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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento, técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo V El cuento, su estructura

Consigna C 2 Escribir una historia en tono irónico, en tercera persona, desde el punto de vista de un animal doméstico, por ejemplo, un gato, un perro, un canario (Máx. 1 pág.)


BOTERO

Una señora puso un aviso en la ventana de la casa: “Se regala gatito negro, gordito y cariñoso “.

Martín y Juliana lo adoptaron. Todo estaba tranquilo mientras vivían juntos. Un día, Juliana se enteró de que Martín la engañaba. Lo dejó. Cosas locas de los humanos. Los gatos no tienen esos problemas. Tienen muchas novias, no se celan, todos son felices y tienen muchos gatitos, con cada una de ellas.

Amo y gato constituían una simbiosis, se comunicaban con maullidos, por un lado, palabras, por el otro, miradas profundas entre ambos.

Al poco tiempo de la separación con Juliana, Martín comenzó a llevar distintas señoritas a la casa.

Lo detestable para el felino, era que cuando lo veían por primera vez, esas amigas decían con asco: ¡qué gato gordo!, y cuando se enteraban de que se llamaba Botero, reían maliciosamente.

Botero no las podía ver, se fastidiaba con las damiselas, porque además de decirle “gordo”, su amo les dedicaba toda la atención durante horas a ellas. Internamente, el gato se ahogaba de placer cuando Martín prometía un mundo de amor a todas.

El felino, desde el sillón escuchaba y veía todo lo que sucedía… a algunas chicas cariñosas las aprobaba, a otras no, y para sus adentros las llamaba gatas de dos patas, a las cuales decidió que demostraría al estilo gatuno su disgusto.

Una tardecita, en el momento en que llegó una de las nuevas conquistas de Martín, hizo sus necesidades arriba de la alfombra. Otro día saltó arriba de la mesa y tiró una copa de cristal con vino tinto, manchando el vestido de otra conquista. Acto seguido, Botero se escondía debajo de la cama y maullaba simulando estar enfermo o herido.

Martín, desesperado consultó con el vecino veterinario, quien aconsejó delante del gatito que lo castrara, diciéndole que tenía celos de sus amistades.

Al escuchar esas palabras dadas por el médico, Botero se fue.

Afligido el dueño de casa lo buscó durante varios días, sin ningún resultado.

A las dos semanas el minino regresó, con una gata blanca, muy peluda y joven, se volvió a ir tres veces más y siempre volvía con compañeras diferentes.

Martín comprendió que su gato demostraba que tenía la misma conducta que él. Le prometió que no lo castraría.

Se volvieron a comunicar entre ambos hasta con la mirada, como en los viejos tiempos. Amo y mascota no dejarían que las burlas de los extraños los volvieran a separar.

 


Consigna C 3 Escribir un relato que comience con la siguiente frase: "Cuando se acercó, se dio cuenta de que los perros estaban junto al cadáver". Dé predominio a los acontecimientos y que el comienzo sea el final de la historia (analepsis). (Máx. ½ pág.)

 

MANUELA

Cuando se acercó, se dio cuenta de que los perros estaban junto al cadáver. Javier se alejó, no quería ver, se volvió y se acercó muy despacio. Llamó al jardinero, los animales se paraban y se sentaban, ya no ladraban, estaban quietos ahora, seguían junto a Manuela, junto al cadáver de Manuela.

Era el primer día de vacaciones de Javier. Estaba exhausto de nadar, el calor era sofocante, habían pasado dos horas desde que se había sumergido en la pileta de natación. El cadáver, estaba allí, en un rincón del parque. Javier recordó que hacía unos meses, desde que la había llevado a la casa.

Antes de nadar, examinó palmo a palmo con la vista, como si tuviera pegado un catalejo a sus ojos, todo el terreno, no la vio, ella no se había acercado como en otras tardes, en cuanto lo sentía chapotear en el agua, aparecía sin llamarla. Volvió a mirar, salió del agua, se puso las ojotas e hizo el recorrido que con frecuencia hacían los dos muy lentamente, nombrándola, primero en forma suave, luego a los gritos, de pronto vio a los perros, imaginó lo peor, el pasto allí estaba más alto, los arbustos separaban la propiedad con el vecino.

No había sangre por ningún lado, estaba seguro de que no era verdad lo que su cerebro le gritaba, se maldecía internamente por el descuido de no cerciorarse de su presencia antes de nadar; era consciente de que ella no sabía defenderse, nunca aprenden, no pueden, no saben.

El jardinero espantó a los perros con el rastrillo y algunos gritos. Javier se arrodilló, la tomó entre sus manos, la abrazó, no se sentía la menor señal de vida, ya no había esperanza, balbuceo una y otra vez: Manuela, Manuela.

