Trabajos de taller

Glosario de términos

Buscar

Seguinos en

  • Taller literario online La Argamasa en facebook

“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento, técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo VII Focalización

Consigna F 3 Completar el fragmento siguiente desde el punto de vista del narrador en tercera persona, visión detrás u omnisciente. (Máximo 1 pág.) 

Siempre quise a Paulina. En uno de mis primeros recuerdos, Paulina y yo estamos ocultos en una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra. Paulina me dijo: Me gusta el azul, me gustan las uvas, me gusta el hielo, me gustan las rosas, me gustan los caballos blancos. Yo comprendí que mi felicidad había empezado, porque en esas preferencias podía identificarme con Paulina. Nos parecíamos tan milagrosamente que en un libro sobre la final reunión de las almas en el alma del mundo, mi amiga escribió en el margen: "Las nuestras ya se reunieron". "Nuestras" en aquel tiempo, significaba la de ella y la mía. En memoria de Paulina, Adolfo Bioy Casares.

 

Paulina estaba afuera y Santiago era el que miraba desde adentro. Siempre un poco “borrachito”, como a ella le gustaba decirle. Y él no entendía lo que era borrachito, pero sí la ternura con la que se lo decía. Paulina era su felicidad y su imán: siempre que se encontraban terminaba sobre la falda de ella, abrazándola y besándola como un auténtico inexperto, regándola de baba.

Santiago no sabía lo que eran las uvas, sino hasta el día en que Paulina puso una compotera llena de racimos, le dio a probar y le dijo: —estas son uvas, ¿te gustan? —. Y así con otras frutas, en días diferentes, pero a él le quedó grabado el día de las uvas porque eran ricas, pero además porque el día de las uvas no estaba tan borrachito como los otros y fue más conciente de que estaba compartiéndolas con ella.

 Él siempre entendió más los actos de Paulina, que sus palabras. Y Paulina lo sabía, porque esa era la base de su relación. Ella era un alguien que desde afuera intentaba mostrarle el mundo. Y Santiago, el que debía amalgamarse.

Entre los registros sensoriales que lo calmaban estaban los que le había enseñado Paulina: amaba el azul profundo, el perfume de las rosas y el frío del hielo sobre sus piernas doloridas. Santiago no era Santiago sin Paulina. Se habían identificado tanto y se parecían tan milagrosamente, que cuando llegó al lugar desde donde lo llamaban, alguien que no era Paulina entendió sin palabras que debía llevarlo con ella.

 


Copyright©Marina

Agosto, 2017. Todos los derechos reservados por el autor

 


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.