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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo IX Una escritura palimpestuosa

Consigna: veintiuno Elaborar un nuevo relato, cambiando el final, o algún otro elemento, de “Hombre de la esquina rosada” de Jorge Luis Borges, “La noche boca arriba” de Julio Cortázar o “El perjurio de la nieve” de Adolfo Bioy Casares con el fin de darle un nuevo significado a la narración. La idea es que la nueva versión se oponga en algún aspecto al texto original elegido para hacer el trabajo. (Extensión máxima. 2 ½ carillas)


TRES GUAPOS Y LA LUNA DE ARRABAL

Claro que conocí al finado Francisco Real. No era del barrio, venía de más al norte. Lo vi unas tres veces en una misma noche que no se me olvidará, porque fue la noche que estuvo en peligro el prestigio de Rosendo Juárez.

 

Rosendo Juárez, el Pegador, era un tipo que pisaba fuerte en Villa Santa Rita. Hombre curtido en el uso del cuchillo. Sabía llegar de lo más paquete al quilombo haciendo gala de su saíno oscuro, con cabezada pretal y estribos de plata. Los hombres, las chinas y hasta los perros lo respetaban. Nadie ignoraba que tenía dos muertes encima. Todos los mozos le copiaban su forma de andar, de hablar y hasta de escupir. Yo admiraba su chambergo alto de ala finita, y desde muchachito quería ser como él. Muy mentado y hasta temido en el barrio y, por lo mismo, muy  suertudo con las mujeres. Todas querían tener algo con él, a pesar de sus años cuando ya había superado los cincuenta.

El clima del lugar cambió esa noche cuando aparecieron unos tipos que llegaron haciendo bullicio. Hacían sonar las guitarras cruzándose por la plaza. Iban en un carro medio destartalado, aunque tirado por un moro de buen porte.

En el medio iba silencioso el Corralero, de tantas mentas en la zona norte. Se le notaban las intenciones, venía a pelear y a matar, ya que estaba en territorio de otro caudillo.

En el salón de doña Julia, que era un galpón de chapas de cinc donde se armaban las milongas, estaba, apoyado en el mostrador tomando su caña, Rosendo con la Lujanera. Todas las mujeres la miraban con envidia, ya que la Lujanera era la mujer de Rosendo, y a pesar de los desaires de él, siempre estaba dispuesta a todo por estar a su lado.

El baile estaba que ardía, la caña y el tango se escuchaba desde lejos en esa noche clarita y con una brisa que ayudaba a no sentir tanto el calor que provocaba el girar moviendo las patas al compás de la música.

De pronto se sintieron unos golpes fuertes en la puerta y un tipo apoyado como anunciándose que había llegado. Era grandote, vestido de negro, más o menos de la edad del Rosendo. El baile se cortó en seco y el forastero comenzó a caminar pasando por el medio de los bailarines. Mientras iba cruzando el salón lo escupían, le pegaban manotazos, hasta ponchazos, pero éste los ignoraba. Cuando me quise cruzar en su camino me encajó un empujón sacándome del medio, y yo me quedé en el molde porque entendí que conmigo no era la cosa. Seguía derechito para donde estaba el Rosendo. Cuando lo enfrentó le dijo con las manos en jarra: —Soy Francisco Real, vengo del norte y me dicen el Corralero. Andan diciendo por ahí que usted tiene fama de buen cuchillero, y que le dicen el pegador. Vengo a que me demuestre si es verdad lo que se comenta.

 De reojo la miró con malicia a la Lujanera, como para provocarlo más al Rosendo. Ella sólo agachó la cabeza en señal de la fidelidad a su hombre.

Todos esperábamos a ver qué respondía el Rosendo, que se acariciaba la pera y lo miraba serio al Corralero, como midiéndolo. No dijo nada por un momento hasta que se sintió su voz ronca: —No tengo nada que demostrar a ningún cajetilla, pero tampoco me voy a achicar. Así que vamos nomás para afuera. Eso sí, los dos solos. Esto es asunto entre dos guapos, y no necesita padrinos como en los duelos del centro.

Los dos salieron y agarraron para el lado del arroyo. Los que estábamos ahí quedamos sin palabras. Se iban a batir a duelo para demostrar quien era el mejor cuchillero y el guapo de la zona. Era a matar o morir, así nomás era la cosa. No había que andar con rodeos.

