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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento, técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo II Adecuación, coherencia y cohesión

Consigna A6 Escriba un texto en el que están ausentes los conectores, luego liste qué conectores cree que deberían haber estado presentes. (Máx. ½ pág.)

 

Texto sin conectores:

Claudina guardó el verde en su mochila, el cielo, los montes y los ríos: recuerdos de su pueblo natal que llevaría consigo. Inspiró profundamente el aire serrano y sopló dentro de la mochila el perfume de los yuyitos que le había puesto al mate esa mañana. Se ajustó al cuello el pañuelo de espigas con la traba de alpaca. Emprendió el viaje del campo a la ciudad, para estudiar en la Facultad de Agronomía.

Con ese equipaje se instaló en un barrio porteño alejado del centro. Plantaba peperina en las macetas de la terraza y vivía en alpargatas.

Una familia la contrató para cuidar de su hijo, y así empezó a ganar su propio dinero, que necesitaba.

Se le hizo un nudo en la garganta cuando se despidió de Benja para volver a su pueblito. Él ya había crecido y ella tenía un título en la mochila.

—Te devuelvo los pañuelos —dijo Benja, al tiempo que le entregaba un montoncito de telas que estrujaba en su puño.

Todos esos años, Claudina creyó que los pañuelos habían estado perdidos. Sus pupilas se dilataron, dejando entrar la imagen del recuerdo, como la espiral de un remolino hacia el primer día que cuidó a Benja. Jugando con esos simples retazos, había conseguido cautivar la atención del pequeño.

El pañuelo de espigas había sido el primero en salir de la mochila, lo había dejado caer arrugado sobre la alfombra; era el suelo de su campo y así se lo explicó a Benja, que nunca había estado fuera de la ciudad. Él metió su manito y sacó uno de color ocre; eran las sierras en el otoño, uno celeste zigzagueaba como el río y a su vez era el cielo que flameaba por encima de los cerros. La imaginación de ambos volaba al ritmo de las telas. Lo recordaba tan perfectamente…

Claudina apretó el puño cerrado de Benjamín con sus manos. —-Está bien que me los devuelvas, son míos. ¿Qué tal?, tengo adentro de mi mochila pañuelos, un título universitario y todo lo que aprendí acerca de cuidar a un niño. Ahora es tiempo de que juntes tus propios pañuelos y elijas qué vas a guardar en la tuya. Contá conmigo para lo que necesites, pero no vale chillar antes de intentar algo por tu cuenta. —-¿Entendido? le dijo Claudina, con cariz maternal.

—Entendido —respondió Benjamín, al tiempo que se entregaba al calor de su abrazo.

 


Texto con conectores:

Claudina guardó el verde en su mochila, también el cielo, los montes y los ríos: recuerdos de su pueblo natal que llevaría consigo. Inspiró profundamente el aire serrano y sopló dentro de la mochila el perfume de los yuyitos que le había puesto al mate esa mañana. Se ajustó al cuello el pañuelo de espigas con la traba de alpaca. Luego emprendió el viaje del campo a la ciudad, para estudiar en la Facultad de Agronomía.

Con ese equipaje se instaló en un barrio porteño alejado del centro. Plantaba peperina en las macetas de la terraza y vivía en alpargatas.

Una familia la contrató para cuidar de su hijo, y así empezó a ganar su propio dinero, que por cierto, necesitaba.

Se le hizo un nudo en la garganta cuando se despidió de Benja para volver a su pueblito. Él ya había crecido y ella tenía un título en la mochila.

—Te devuelvo los pañuelos —dijo Benja, al tiempo que le entregaba un montoncito de telas que estrujaba en su puño.

Todos esos años, Claudina creyó que los pañuelos habían estado perdidos. Sus pupilas se dilataron, dejando entrar la imagen del recuerdo, como la espiral de un remolino hacia el primer día que cuidó a Benja. Jugando con esos simples retazos, había conseguido cautivar la atención del pequeño.

Así pues, el pañuelo de espigas había sido el primero en salir de la mochila, lo había dejado caer arrugado sobre la alfombra; era el suelo de su campo y así se lo explicó a Benja, que nunca había estado fuera de la ciudad. A continuación, él metió su manito y sacó uno de color ocre; eran las sierras en el otoño, luego uno celeste zigzagueaba como el río y a su vez era el cielo que flameaba por encima de los cerros. La imaginación de ambos volaba al ritmo de las telas. Lo recordaba tan perfectamente…

Claudina apretó el puño cerrado de Benjamín con sus manos. —-Está bien que me los devuelvas, porque son míos. ¿Qué tal?, tengo adentro de mi mochila pañuelos, un título universitario y todo lo que aprendí acerca de cuidar a un niño. Ahora es tiempo de que juntes tus propios pañuelos y elijas qué vas a guardar en la tuya. Contá conmigo para lo que necesites, pero no vale chillar antes de intentar algo por tu cuenta. ¿Entendido? —-le dijo Claudina, con cariz maternal.

—Entendido —respondió Benjamín, al tiempo que se entregaba al calor de su abrazo.

 

Copyright©Marina

Diciembre, 2016. Todos los derechos reservados por el autor