El dueño de casa, no pronunció palabra. Se la entregó al jardinero para que la enterrara al pie del abeto azul, donde ella sabía refugiarse, se alejó del lugar, no quería ver a su mascota muerta.

El jardinero pegó un grito: ¡Señor Javier venga rápido!. Manuela, la tortuga, había sacado la cabeza del caparazón, hacia un movimiento de izquierda a derecha y de arriba abajo, no estaba muerta, se despertó de su sueño invernal, sólo dormía profundamente.

 


Consigna C 4 Escribir un relato que presente alguno de estos conflictos (Máx. 1 pág.):

• Personaje contra el destino.

• Personaje contra su propio instinto.

• Personaje contra la máquina.


ELLOS Y YO

Tenía que ir, de nada valió mi negativa, mi médico insistió en que yo debía hacerlo. Cuando me lo ordenó, resignado le prometí que lo haría, sabía que era por mi bien, aunque de solo pensarlo me horrorizaba.

Tomé un taxi. Llegué al lugar, en otra oportunidad había estado allí, abrí la puerta, me ayudaron a entrar, tomé valor, caminé por el pasillo, escuché la música, me cambié muerto de miedo. Me pareció que estaban todos reunidos esperándome en un sector, imaginé que algunos me miraban de soslayo, después pensé que quizás se ponían de acuerdo para observarme todos a la vez. Los saludé como pude, estaba muy nervioso. Otros pasaron al lado de mí en silencio, me dio la sensación de que sus movimientos eran torpes. Temblaba, sabía que tenía que intentarlo, lo había prometido.

Me sentí terriblemente solo. Aquella promesa me pesaba, pero no tenía otra solución, no quería engañar a mi médico, le tenía un gran aprecio por todo lo que él hacía por mí.

Me dolía la cabeza, sentía que me explotaba, los escuchaba a ellos todos juntos, y presentía que me seguían con la vista, como si yo fuera un bicho. Algunos comentaban que debían caminar despacio.

Escuché que saltaban y gritaban, sus miradas me penetraban la piel, tenía miedo, no quería acercarme. Las piernas se me paralizaron. Por fracciones de segundos, imaginé aquellos ojos triturándome, y a ellos burlándose de mi caminar torpe y lento.

Me llamaron por mi nombre, pero me resistí a enfrentarlos, pensé que todos los demás no tenían ningún impedimento, y yo sí, por eso no quería que se dieran cuenta del pavor que sufría… pero ya era tarde, no podía huir, debía afrontar el desafío impuesto.

Quizás los ayudantes del lugar me perseguirían para convencerme de que debía ir con ellos, estaba seguro de que si era necesario, me llevarían por la fuerza.

Mi cuerpo se puso enteramente rígido. De los nervios me oriné. Les hice señas a los ayudantes y grité que me esperaran, a los tropezones fui al baño, no pude modular la voz por la vergüenza que sentía.

Al salir los profesores me tomaron de los brazos, me negué a que me llevaran como a una criatura, me hablaban despacio y me decían que no luchara contra mi destino, que me entregara, me agité, jadeé, grité de bronca, comencé a llorar, nadie me contradijo, me hablaban, me contuvieron.

Me llevaron hasta la orilla, me desesperé, creí que moriría. Me mareé.

No comprendí lo que me decían. Todos gritaban, algunos parecían gritos de alegría, otros de dolor, me salpicaban con agua, yo seguía sin entender las palabras que me decían, mi mente no respondió. Me desmayé.

Desperté en la camilla. La enfermera me explicó suavemente que debía confiar en el tratamiento terapéutico de la gimnasia acuática, y que toda la gente que escuchaba, estaba en la misma condición.

Algunos eran ciegos de nacimiento, pero otros sólo veían bultos porque habían perdido la visión recientemente, igual que yo.

 


Consigna C 5 El primer texto, La habitación cerrada, pertenece a Paul Auster; el segundo, no. Escriba otro en el que imite el estilo del escritor norteamericano, tome como parámetro el relato apócrifo El reflejo, más abajo transcripto.


ANTE LOS DEMÁS

Es la herida que envejece sin piedad

mas mi amor siempre será eternidad

en mis blancas noches tú revivirás

el recuerdo de mi amor, al despertar…

Charles Aznavour

Durante años intenté huir. No pude hacerlo.

“Condenarte de esa forma es lo mismo que estar muerto en vida “, me decían. Criticaban el aire que se respiraba en la soledad tortuosa de mi casa, por rancio, oscuro y pesado. Veían que mis días se tornaban monótonos y aburridos.

Ellos pretendían que yo aclarara el alma, movilizara el cerebro y las piernas, para poder ser libre otra vez, pero era consciente de que al abrir la celda de mis recuerdos, debería enfrentar la verdad tan terrible: no poder verla nunca más. Los consejos de mis amigos y de los médicos no me dejaban vivir.