Pasó un rato y el baile siguió como si nada. Otra vez a milonguear con los cachetes pegados de los hombres con las mujeres y las piernas que se entrecruzaban con el compás del tango. La polvareda se levantaba como humo gris por el salón. Aproveché que estaban todos entusiasmados y salí  por un hueco que había entre unas chapas. La Lujanera me miró de reojo cuando me fui. La curiosidad me venció. Escondiéndome entre los árboles quería llegar hasta donde se iban a trenzar los dos guapos renombrados. La luna llena me ayudaba a ver bien el camino sin hacer ruidos

Hasta que los vi, cerquita del arroyo. Se envolvieron las manos con la manta que cada uno tenía y empezaron a tirar chuzazos, primero muy medidos y después rápidos y certeros. La noche luminosa resaltaba los aceros con su luz plateada. Se movían como en un baile de sangre y hombría pura.

Los pañuelos blancos de  sus cuellos parecían flotar en el aire y sus trajes negros eran apenas sombras imprecisas. Ninguno se achicaba y los dos rivalizaban con su machismo tanguero y sus ya probadas artes de cuchilleros.

Estuvieron un largo rato esquivándose puntazos, y yo mirando con los ojos como chirolas, calladito atrás del árbol como un diablo que esperaba al primero que cayera muerto para llevárselo enseguida.

De pronto sentí una puteada. En esa penumbra blanca ví que el Rosendo se agarraba el brazo derecho. ¡La pucha! El Corralero lo había herido. Salí rápido y me planté en el medio cuando el vencedor parecía querer finalizar la faena. El forastero entendió enseguida y ahí nomás nos enfrentamos, cuchillada va, cuchillada viene, hasta que lo ensarté bien profundo en la panza.

 Pareció como que la luna quiso asomarse otra vez para ver este duelo y arrojó una luz muy clara sobre nosotros. Vi que la sangre brotaba en cantidad y encharcaba la arena. Los ojos del Corralero se  abrían cada vez más grandes y me miraban sin odio, como reconociendo mi talla de guapo. Dio un último resuello, tiró la cabeza para un costado y dejó los ojos abiertos como para mirar su propia muerte.

En un refilón alcancé a ver que la Lujanera había estado junando todo. Después salió corriendo para el salón.

 Le ceñí fuerte con su propio pañuelo la mano ensangrentada al Rosendo y vi que le faltaban dos dedos. Juntos nos fuimos caminando despacio, con las estrellas por testigos de aquél suceso sangriento.

Los dos marchábamos casi sin hablar. El Rosendo iba medio cabizbajo hasta que dijo:

 —Y si… me salvó tu juventud, ya estoy medio grande para estas cosas.

Llegamos al salón y se produjo un gran silencio, hasta que les dije a los todos los que estaban allí: —El Rosendo mató al Corralero, pero está herido.  Ya no podrá usar el cuchillo, pero quien lo ofenda sepa que tendrá que medirse conmigo.

Desde un grupo de mujeres la mirada cómplice de la Lujanera me indicaba que después vendría algo más que simple gratitud.

 


Consigna veintidós alfa Tomar el siguiente relato sumario, extraído del ensayo Evaristo Carriego de J. L. Borges y escribir un cuento, haciendo todas las trasgresiones necesarias para convertirlo en una versión novedosa del texto de base. (Extensión máxima. 2 carillas).


Fragmento:

“[Este es…] un instante desgarrado de un cuento que oí en un almacén y que era a la vez trivial y enredado. Sin mayor seguridad lo recobro. El héroe de esta perdularia Odisea era el eterno criollo acosado por la justicia, delatado esa vez por un sujeto contrahecho y odioso, pero con la guitarra como no hay dos.

El cuento, el salvado rato del cuento refiere cómo el héroe se pudo evadir de la cárcel, cómo tenía que cumplir su venganza en una sola noche, cómo buscó en vano al traidor, cómo vagando por las calles con la luna el viento rendido le trajo indicaciones de la guitarra, cómo siguió esa huella entre los laberintos y las inconstancias del viento, cómo redobló esquinas de Buenos Aires, cómo arribó al umbral apartado en que guitarreaba el traidor, cómo abriéndose paso entre los oyentes lo alzó sobre el cuchillo, cómo salió aturdido y se fue, dejando muertos y callados atrás al delator y su guitarra cuentera.”.

 


LA SEÑAL 

Cruzó el río Coronda en una canoa robada. Así escapó de los guardias de la cárcel que habían confiado en su buen comportamiento de tantos años y decidieron darle la oportunidad de salir a recorrer un poco la zona costera, bajo custodia, aprovechando que iban a comprar pescado.

