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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento, técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo VII El punto de vista o focalización

Consigna F 6 Escriba un enunciado en el que el narrador sea testigo presencial. Incorpore los siguientes personajes: Paulina; hijo de Paulina (aproximadamente 35 años); Juan, el almacenero del barrio. (Máx. 1 pág.)


EL PIBE


—Abuelo, ¿cuándo me vas a contar lo que le pasó a don Juan?

—No creo que estés en edad de saber esas cosas.

—¡Dale, abuelo! No seas malo, igual, con los chicos de la cuadra ya sabemos lo que pasó.

—¿Ah sí?, y si tanto saben, ¿por qué querés que yo te cuente?

—Para confirmarlo y agregar detalles.

—A ver decíme, ¿qué saben?

—Y… que don Juan, el viejo que vive en la esquina, es un asesino. Hace poco salió de la cárcel, estuvo muchos años preso por matar al hijo de doña Paulina, la de la otra cuadra.

—Es cierto, pero yo no lo consideraría un asesino cuando actuó en auxilio de un indefenso.

—¿Y vos lo viste, abuelo? No puedo creerte.

—…

—¡Ayyy, ¡abuelo, me pegaste! ¿Cómo hacés para darte cuenta dónde estoy?

—Mirá, querido mío, este bastón no solamente sirve para identificarme y guiarme, sino también para defenderme. ¿Querés que te cuente, o no?

—Sí, abuelo. Contáme.

—Bueno. Paulina iba todos los días a comprar al almacén de Juan acompañada de su hijo idiota.  Juan la atendía con la mayor de las predisposiciones que se puede tener con una clienta asidua y madre de un minusválido. La paciencia de aquel hombre parecía no tener límite. Soportaba a esa criatura mentalmente mal formada con tal de estar con Paulina. Él estaba perdidamente enamorado de ella, pero esta era incapaz de entregarse al amor incondicional de Juan, porque, según palabras suyas, no quería poner en sus espaldas una carga tan pesada como la de convivir con aquel nene enfermo. Un ser, diría yo, aborrecido hasta por la naturaleza misma.

El hijo de Paulina tendría unos treinta y cinco años cuando el infausto día llegó. Fue una mañana espléndida, el sol a media asta comenzaba a entibiar el patio del fondo del almacén, donde se encontraba el pibe, ayudante y mandadero de Juan, clasificando papas. Recuerdo que éste se espantó al sentir una humedad en el cuello. Se giró sobre sí tocándose y comprobó que aquello, ahora percibido al tacto, respondía a la sensación de viscosidad. En esa posición de cuclillas, el hijo de Paulina se mostraba ante él como un sujeto enorme, amorfo, que se reía con voz nasal.

—¡Qué asco, abuelo!

—No sólo era un asco, m`hijito, sino que el muchacho se horrorizó de tal manera, que comenzó a clamar por ayuda, sin sentido diría yo. Se movió hacia atrás como un animal cuadrúpedo, con la espalda arqueada y la mirada puesta en el babeante, quien profería alaridos y mascullaba sonidos desagradables. Luego, el idiota tomó el cuchillo utilizado para cortar las partes podridas de las verduras y comenzó a azuzar al mandadero…

—¿Y qué pasó, abuelo?

—Don Juan se acercó por detrás y lo mató de un garrotazo, pero llegó tarde.

—¿Por qué tarde?

—Porque el retrasado, con el cuchillo le había ahuecado los ojos al pibe.

 


Copyright©Miguel Ángel Schernetzki.  

Julio, 2016 Todos los derechos reservados.