Si huía de lo vivido con ella, conduciría a mi mente a la caída, en un abismo sin final. Le pedía a Dios que me escuchara, sentía que perdía la razón.

Una mañana de un agosto extremadamente gris, comencé a pensar seriamente en terminar con tanta tristeza y dolor, para mí y para los demás, porque al verme triste y abandonado, a ellos se les hacía difícil estar al lado de mí.

Había días en que todos los mares de lágrimas no alcanzaban para mostrar lo que mi corazón recordaba, como la felicidad plena al lado de mi amada. Ella había teñido mi vida con los colores del arco iris; su ausencia no me permitía ver la luz.

En el placar de la habitación yo colgaba y descolgaba su ropa. Sabía perfectamente que no era normal hacerlo, pero el amor o la locura me aferraban a esas simplezas, con las que me tranquilizaba.

Por momentos quería huir también de todos los conocedores de las angustias y dolores ajenos. Ellos no llegaban a comprender mi aflicción. En mi aislamiento se agigantaban las memorias de todo lo hermoso que me unía a Violeta. No quería luchar más.

Comencé a imaginar calladamente lo que me esperaba afuera de aquel presidio que me había impuesto, sabía que la rutina y la indiferencia que yo sentía por el mundo externo me abrazarían definitivamente, junto con la desolación que ya se adhería a mi piel, porque al estar sin ella, la vida no era vida, yo sólo existía, sin vivir.

¿Por qué? me preguntaba ¿Por qué no queria huir del dolor...? comprendía los consejos y los tratamientos, pero continuaba atormentándome.

La respuesta no se hizo esperar. En la locura de seguir amando su recuerdo... yo encontraba la paz, una paz inexplicable, como si Violeta estuviera a mi lado y compartiera todos mis actos.

Me asustaba ser consciente de no querer escapar de esas imágenes, sabiendo que la situación estaba llegando a un sendero sin salida, inmanejable para mí.

Con el correr del tiempo, también mi familia se aburrió, dejaron de visitarme y se distanciaron. No los volví a ver, y al final, todos me abandonaron. Los muros helados de mi pena crecieron, junto a la indiferencia de todos.

Mi soledad intransferible minaba mis venas, desde el primer día en que la perdí. En la mesa y en la cama, estaba mi amada que me hablaba, me ofrecía consuelo y me repetía cientos de consejos, a la vez que me arropaba...

Una mañana de primavera, en horas del mediodía, tomé una decisión definitiva: me negaba a enfrentar el olvido permanente de mi amor. Simularía liberarme sólo ante los demás, de lo que ellos interpretaban que era una pesada carga para mí. Convencería a todos de que al fin, había podido huir de aquellos recuerdos.

Abrí la puerta, me pareció escuchar el chirriar de un presidio que me había tenido secuestrado por mucho tiempo; salí a la calle impulsado por una fuerza que me empujó hacia el exterior; comencé a fingir que aquellos años de condena habían pasado, oculté mi lamento.

Recuerdo que aquel día los rayos del sol se disputaban un lugar sobre mi pecho, apenas atravesé aquella puerta. Me ahogué con la saliva, no sé si fue de bronca por ese teatro armado, que me imponía realizar o, fue el castigo que sentí, como un látigo, al fingir una aparente libertad y un final para el amor de mi amada.

Caminé durante horas y observé que todo estaba cambiado. Mi aflicción por el contrario aumentaba a cada paso. El cansancio se apoderó de mi cuerpo. Entré a un café; pedí una lágrima grande. El mozo apoyó la taza sobre la mesa, Violeta estaba a mi lado, de mis ojos brotaron lágrimas, el aroma tan especial de esa taza me remontó a otros años y a aquella sensación de felicidad y fortaleza que tenía para encarar la vida.

Consciente de tanto desconsuelo y nostalgia, seguí con el plan de fingir que enfrentaba y huía de aquel presidio de amor, para poder reanudar los recuerdos de las imágenes y de toda la música que había compartido con Violeta, antes de morir.

Ellos creyeron en el final de mi agonía. Sólo disimulé la tristeza, mi lenta muerte seguía su curso.

Simplemente salí y me reí, comencé a estudiar y a trabajar. Viví como una persona “normal“, estaba higienizado, con la ropa lavada y bien planchada. Interiormente no cambié, externamente sabía que los demás me aceptarían.

Regresé a casa, le hablé a ella en un tono casi imperceptible, seguro de que me escuchaba; sin la necesidad de olvidarla ni borrarla de mi mente seríamos cómplices como antes de nuestro amor, pero ahora, en otro espacio.

Nadie sabría mi verdad, nuestra verdad.

Ante los demás, fingí que había escapado del dolor y de los recuerdos. Sólo así podría estar con ella en paz, entre los muros de mi mente y de mi alma.

 


Copyright©Fanny

Marzo, 2017. Todos los derechos reservados por el autor