Durante los años que estuvo cumpliendo su condena siempre fue un tipo callado, introvertido, que no causaba problemas. En un descuido de los penitenciarios salió corriendo y se escondió entre la frondosa arboleda y yuyales de la zona. La astucia del hombre isleño, rústico y rápido, lo ayudó. Estuvo un largo rato en un pozo que tapaban las malezas. Sus perseguidores volvieron cansados de la búsqueda a solicitar ayuda. Entonces el fugitivo se deslizó rápido hacia el río.

La suerte estaba de su lado. En la orilla había una canoa, provista de un pequeño motor “Villa”, que robó sin ningún remordimiento. Evidentemente el dueño era un pescador, porque tenía en su interior elementos de pesca, una linterna, un farol y un cuchillo. Pensó que el diablo lo había escuchado, con ese cuchillo calmaría su sed de venganza, largamente alimentada en sus entrañas desde aquella noche de sangre, cuando sufrió la traición de quien creyó que era su mejor amigo.

Ahora estaba ahí, en una isla enfrente de sus pagos de Alto Verde, donde tenía su familia. Desde lejos divisaba la ranchada en el terraplén y el humo de las cocinas a leña le recordó viejos días junto al fuego, frente a bogas y sábalos asados y algún pato cirirí en escabeche, para compartir con su mujer y sus hijos.

Todo era difícil después de tantos años purgando una condena en la cárcel por una delación de quien nunca pensó que lo iba a traicionar. Había sido un duelo entre machos y la muerte quedaría entre ellos. No había lugar para alcahuetes.

Había cruzado esteros y bañados rompiendo el camalotal, entre bichos ponzoñosos y grandes platos de irupés florecidos. Esperaba encontrar un algún lugar tierra firme donde guarecerse. El sol ardiente de verano le quemaba la piel, desacostumbrada a esos rigores por los años de encierro.

Iba llegando el anochecer. Los mosquitos voraces y atropelladores comenzaron a picarle formándose en su espalda un manto negro.  La luna llena, con su luz astral, le marcaba una estela en las aguas para seguir su camino de fugitivo, siempre tratando de evitar que lo encontrara la prefectura.

El cansancio, el sueño, el hambre y la sed le estaban jugando una mala pasada. Entonces tuvo un rapto de alegría, cuando vio a lo lejos un rancho abandonado, convertido en tapera entre sauces y espinillos

Muy cansado fondeó la canoa en la playa. Lo primero que hizo fue un pozo al ladito del río y fluyó el agua fresca y filtrada por la arena. Tiró la línea al agua y se sentó a esperar que su anzuelo cautivara a algún bagre, o lo que saliera. No se hizo esperar un moncholo mediano que ensartó en una estaca para asarlo sobre el fuego, encendido con ramas secas. Mientras esperaba encendió un cigarrillo y pensó que por el vicio se había provisto de fósforos.  Se dispuso a comer sentado en la arena, mientras observaba el otro lado del río.

El lucerío de las casas en el terraplén se reflejaba en el agua y a su alrededor crecía un concierto de ranas y grillos en esa noche que clareaba, con algo de magia, bajo la luna llena.

Por un momento quedó fascinado ante la belleza de ese mundo que casi había olvidado, mientras el viento le traía por momentos rumores de voces y de música. Claramente escuchó que un acordeón desgranaba a lo lejos un chamamé y fluyeron los recuerdos de las bailantas que siempre había en el lugar, cuando corría el vino, brotaba el canto y las gargantas solían proferir aquellos sapucais que crecían a medida que el alcohol ganaba los sentidos.

Fue en ese momento cuando escuchó algo que vino a rescatar ese deseo obsesivo de venganza que había hecho a un lado por un momento. La brisa costera le trajo un sapucai especialmente sonoro, prolongado, interminable. Ese grito que desgarraba la noche, que todos solían celebrar y replicar en medio de la bailanta, únicamente lo emitía aquél que lo había delatado.

El odio, el rencor y la bronca lo poseyeron. Tomó el cuchillo que había en la canoa, encendió el “Villa”, y rompiendo la corriente con su proa, cruzó el profundo canal. No fue fácil encontrar la casa de la bailanta. El aire le traía músicas distintas, y solo aquel grito desaforado lo orientaba por momentos.

Abriéndose paso entre las parejas que no advirtieron su presencia, alcanzó al traidor y lo alzó sobre el cuchillo. Después quedó como aturdido, en medio del silencio repentino de todos los presentes. Atinó a volver lentamente a su canoa, habiendo dejado ahogado en sangre al delator y a su sapucai cuentero.

 

Copyright©Graciela Lauretta 

Enero, 2018.  Todos los derechos reservados por su autor


 

Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.