda antes de ser cazados. Entonces, les regala la mejor y, quizás también, la última de sus sonrisas. Sin dejar de observarlos;  con voz clara, fresca y segura que oculta una indiscutida autoridad, les habló.

¿Quizás se pregunten cómo es posible  que aquel que afirma sostener sobre sus espaldas el peso de una buena parte de los tristes acontecimientos que hoy nos  atormentan a todos tenga este lastimoso  aspecto e inspire tan escaso respeto?

Sin embargo, no se dejen engañar por esta inofensiva imagen, pues nadie más que yo ha sido el protagonista de la historia que intentaré resumir en estas últimas tres horas que nos queda de vida.  ¡Si!   Solo yo.  Víctor, “El asesino de ángeles” conozco  la verdad de los hechos. Y pese a que, lo confieso, me arrepiento de muchas de las decisiones tomadas en el lapso de aquellos  años; hoy reviviré para ustedes, de manera cronológica, todas y cada una de ellas tal cual sucedieron,  cruda, directa y dolorosamente. Lo que les contaré a  continuación es la pura  verdad. Abandonen  pues, todos esos prejuicios que en torno a mi persona se han tejido para que pese al inminente final,  perdure en el tiempo mi historia. Escuchen con atención; ya que de ella podrán  deshilachar aquellos  hilos con los que luego tejerán las claves que los ayudará a terminar con esta insólita guerra.

Hace ya dieciocho siglos, yo tenía el espíritu joven y limpio;  pensaba que podría […]


TIEMPO DE LA COSA CONTADA:

Para cuando  Víctor  recobro la conciencia los rayos de sol apuñalaban el verde prado. Las imágenes borrosas y confusas que se materializaron con pereza entre las patas de su caballo y el pegajoso y tibio líquido que empapaba  su cabeza y colmaba su boca de un  sabor a hierro;  le dieron a entender   el    trágico resultado de lo  que debería  haber sido una simple negociación la noche anterior.

Así como estaba, colgado por su estómago, sobre el lomo de su caballo, hurgó entre los desordenados pedacitos de recuerdos que tenía. Imágenes sueltas y nada agradables le confesaron que las cosas no habían salido del todo bien. Al querer incorporase, su mano busco el pomo de la montura, pero solo encontró el frío mango de "Zeira".  Concluyó entonces, que las cosas habían salido todo lo mal que podían salir.

Zeira, una de las tres antiguas armas capaz de matar un ángel. Forjada por los mismísimos herreros Eitri, Brok y Buri. El objeto capaz de desatar la ira incontrolable de los ángeles.

Zeira continuaba con él, orgullosa y desafiante.

El mismo detalle que le ayudó a  deducir el tiempo que llevaba inconsciente fue el que provocó que el terror se apoderara  por completo de él. Observó con estupor cómo los centímetros  de la afilada hoja de Zeira, que asomaban de su vaina, estaban manchados de sangre ya seca.  Entonces comprendió dos cosas: primero, que llevaba inconsciente por lo menos un día completo. Segundo, que ya estaba prácticamente muerto. Nadie usaba esa espada sin meterse en serios problemas.

Así había comenzado el día que cambiaría  radicalmente el curso de la historia.

El sol poniente se colaba entre las copas de los árboles, como finos y tibios  filamentos  rojizos y anaranjados. La monotonía del galope y el cansancio de un cuerpo que acusaba una dura batalla habían  puesto a Víctor en una especie de trance. De repente y sin previo aviso, se vio envuelto en una cascada de imágenes y recuerdos de la noche anterior.  Entendió pues la razón de que Zeira aún estuviera en su poder. También recordó de qúe manera su hoja había probado la sangre humana. Y por ultimo, comprendió que dar a cambio su propia vida sería un bajo precio por evitar el mal que se avecinaba.

Desapareció todo cansancio y toda duda. Sabía que disponía de menos de una hora para llegar al poblado más cercano. Debía advertirles a todos. Esta vez, la noche no solo traería oscuridad...

 


Consigna LN5 Evoque algún recuerdo, utilice el recurso de analepsis, y redacte una narración base. (1/2 página)

Entonces yo no lo sabía, no lo conocía por ese nombre. Sin embargo, el caminar durante horas y horas por las vías del tren,  ver uno a uno los borrosos durmientes desaparecer y percibir cómo poco a poco se degradaba todo aquello que me rodeaba  provocaba en mí la misma ataraxia que hoy solo consigo mediante  la meditación.

Veintitrés  kilómetros  de vías férreas  separaban el pueblo de aquello que había comenzado  como  un escondite, luego como un refugio y que por último se había terminado por convertir  en  mi hogar.  Recuerdo que   pasaba varias horas del día transitando aquella distancia. En  ese tiempo  había aprendido a mirar de distinta manera a los elementos del singular paisaje. Algunos de orden natural y otros  artificial: un herrumbrado  arado, un viejo roble, tan viejo como todos los robles, un inexplicable  pedazo de muelle y también una pequeña ventana alojada  en el último trozo de pared que quedaba en pie.

Había dotado de carácter y personalidad a cada uno de ellos. Les había tejido  elaboradas historias que justificaban su fin.   Es así cómo  aquel pedazo de pared tenía como único propósito  contener  la ventana por la cual yo podría  saltar,  cuando fuese necesario, y así escaparme al reinado del emperador amarillo.

Ignoraba también  que al observar  durante demasiado tiempo el abismo, luego será  él  quién te observe.   Y pese a que, con solo catorce años, yo me sentía tan insoportablemente libre como solo; cuatro guardianes me miraban y me cuidaban desde las márgenes de las vías del tren.

 


Copyright©Marcelo Gabriel Federico

Mayo, 2018.  Todos los derechos reservados por su autor

Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.